No sabría ubicar muy bien mis primeros recuerdos. Poco tiempo después de cumplir el medio siglo, empecé a escribir estas líneas. Desde el momento en que despertó mi conciencia hasta aquí, hay un trecho. Para empezar, podría decir que tuve una infancia y una adolescencia feliz. Agradezco a Dios que mis padres vivieron juntos hasta que la muerte los separó, y que esa muerte les llegó a ambos a edad avanzada. Creo que ellos también fueron felices. Entendiendo por felicidad, no una vida cómoda y sin sufrimientos de ningún tipo, sino una vida con sentido, donde la realización personal está más en dar que en recibir. Pero antes de narrarles brevemente sus historias, debo hace referencia a nuestros orígenes. Sólo profundizando en las raíces, tiene sentido la Historia.Mi ascendencia paterna

El abuelo paterno de mi padre, era de origen gallego. Nació en Ribadeo, un pequeño pueblo del Norte de Galicia, del cual también era oriundo nada menos que José Alonso y Trelles, el autor de “El Viejo Pancho”. Gallega también era su esposa, de apellido García. No conozco las circunstancias de su llegada al Uruguay. Pero supongo que vendría, como muchos gallegos, en busca de una vida mejor. Sobre la familia paterna de mi abuela (de apellido González), tampoco conozco mucho, salvo que su padre (Juan Antonio) era constructor y que su madre, Celia Bassi, era de origen italiano. Celia tenía un hermano que a los 90 años fumaba como una locomotora. Y cuando alguien le advertía que le hacía mal el cigarro, tío Manuel, que así se llamaba, respondía en cocoliche: “E, dichen que el cigaro me hache mal… en l`Italia, cuando la guera, fumabamo la bosta de vaca envuelta en chala… No me mató eso! Esto no me va a matar…”

Mi ascendencia materna

Algo más he averiguado de mi ascendencia materna.  Por parte de madre, desciendo de unos Teixeira que, en algún momento, hace ya varias generaciones, se unieron con los Nunes y formaron un apellido compuesto. Este último apellido, en muchos casos, terminó transformado en Núñez.

Los Teixeira –como los Nunes- son de origen portugués. Mis antepasados maternos llegaron al Brasil en el siglo XVIII, provenientes de las  Islas Azores, y más específicamente, de la Isla de San Jorge. Idéntico destino tuvieron decenas de miles de inmigrantes azorianos. Muchos de ellos, se establecieron en Río Grande do Sul, y de allí, algunos emigraron hacia Uruguay. Alexandre Teixeira Nunes, casado con Mariana Texeira Núñez, fue el primero de mis antepasados que cruzó la frontera. Nació en Cangaçú (Brasil), se radicó en Cerros Blancos, actual departamento de Rivera, y murió en Corrientes. Osiris Rodríguez Castillos, en su poema “Frontera Norte”, pinta una escena que bien podría ilustrar la llegada de Don Belisario –y de tantos portugueses como él- a nuestros pagos:

“Mozo riograndense

-vida turbulenta,

pero al modo antiguo,

de una sola pieza-

mi abuelo a caballo

cruzó la frontera

facón y pistola,

buscando querencia.”

Su hijo Belisario (mi tatarabuelo), nacido en Salto alrededor de 1858, “cambió querencia” y se afincó varias leguas al Oeste, al Norte de lo que hoy es la Ruta 26, en un paraje pequeño y solitario llamado Buricayupí –palabra que significa “cuesta que los burros suben con esfuerzo”-. Allí nació mi madre. Todo un lema para la vida el nombre guaraní del pago materno…

Breve historia de mamá

Mi madre se llamaba Florisbela Deameres Texeira Nunes Silva. Como es de suponer, su nombre no le gustaba en absoluto, y se hacía llamar “Fililí” o “Filis”. Nunca había reparado, hasta hace bien poco, en un detalle curioso: todos los Texeira, la llamaba “Fililí”; mientras que papá, toda la familia Fernández, y sus amigas, la llamaban “Filis”.

Mamá nació el 22 de junio de 1923, y fue anotada en la localidad de Campamento. Perdió a su madre siendo muy pequeña: era la menor de nueve hermanos. Su padre, por una razón u otra, pasaba mucho tiempo fuera de su casa, por lo que al morir su esposa, repartió lo mejor que pudo a sus hijos con abuelas, tías, madrinas, etc. Mamá fue, a temprana edad, a vivir con su abuela paterna en Paysandú. Mi bisabuela, viuda, se llamaba Enriqueta Núñez Da Costa Lemos. En su enorme casa vivían algunos de los tíos y tías aún solteras, y una tía viuda, Clementina, con sus hijas Brenda y Margot. La que se encargó de criar a mamá, fue Fermina, más conocida como tía Yiya, a quien yo llamaba simplemente “Yaya” (haciendo sonar las “Y” como si fueran “I” latina).

Cuando mamá tenía dieciséis años, “emigraron” con tía Yiya a Montevideo. Mamá trabajó casi desde que llegó a la capital. Había que ayudar a mantener la casa… Consiguió un empleo en la Confitería Palay, pero como era una mujer con iniciativa y espíritu de superación, fue a las Academias Pitman e hizo un curso de “Tenedora de Libros”. Gracias a su esfuerzo, más tarde consiguió un empleo en la empresa José Castiglioni & Hijos, donde trabajó durante diecinueve años. Siempre contaba que trabajaba trepada a un banco alto, y que le encantaba descubrir las diferencias que se producían por errores en las cuentas o en los registros.

Tenía también una activa vida social. Se incorporó a la Asociación Cristiana Femenina, y allí hizo un montón de amigas. Fue a varios campamentos en Chile, Brasil, Paraguay, Argentina. Una de sus amigas de la “Asociación”, cambió mi vida para siempre. O más bien, contribuyó a mi existencia… Porque papá y mamá se conocieron en una reunión de amigas en casa de Elvira Fernández González, hermana de papá. A mi tía Elvira, que nunca se casó, los sobrinos siempre la llamamos “Titía”.

En sus tiempos mozos, mamá aprendió a tocar el acordeón. Alguna vez la escuché maniobrar aquel el pesado instrumento, del cual recuerdo hasta el olor… Era de color azul y venía en una caja al tono. Yo tenía unos cuatro años cuando se vendió para comprar un televisor… Era un Motorola de 14 pulgadas. ¡Si habré visto dibujitos, series y películas de vaqueros en ese televisor! Creo que el siguiente lo compraron unos diez años después, por lo menos. En aquella época, las cosas duraban. Y no se cambiaban para estar a la última moda, sino porque ya no daban más…

Breve historia de papá

Papá se llamaba Raúl Francisco. Nació el 20 de enero de 1921 en el barrio Pocitos de Montevideo, el día del cumpleaños de su padre, Adolfo (o más exactamente, Jesús Adolfo, aunque su primer nombre nunca lo usó). Siempre se dijo en la familia que mi abuela Elvira, estaba sirviendo los ravioles cuando empezó a sentir los dolores de parto. Hubo que abandonar los festejos para recibir al segundo de los hijos del matrimonio…

Según contaba papá, abuelo Adolfo fue uno de los pioneros en materia de instalaciones eléctricas en el país. Entre otras anécdotas, papá contaba que mi abuelo instaló el primer pararrayos en la Catedral de Montevideo, y que trajo el primer equipo de Rayos X al país. Abuelo estaba orgulloso de haber entrado una sola vez, y para trabajar, al Hipódromo de Maroñas: parece que el famoso equipo de Rayos X era portátil, y fue a sacarle una radiografía a un caballo.

Por su parte, el padre de mi abuela Elvira, fue quien construyó el dique del Parador Tajes, en tiempos en que el propietario de la finca era el inglés Jackson. Allí estacionaba su yate. Cuando el dique estuvo terminado, Jackson le preguntó a mi bisabuelo si había firmado su obra. Y el viejo González le respondió que ni la había firmado, ni la iba a firmar, porque le bastaba con que él y su familia supieran que él era el l autor.  El dique sigue allí, impertérrito, en el predio que actualmente es propiedad del Ejército.

Mi abuelo tenía un comercio de artículos e instalaciones eléctricas en la Ciudad Vieja, frente a la Junta Departamental. El edificio fue demolido y hoy, en su lugar, hay un parking. De acuerdo con el Libro del Centenario del Uruguay, “Los Sres. Fernández García y Chiodoni, son representantes exclusivos en el Uruguay de los afamados establecimientos “Gaiffe – Gaillot” de París, una de las casas más fuertes y acreditadas en el mundo, en la construcción de aparatos electro-medicales y radiológicos”. Supongo que no todo sería glamour, y que también venderían bombitas de 40 watts. El caso es que papá trabajó más de una vez en el negocio familiar, donde si bien lo corriente era trabajar, alguna que otra vez ocurrían sucesos divertidos. Por ejemplo, aquella tragicomedia protagonizada por mi tío Héctor (el menor de los hermanos) y un gato que se colaba furtivamente en el comercio de mi abuelo.

Un día, tío Héctor vió que el gato del sastre que ocupaba el local de al lado, se metía dos por tres en la trastienda de negocio de abuelo, y dos por tres rompía algo. Hasta que a un buen día, a mi tío se le prendió la lamparita. No en vano la casa se llamaba “Fiat Lux”…  Agarró al gato, le puso un alambre en el hocico y otro en la cola, y los conectó a ambos a un magneto. Empezó a dar manija y… dicen las malas lenguas que cuando conectó la corriente, el pobre gato pegó un salto al mejor estilo Tom -el “amigo” de Jerry-, y salió disparado del local, como alma que lleva el diablo.

A los dos días, mi abuelo le preguntó a mi tío:

-¿Qué le hiciste al gato del sastre?-

-¿Yo? Nada… ¿Por qué?-

_¡¿Qué le hiciste?!

-Nada… ¿qué pasó?

-¡Me dijo el sastre que el martes vio salir a su gato de acá, aterrorizado, y desde ese día no quiere bajar del armario!-.

Supongo que mi abuelo, por fuera habrá puesto cara de pocos amigos… Pero por dentro, debía estar muerto de risa. El también supo ser muy bromista en sus años mozos. Y ya que estamos de anécdotas, voy a contar tres que papá siempre contaba, y que si no, se me van a olvidar.

La ferretería

En una ocasión, mi abuelo iba caminando con un amigo cuando se cruzó con un vecino tartamudo.

-¿Cómo andás, Carlitos? ¿A dónde vas?

-Vo-voy a la fe-fe-ferretería “La-la Llave”-.

-¿Y qué vas a comprar?-

-Ta-ta-tachuias-

Abuelo, por lo bajo, le pidió a su amigo que entretuviera al tartamudo y se fue corriendo a la ferretería. Al entrar el ferretero le preguntó que deseaba y abuelo le dijo:

-¿Ti-ti-tiene ta-ta-tachuelas?-

-Sí, ¿cuántas querés?-

-Si-si-si-¡siéntese arriba!- Y salió corriendo.

Cuando volvía a encontrarse con su amigo, se cruzó con el tartamudo, que entró en la ferretería. El ferretero le preguntó que deseaba. Y el tarmaudo le dijo:

-¿Ti-ti-tiene ta-ta-tachuelas?-

Dicen que el ferretero, le tiró al pobre tartamudo, un cepillo de alambre por la cabeza.

El llamador

En otra ocasión, se propusieron asustar a la empleada de una casa vecina, pues sabían que era muy supersticiosa. En aquellos tiempos no había timbre y lo corriente era que muchas casas tuvieran “llamador”, una pieza de hierro o bronce con forma de mano que, incorporada a la puerta, se golpeaba con el fin de anunciarse.

Caía la tarde cuando mi abuelo y unos amigos, ataron una finísima tanza al llamador de la casa donde vivía la empleada. El otro extremo de la tanza, lo manejaba uno de los amigos, que se encontraba en una azotea vecina.

Probaron a tocar la puerta tirando de la tanza. Funcionó. Al rato apareció, la empleada, una negra con pañuelo atado a la cabeza, delantal y alpargatas. Justo pasaba por ahí uno de los amigos de mi abuelo, y la negra le preguntó:

-¿No vio a nadie?-

-No, ¿por qué?- respondió el otro.

-Porque tocaron a la puerta-

El otro puso cara de asombro y se fue.

A los dos o tres minutos, tocaron otra vez y se reptió la escena, cambiando de amigo. Cada vez mandaban a uno distinto para que, “casualmente”, pasara por allí. Así dos o tres veces más, hasta que llegó el último. Otra vez se repitió la escena, aunque la negra cada vez estaba más intrigada. Y asustada.

-¿No vio a nadie?-

-No, ¿por qué?- respondió el otro.

-Porque tocaron la puerta… Ya van varias veces que pasa lo mismo, tocan, salgo a abrir y no hay nadie-

El joven le respondió, como al pasar:

-Será un fantasma…-

-¡Ave María Purísima!- dijo la negra persignándose.

El otro se fue y dejó a la negra parada en el zaguán con los ojos y la boca muy abiertos. Antes de que la negra entrara de nuevo en la casa, el llamador tocó otra vez. La pobre mujer creyó, realmente, que eran fantasmas. Aterrorizada, se metió en la casa y se oyó como, desde dentro, trancaba la puerta con todos los pasadores y llaves que encontró a mano.

Años más tarde, papá y sus amigos, quisieron hacerle la misma broma a un vecino. Pero no lo hicieron ni a la hora correcta, ni con el vecino correcto. El hombre vio la tanza atada al llamador, y poco faltó que todos terminaran todos con la cola morada…

El velorio

Un día de verano, seguramente en medio de las vacaciones, mi abuelo y sus amigos andaban escasos de dinero, y lo necesitaban con urgencia para alguna “farra”. Decidieron “matar” a uno de los integrantes de la barra, que no tenía familia. Y recaudar dinero entre los vecinos para el entierro.

Se informó a los vecinos del fallecimiento. El “muerto” se acostó en la cama y lo maquillaron un poco para darle un toque más realista al asunto. Las vecinas del barrio pasaban a ver al difunto y decían:

-¡Está igualito!-

-¡Pobrecito, tan joven…!-

El “muerto” empezó a sentir calor en la pieza cerrada y llena de gente donde lo estaban velando. Y empezó a transpirar.

Las mujeres se acercaban y le besaban la frente, pañuelo mediante. Hasta que en un momento, el “muerto” se incorporó gritando:

-¡¡¡No aguanto más!!!-

Fue el desbande del viejerío… Se quedaron sin plata y sin “farra”, durante bastante tiempo…

En vista del pésimo resultado obtenido por una barra de tan experimentados bromistas, papá y sus amigos ni se plantearon repetir la broma…

Primer matrimonio de papá

Papá se casó cuando tenía alrededor de veintiséis años con Gloria de Oliveira, nacida en Santa Vitoria, Brasil, hija de un productor rural afincado en Rocha. En 1949, nació Ana María, mi hermana. Años más tarde, Gloria enfermó de cáncer y falleció siendo muy joven. Ana tenía entonces nueve años. Papá nunca se perdonó a sí mismo no haberse dado cuenta antes de la enfermedad de su esposa. Y cada vez que la recordaba se le llenaban los ojos de lágrimas.

La vida siguió su curso, y un buen día –como dije, en una reunión de amigas de la “Asociación” en casa de mis abuelos-, mamá y papá se conocieron. Papá, tras quedar viudo, había vuelto a vivir con mis abuelos y con Titía. Era una casa grande, antigua, que hasta el día de hoy soy capaz de describir, aunque sólo contaba cinco años cuando falleció abuelo. La casa se la vendieron a mis tíos Coco (Federico Ros) y Marta (Rodríguez). Marta era prima hermana de papá: su madre -la tía Lula- era hermana de mi abuela Elvira. Se quedaron con el terreno, pero la casa la tiraron abajo y la hicieron nueva. Mi tío Coco trabajó toda la vida como asegurador y siempre gozó de una respetable posición económica.

La casa tenía un pequeño patio delantero, tras un portón y unos muros adornados con verjas de hierro. Luego el zaguán, y a cada lado de un pasillo, un dormitorio. Al final del pasillo, había una puerta que daba al living, iluminado por una gran claraboya. Contra la pared lindera, a la derecha, había una salamandra. En el otro extremo del living, a la izquierda, había una puerta que daba al despacho de mi abuelo. Sobre su enorme escritorio de roble, había un tintero con base de mármol verde, con el que me gustaba jugar. Una puerta comunicaba el despacho con el dormitorio de los abuelos.

Avanzando por el living hacia el fondo y cruzando una arcada, a mano derecha, se encontraba el comedor, con sus hermosos y grandes muebles de estilo, que años más tarde fueron a parar a casa de mis padres. Al final del comedor, una puerta comunicaba con el estar. A la derecha estaba la cocina, más bien chica, pero lo suficiente para que allí se produjeran los famosos “bombones de Titía”, unos bombones de nuez y zanahoria que ella supo, en su momento, explotar comercialmente: jamás volví a comer unos bombones parecidos-. Atrás de la cocina, siguiendo hacia el fondo, una escalera angosta y empinada llevaba al cuarto de servicio. Frente por frente a la cocina estaba el baño,  y el lugar que quedaba en el medio, se usaba como estar. Otra puerta, junto al baño, comunicaba con el dormitorio de los abuelos. Al fondo del estar, una gran puerta de hierro vidriada, rodeada de hortensias por fuera, daba al enorme fondo, lleno de plantas distintas en decenas de canteros. Y al fondo del fondo, valga la redundancia, dos tallercitos muy bien equipados donde papá y abuelo, se divertían de lo lindo desarmando y arreglando aparatos eléctricos.

Papá y abuelo tenían varias cosas en común. A ambos les apasionaba el trabajo manual Les encantaba desarmar y arreglar cuanto aparato eléctrico se les cruzara por enfrente. Papá contaba con orgullo que su primera plancha eléctrica, la arregló a los doce años. Se le había quemado la resistencia. Ambos fueron también, orgullosos y bulliciosos “ciudadanos” de la Parva Domus Magna Quíes. Y a los dos les apasionaban las plantas. Según ellos, tenían “mano verde”. Quizá la mayor diferencia entre ambos, era que abuelo, era muy lector y tenía dotes de escritor. A papá, en cambio, le gustaba leer el diario y hacer palabras cruzadas. No podían ser iguales en todo. Pero era obvio que papá, sentía verdadera devoción por la figura de su padre.

Ambos eran también, agnósticos, aunque mi abuelo, además era masón. Pero abuelo era un masón muy especial. Era amigo, por ejemplo, de Don Domingo Tamburini, párroco de San Juan Bautista. Y cuando sus “hermanos” masones lo presionaban para que llevara a sus hijos por la masonería, abuelo les respondía: “Mis hijos saben que yo soy masón. Nosotros somos librepensadores… Si quieren, vendrán. Pero yo no los voy a traer”.

Papá estuvo a punto de estudiar Agronomía. Pero perdió el examen de ingreso, y cuando se aprestaba a prepararlo de nuevo, abuelo le preguntó si no le gustaría entrar en la “Escuela Industrial”. Y allá fue, muy contento, y se recibió de Técnico Electricista. Tenía una extraordinaria habilidad manual, e hizo de aquella profesión su vida. Como a mamá, le encantaba lo que hacía. Quizá por eso, y aunque no todo era perfecto, tuve una infancia feliz.

Porque le gustaba hacer cosas con sus manos, y porque tenía un gran sentido del deber, papá era un gran trabajador. Estaba muy orgulloso de ello. Empezó trabajando con abuelo. Luego trabajó en CONATEL. Años más tarde, estuvo una temporada más bien corta en Chiclets Adams. Cuando yo estaba a punto de nacer, había vuelto a trabajar con  abuelo, y un buen día, le encargaron dirigir la nueva instalación eléctrica de la fábrica de cigarrillos Monte Paz. Cuando estaban terminando, Don Jorge Mahilos lo llamó y le dijo: “Fernández, Ud. hizo esta instalación eléctrica, por tanto, es el único que la entiende. ¿Por qué no se queda a trabajar con nosotros?” Y quedó efectivo, hasta el día de su jubilación, veinticinco años después.

Vine al mundo con un pan abajo del brazo. Como corresponde.

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