El casamiento

Papá y mamá se casaron el 16 de marzo de 1962, y casi a los dos años, nací yo. Mamá tenía treinta y ocho años y papá cuarenta. Ella se jubiló por “Ley Madre” y se dedicó a ser ama de casa de tiempo completo, lo cual le encantaba. Muchas veces la escuché hablar con cariño de su trabajo en “Castiglioni”, de lo que hacía, de sus amigas, de su patrón, a quien apreciaba mucho. Pero jamás –y no exagero- la escuché lamentarse de haber dejado de trabajar para dedicarse a su casa. Es cierto que siempre tuvo quien la ayudara, pero en casa, era mamá la que iba “al frente del ejército”… Guardo entrañables recuerdos de Mariana, empleada que la ayudó hasta que formó, ella misma, su propia familia, siendo yo muy chico aún. Y cómo no recordar a Doña Elena, que trabajó cerca de quince años en casa… Una mujer que suplía sus pocas letras con un corazón enorme, siempre alegre, a pesar de haber sufrido mucho. Había enviudado dos veces y su vida no era fácil, pero parecía estar siempre contenta.

Quienes pasaron alguna vez por la casa de mis padres, no me dejarán mentir: mamá siempre tenía la casa en orden. Sin ser fanática -como una tía a cuya casa no se podía entrar sin pararse sobre patines de lana-, era limpia, ordenada y prolija. A mí jamás me faltó un botón en una camisa, ni un dobladillo en un pantalón. Le encantaba que todo estuviera… como corresponde.

Si sería feliz en sus quehaceres domésticos… ¡que papá y yo estuvimos años para convencerla de comprar un lavarropas! Decía que “la ropa no queda igual que si uno la lava a mano”. Por suerte para mí, al final lo conseguimos, porque mamá lavaba toda la ropa… excepto mi equipo de rugby. Volver de cada partido medio machucado y dolorido, a sacarle el barro a la camiseta, el short y las medias, no era lo que se dice, una tarea agradable…

Mi llegada

Nací un día miércoles, alrededor de las 22:00 hs. Era el 26 de febrero de 1964. Mamá pasó las de Caín durante y después del parto. En el mundo, todavía se comentaba el asesinato de John F. Kennedy, ocurrido tres meses antes. El día anterior, según La Vanguardia, Franco había estado de caza en España y la OEA denunciaba el apoyo de Fidel Castro a movimientos subversivos en toda Iberoamérica. Un mes antes que yo, en la vecina orilla, había nacido Mafalda, la “hija” de Quino. Claro que gracias a una “licencia literaria”, ella nació con unos ocho o diez años de edad… y permaneció así por siempre. En Uruguay, aún se festejaba el triunfo de la sub-20, que a principios de mes, se había coronado campeona del torneo sudamericano de fútbol.

Algunas personas -dentro y fuera de la Iglesia Católica-, dividen a las personas entre “preconciliares” y “postconciliares”. El Concilio Vaticano II, comenzó en 1962 y fue clausurado en 1965. Por tanto, a mi no se me puede aplicar ninguno de esos términos. Nací en medio del Concilio. Soy un católico “conciliar”, sin “pre”, ni “post”.

Vayamos a mis recuerdos… De mis primeros años de vida, tengo imágenes sueltas. Son muy claras, pero con frecuencia soy incapaz de ubicarlas cronológicamente.

El mejor de los regalos

Lamentablemente, no conservo recuerdos del día de mi bautismo. Sé, porque está registrado, que fue el 14 de abril de 1964, una vez que mamá se repuso del parto. Seguramente me echaron agua en la frente, lloré, en fin, lo de siempre… Sin embargo, para mí, fue un día trascendente: en un solo acto, el Bautismo me quitó la mancha del pecado original y pasé a ser miembro de la Iglesia: ¡Hijo de Dios, para siempre!

Desde pequeño, mamá me enseño a rezar una oración a la Virgen de Lourdes. Todas las noches nos arrodillábamos con mamá junto a mi cama, y nos dirigíamos a Nuestra Madre del Cielo en estos términos:

“Santísima Virgen de Lourdes, que a ningún desamparas ni deshechas, mírame con tus ojos de piedad, y alcánzame de tu hijo del perdón de mis pecados, para que con devoto afecto celebre tu Santa e Inmaculada Concepción, en tu milagrosa imagen de Lourdes, y reciba después el galardón de la Bienaventuranza del mismo de quien eres Madre. Amén.” 

Mamá me regaló la fe católica. Me enseñó a querer a la Virgen y a pedirle cosas. Y me enseñó también a rezar el Padrenuestro y el Avemaría. Una fe sencilla, pero de la que ella daba ejemplo vivo. Papá, como dije, era agnóstico. Pero nunca se opuso que mamá me regalara la fe.

La casa

La casa de mis padres, quedaba en la calle José Benito Lamas 2814. Aún existe. En esa casa había vivido, antes que mis padres, mi tío Adolfo con sus cuatro hijos. Adolfo era el mayor de los hermanos de papá, y le había faltado una materia para recibirse de Ingeniero. Según contaba papá, dejó la carrera porque durante un examen, lo bocharon por razonar la respuesta en lugar de repetirla de memoria. De joven, Adolfo había sido un gran atleta, habiendo obtenido el Campeonato Sudamericano en Lanzamiento de Martillo. Trabajaba en Campomar y viajaba prácticamente todas las semanas a la planta industrial de Juan Lacaze, donde pasaba varios días. Su esposa Renée –a quien todos llamábamos Nenucha-, desde que yo recuerdo hasta su jubilación, trabajó como maestra de inglés en el colegio St. Andrews. Casi frente por frente a la casa de la calle Lamas, en el predio que hoy ocupa la Escuela Integral Hebreo Uruguaya, estaba en ese entonces instalado The British Schools, colegio al que fueron mis tres primos, Adolfo (mi padrino), Gustavo y Renée. Cuando el British se mudó a Carrasco, mis tíos hicieron lo propio y fijaron su residencia en la calle Murillo.

Hasta el día de hoy recuerdo la voz de mi tío Adolfo en el teléfono… Cuando atendía yo, invariablemente me decía: “¡Álvaro albaricoquero, no te caigas en el agujero!”.

Cuando yo nací, la casa tenía un patio delantero y una cochera, por la que se accedía a un garaje. La puerta principal daba a un pequeño living que era más biena un recibidor. La escalera de madera hacia la planta alta, ocupaba buena parte del espacio. Hacia el frente, había una habitación más o menos grande, donde años más tarde se instaló el comedor, con los muebles heredados de mi abuelo. Al lado de la escalera, una puerta comunicaba con la cocina, con el acceso al garaje y con el patio, en cuyo centro había un limonero. Arriba, habían dos habitaciones, un baño y una terraza. La que daba hacia el frente la ocupaban mis padres y la que daba hacia el fondo la ocupaba yo. Casi desde que nací, hasta que me casé, a los treinta años de edad.

Mamá pasó muy mal durante el posparto. Como papá trabajaba y mamá estaba internada, pasé algunas semanas viviendo con mis tíos Coco y Marta, y con mis primos, Guillermo y Martita. Marcelo, el tercero de los hijos de Coco y Marta, nació unos años después.

Las reformas en la casa, deben haber empezado cuando yo era muy chico, porque en algunos casos, mis recuerdos no registran la era “pre-reforma”. El garaje, por ejemplo, fue transformado en estar, y mis recuerdos más antiguos, se remontan a la época en que papá instaló en una esquina, una modesta “quematuti”, que más tarde fue a parar a la habitación de mi primo Adolfo. Años más tarde, en el mismo lugar, se instaló una estufa a leña prefabricada. Imagino, aunque no la recuerdo, la preocupación de mamá por la polvareda que se iba a levantar al romper las planchadas…

No recuerdo, como es natural, cuando fue que empecé a hablar. Pero si recuerdo que todo el mundo festejaba el hecho que, tras mis primeros balbuceos, era capaz de pronunciar con absoluta perfección la palabra “otorrinolaringólogo”. No se cuántas veces me le habrán hecho repetir para que la gente viera que inteligente era el nene…

No quiere decir esto que no haya hablado a media lengua. Mi tía Rosita, hermana de mamá, muy unida a nosotros, me recordaba con frecuencia que en mis primeros intentos por pronunciar mi nombre completo, sólo alcanzaba a decir: “Avo Nenane Teteia”.

Vocación temprana

Decidí ser agrónomo cuando tenía unos cuatro años de edad. Mi padrino, por quien siempre sentí un especial cariño -era muy gracioso y además, un excelente atleta-, iba a seguir esa carrera. Recuerdo haber ido a verlo a una competencia que tuvo lugar en Juan Lacaze, y cuando le tocó correr, yo no paraba de gritar: “¡Dale Pinino!”. Creo que ganó. Bueno, no estoy seguro, pero es bastante probable.

Otro hecho que influyó en mi vocación, fue una estadía en la estancia del abuelo de Ana, mi hermana. La noche o la madrugada que salíamos para Rocha, jugando a la pelota con mi tía Rosita en la cochera de casa, me caí y me hice un tremendo raspón en la rodilla, que me quedó en carne viva. Fuimos igual, pero los primeros días me dolió bastante. Allí, en la estancia de Don Mario (que en su generosidad, me consideraba un nieto más), subí por primera vez a un caballo. Ana llevaba las riendas, y yo iba sentado entre ella y la cabezada del recado. Estaba en la gloria. Descubrí que la vida de campo me encantaba, que no había nada más hermoso. Disfrutaba enormemente de los paseos a caballo, bajo los sauces y entre los álamos, siempre rodeados de vacas… Nunca se me fue esa suerte de “pasión dominante”, que cuando tengo oportunidad, sigo disfrutando como el primer día…

Yo no me acuerdo, pero Ana siempre contaba que un día me dio por treparme a un molino… Mientras subía la escalera, se me empezó a meter el pantalón en la cola. Parece que le resultó muy gracioso ver mi indecisión entre sacarme el pantalón de ese molesto lugar, o seguir subiendo, o bajar…

Primeras Navidades y Reyes

También figuran entre mis primeros recuerdos, algunas Navidades y Día de Reyes. Como todo niño que se precie de haber tenido infancia, esperaba con ansia la llegada de Papá Noel y de los Reyes. Aunque nunca logré entender como, un hombre tan gordo, podía descender por el angosto caño que evacuaba el humo de la quematuti…

Una Navidad, me regalaron una máscara de buceo, de color mostaza. Creo que el primer verano la perdí en el agua. Un día de Reyes, mis abuelos me regalaron un equipo de El Zorro, y por allí iba yo con un antifaz, un sombrero de plástico, una capa de nylon y una espada de juguete, luchando por la justicia…  Ese mismo día, me llevaron a conocer el aparamento donde iban a vivir Ana (mi hermana) y Eduardo, su novio, que se estaban por casar.

Durante los años de inocencia, el pasto para los camellos, lo íbamos a recoger con mamá y papá al baldío que había quedado tras la demolición de “El Castillo del Peruano”, en Bvar. Artigas y Luis de la Torre. En ese predio, se levanta hoy un enorme edificio de ladrillos construido por Don Humberto Lamorte, abuelo de mi ahijado Pedro. El mundo es un pañuelo.

Un regalo de Reyes que jamás olvidaré, fue un poco más tardío, pero cabe mencionarlo acá: papá me hizo, con sus propias manos, una valijita de carpintero, con todos los elementos necesarios. Recuerdo hasta el olor de la madera. El nivel que traía esa valija, aún lo tengo en mi caja de herramientas.

Alrededor de los cinco años, empecé a ir al Jardín de Infantes “La Ronda”, que funcionaba donde hoy está el Colegio José Belloni, a unas pocas cuadras de casa. La pasaba muy bien, pero creo que fue sólo un año. Por algún lado anda una foto en la que estoy disfrazado con un traje hecho de papel, durante la fiesta de fin de curso.

El casamiento de Ana

Duro revés supuso para mí, que la maestra del Jardín de Infantes, no me creyera cuando le dije que se casaba mi hermana. Pero ese asunto se solucionó bastante rápído, tras una explicación de mamá. Años más tarde, tampoco me creyeron que a los once años, iba a ser tío. Pero esta vez, pude explicarlo personalmente sin mayores problemas.

Para mi cumpleaños número cuatro, me regalaron la ropa que había de lucir en la boda de mi hermana. Yo estaba loco de la vida con la ropa nueva…, hasta que me probé los zapatos… Eran preciosos, pero… me apretaban bastante. Aguanté estoicamente, y los lucí durante el casamiento, que fue en la Iglesia Metodista de Constituyente y Barrios Amorín (Médanos, en aquellos tiempos). El padre de Eduardo (Don José Richero) era metodista. Durante muchos años, fue Director del Instituto Crandon. Mis recuerdos de la ceremonia son vagos. Pero me acuerdo de estar sentado muy quietito, al lado de mi enorme abuelo…

Ana y Eduardo fueron a pasar la luna de miel a Bariloche, y me trajeron de regalo un sweater de lana típico de la región, que me encantaba. Hasta que un día crecí, y ya no me sirvió.

A veces la infancia tiene mucho de Ley de Murphy: cuando una prenda de vestir nos gustaba, crecíamos muy rápido y ya no la podíamos usar. Pero cuando algo no nos gustaba y nos lo hacían usar “a prepo”, el tiempo pasaba muy lento hasta que ya nos quedaba chico…

Pequeño contrabandista

Recuerdo que a fines de los ´60, la carne en Montevideo era muy cara. El Frigorífico Nacional tenía el monopolio del abastencimiento a Montevideo, y los habitantes de la capital no podían comprar carne en otro lado. Ante esta situación, del otro lado del Puente Carrasco, y en la ciudad de La Paz, se instalaron grandes carnicerías que hacían su “agosto” con  el contrabando. A mí no me preocupaba demasiado esta realidad, pero recuerdo haber ido en más de una ocasión con mamá y un vecino  que tenía auto (Don Julio Silveira), a comprar carne al otro lado de la “frontera”, al otro lado del Puente Carrasco y a La Paz. Por lo general, íbamos a última hora de la tarde. Una vez hecha la compra, ponían la carne abajo del asiento trasero, y arriba me sentaban a mí. Supongo que tendría cara de inocente.

La Sra. de Silveira

La Sra. de Don Julio Silveira, se llamaba Ethel, y me “medía” con una cinta cada vez que me empachaba. Nunca supe como hacía para tocarme, en tres días sucesivos y tras una medida siempre igual, primero la garganta, luego el pecho y por fin la cintura, lo que significaba que estaba “curado”.

La Sra. de Silveira era poseedora, como se verá, de una inmensa capacidad de perdón. Porque cuando yo era muy chiquito (supongo que tendría alrededor de cuatro años), una vez que mamá estaba conversando con ella, me la quedé mirando fijamente durante un buen rato. Al cabo del cual, le pregunté en voz alta, como si fuera la cosa más natural del mundo:

-¿Mamá, por qué la señora de Silveira tiene bigotes?-

Mamá tenía un corazón muy fuerte, pero creo que ese día, estuvo a punto de estallar. Su cara parecía un caleidoscopio. Pasaba del violeta al blanco y del blanco al verde, y yo no sabía por qué. Papá tenía bigotes. ¿Era tan malo tener bigotes? Claro que yo nunca los había visto en una mujer: por eso pregunté… No recuerdo cómo terminó aquel incidente. Pero seguramente, me ligué o bien un buen reto. Cosa rara, porque en términos generales, nunca fui muy travieso. Hasta que fui grande, pocas veces les di trabajo a mis papás…

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