En la Escuela Barón de Río Branco

Empecé Jardinera en la escuela “Barón de Río Branco”, en 1969. Allí conocí a entrañables amigos que conservo hasta hoy, aunque a algunos los veo muy poco: Pablo, Isabel, Diego, Fermín… Como a papá le gustaba su trabajo y a mamá el suyo, a mí me gustaba ir a la escuela. Al no tener hermanos que vivieran conmigo (Ana vivía con los abuelos y Titía), me parecía fantástico pasar varias horas con “gente de mi edad”.  Aprendiendo, estudiando, pero también jugando.

Debí ser bastante aplicado porque en primero y en segundo de escuela, pasé con Sobresaliente. A Isabelita y a mí, un día nos llamaron a la Dirección. Isabel estaba aterrada, porque pensó que nos iban a retar. Pero se equivocó: por nuestras buenas notas, nos hicimos acreedores a una beca que nos permitió ir al Club Banco Repúbica a hacer gimnasia y aprender natación.

Cuatro puntos…

De mis años en el Club, recuerdo una sola anécdota digna de mención. Estábamos en la piscina, y me disponía a nadar ayudado de una tabla. Tiré la tabla al agua, me tiré yo, y tuve tan mala suerte que pegué con la barbilla en la tabla y me hice un tajo medio profundo, aunque no grande. Terminé en el Sindicato Médico, donde me dieron una puntada.

A los pocos días, fui a que me sacaran el punto. Al día siguiente, estábamos jugando en el recreo, cuando sucedió un hecho que algunos testigos recuerdan hasta el día de hoy. Yo solo recuerdo que salí disparado, en paralelo a una pared del gimnasio que hacía esquina. Al otro lado de la esquina, venía corriendo, a toda la velocidad que le permitía su pesado cuerpo, el “gordo” Lema. Dio la casualidad de que llegamos juntos a la esquina, uno por un lado y otro por el otro. El choque, según dicen, fue de una violencia tremenda. Chocamos como dos bolas de billar y salimos despedidos uno hacia un lado y otro hacia otro. Ese mismo día, volví al Sindicato Médico y me dieron tres puntadas más, al costado de la ceja derecha. A partir de ahí, me quedó una ceja más arqueada que la otra. Creo recordar que la voluminosa humanidad del “gordo” Lema, quedó intacta.

Un ídolo en la escuela

En la actualidad, el fútbol no me interesa en absoluto. Salvo quizá, cuando juega la selección uruguaya, y miro algún partido, más que nada por curiosidad. Pero cuando era chico, me gustaba bastante. Cuando era muy, muy chiquito, era de Peñarol, como mamá. Más tarde, gracias a que mi primo Guillermo y mi cuñado Eduardo me prometieron que si me hacía de Nacional me iban a llevar al estadio, me “convertí” en bolsilludo. La invitación nunca llegó, y quizá por eso hoy digo que soy “bolso”, pero no practico. Conocí el Estadio Centenario gracias a mi tía Mirtha, hermana de mamá y fanática de Danubio. Fuimos a ver un partido Nacional – Danubio… nada más y nada menos que desde la platea América. Me gustó la experiencia. El problema es que las veces siguientes, fui a la Olímpica o a la Colombes, y ya no me gustó tanto la experiencia. La última vez que pisé el Centenario, fue en el Mundialito del ’80. Hace treinta y cuatro años…

El cuento venía porque a la Escuela Barón de Río Branco, iban las hijas de Ayrto Correia da Ruda “Manga”, el famoso golero de Nacional. De vez en cuando aparecía en la puerta de la escuela con su enorme Mustang color naranja. Era la delicia de los pibes verlo de cerca. Un hombre de una altura imponente, sobre todo para niños que apenas sobrepasaban el metro de altura. Nunca olvidaré la impresión que me causaron sus manos, enormes, con los dedos todos torcidos.

La heroica Nelly

El recuerdo más edificante de aquella época, tiene mucho que ver con la situación que vivía el país. A principios de los ´70, los tupamaros estaban más o menos controlados. Sus actos más atroces contra las instituciones, los habían perpetrado en los años ’60. Pero se vivía un caos social sin precedentes. En 1972, los paros y las huelgas estaban a la orden del día, lo mismo que la quema de cubiertas en las calles y los bancos de las paradas de ómnibus, que eran de madera. En la educación pública, el caos era total. Creo no alejarme de la verdad si digo que casi tuvimos más días de paro que días de clase.

En ese contexto, una heroica maestra llamada Nelly, se ofreció a darnos clases en casas particulares a los que quisiéramos acudir a ellas. Al principio, las clases nos las impartía casa de Ana Luisa, una compañera que tenía problemas motrices y andaba con muletas. Luego, Nelly nos dio clases en su propia casa, con el fin de que no  perdiéramos el tren de los estudios. Recuerdo muy bien que fue en una de esas clases, que aprendí el porqué del Premio Nobel. También recuerdo haber leído por aquella época un cuento de Azorín titulado “Honradez”, donde un chico se encontraba una billetera en la calle y la devolvía a su dueño con todo el dinero dentro…

El día que se declaró el Estado de Guerra interno, había quedado de ir a hacer los deberes a lo de Diego Rega. Su casa, quedaba a pocas cuadras de la mía, pero mamá, que por alguna razón no pudo acompañarme, le pidió a la Tía Yiya, que ya vivía con nosotros, que me llevara y me trajera. Después de los deberes y la merienda, el juego consistía en salir sin ser vistos de la casa y meternos en ese “mundo en guerra” que se encontraba puertas afuera.

La tía Yiya

Mamá y tía Yiya, vivieron juntas muchos años. Incluso después que tía Yiya se casó con Petrone (no recuerdo su nombre de pila, entre otras cosas, porque todo el mundo le llamaba por su apellido).

Petrone había sido guarda de ómnibus. Cuando yo lo conocí, ya estaba jubilado. Vivían en un apartamento más bien chico en la calle Comercio, en la Unión, que tenía un gran ventanal a la calle. En la escalera por la que se accedía al apartamento, habían unas macetas con “espadas de San Jorge”. Recuerdo que Petrone tenía un banquito de madera -que seguramente llevaba en el ómnibus-, en el que por alguna razón a mi me encantaba sentarme. Conmigo era bastante simpático, aunque no recuerdo su rostro.

Un día Petrone murió, y la tía Yiya quedó sola, con una jubilación menguada. Para mamá, siempre había sido como su madre, por lo que mis padres decicieron traerla a vivir con nosotros.

Al describir la casa en la que vivíamos, mencioné que en la planta superior había una terraza. Para acoger a la tía Yiya, mis padres la transformaron en dormitorio, e incluso le pusieron un piso de parquet.  No recuerdo bien, pero la mudanza se debe haber producido alrededor de 1970, más o menos.

Como yo tenía muy buena relación con tía Yiya, estaba muy contento de que viniera a vivir a casa. Claro que otra cosa es convivir… Tuvimos momentos lindos y de los otros, muchas veces nos llevamos bien y otras no tan bien, pero en el fondo, creo que siempre hubo un cariño profundo entre ambos, pese a ciertas desavenencias. No es fácil para una persona mayor, habituada a vivir y a mandar en su casa, irse a vivir a casa ajena. Luego, lo mismo, lo viví con mamá.

A tía Yiya le debo muchas cosas, además de las bombillas de plata y oro que me dejó en herencia. Le debo mil relatos sobre la vida de la familia Texeira en los campos de Buricayupí y en Paysandú. Le debo en buena parte, mi completa identidad con la gloriosa divisa blanca. Le debo, en fín, haber mantenido viva la memoria de los tiempos viejos de mi familia materna.

Si no hubiera sido por ella, me hubiera perdido de mucho. Y le debo también en parte, mi fe. Si bien no recuerdo que fuera los domingos a Misa, a su manera, era una mujer piadosa. En la pared de su dormitorio, tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. En la puerta del placard, tenía tenía una imagen del Papa Juan XXIII. Y en su mesa de luz y en su tocador, únicos muebles que con su cama, completaban su mobiliario,  tenía algunas estampas de santos y de la Virgen. Además, ella le transmitió la fe a mamá, y mamá me la transmitió a mí. Pero de eso hablaremos más adelante.

El susto

Claro que uno, cuando es niño, no siempre actúa respeta a sus mayores como es debido… Ya he dicho que yo no era lo que se dice “un niño diablo”. Sin embargo, cuando tenía alrededor de ocho o diez años, le hice una broma pesada a la pobre tía Yiya que pudo haber terminado mal…

El placard en el que tenía la foto de Juan XXIII, era más bien chico, y estaba empotrado en la pared. Allí guardaba ella su ropa. Un día, quizá después de mirar una película de ladrones, agarré una media “can-can” y me la puse en la cabeza, hasta el cuello. Me escondí en el placard, y esperé pacientemente que llegara la tía Yiya. Ella entró en su dormitorio, dio alguna vuelta, y cuando abrió el placard, yo salí de adentro y le grité:‘’¡¡¡Buuuuuuu!!!”

La pobre tía Yiya se pegó tal julepe, que casi se me infarta ahí mismo. Gracias a Dios, su corazón resistió, y la cosa no pasó de un susto mutuo… Yo terminé más asustado que ella. Nunca más volví a hacer nada parecido. No tanto por la paliza que recibí después, sino porque al verle la cara a mi pobre tía abuela, tomé conciencia de lo que había hecho… y de lo que pudo haber ocurrido.

Aparicio

Uno de mis cuentos favoritos, que le hice repetir mil veces a Tía Yiya, era el de su encuentro con el General Aparicio Saravia. Ella sostenía que lo había conocido siendo muy niña, cuando tenía apenas cuatro años de edad. Ddecía que recordaba haberlo visto al frente de su Ejército, cuando pasó por la estancia de su padre a pedir provisiones y caballos para la revolución. Hasta el día de hoy, nunca he encontrado referencia alguna sobre el supuesto pasaje por Buricayupí de las tropas de Aparicio. A veces me he preguntado si no se trataría de unos soldados y oficiales revolucionarios que fueron a pedir unas vacas, y ella se quedó con la idea de que había visto al propio General Saravia. Quién sabe… En esa guerra cruel, en la que el gobierno se levantó contra el pueblo, los movimientos del Ejército Nacional fueron muchos, y nada obsta para que, rumbo a Paso del Parque, los revolucionarios fueran a dar a la estancia de Don Cipriano Texeira Nunes, mi bisabuelo.

Crónicas de Yiya…

Algunas de las historias de tía Yiya, me parecían más inverosímiles que las crónicas de Narnia. Más de una vez pensé que quizá fueran cosas de la edad, que quizá no estaba muy en sus cabales, o que en el mejor de los casos, exageraba… Afortunadamente, algunos parientes que ubiqué por facebook, me han confirmado que algunas de mis dudas, eran infundadas. La historia del auto y la historia de las monedas, parecían increíbles… Y sin embargo eran ciertas. Así que quizá, también fue cierto el encuentro con Aparicio…

Empecemos por las monedas. Contaba la tía Yiya, que cuando eran chicos, cada vez que su padre volvía de hacer algún negocio con ganado, traía una gran bolsa con monedas de oro. La confirmación me llegó cuando un primo me contó algo muy similar, en el sentido de que Don Cipriano, le daba algunas monedas de oro a sus hijos para que jugaran un rato. En esa época no había Play Station. Y en la mía tampoco…

La historia del auto, parecía aún más inverosímil, pero también fue confirmada. Don Cipriano, mi bisabuelo, era hombre de gran fortuna. Como hombre rico que era, mandó comprar un auto. Según parece, fue de los primeros (si no el primero) que circuló por los campos de Paysandú. Parece que el recibimiento del auto en la estancia, fue todo un alborozo. No lo podían creer. Don Cipriano había comprado un vehículo que no precisaba caballos para moverse! La fecha de la compra, seguramente es anterior a 1908, que fue cuando falleció Cipriano. No sabemos como llegó a destino. Puede que por barco hasta Paysandú, puede que por tren a las inmediaciones de Buricayupí.

Uno de los hechos que más quedó grabada en la mente de la pequeña Yiya, fue la muerte de su padre. Ese cuento lo debe haber repetido cientos de veces. Lo cierto y lo concreto es que el día del casamiento del capataz con la maestra, a Don Cipriano le dio un infarto y se murió. Lo velaron sobre la mesa del comedor, vestido como estaba, con traje de fiesta, a la usanza de la época. En ese entonces la tía Yiya tenía 8 años, y es obvio que le impresionó mucho ver a su padre muerto, tendido en aquella mesa.

Cabe aclarar que la maestra, vivía y trabajaba en la misma estancia, porque Don Cipriano se las había arreglado para tener una escuela en el casco. En realidad, en aquella estancia vieja, hacían de todo. Con el sebo de las carneadas, hacían las velas. También fabricaban su propio jabón, el pan, y otras muchas cosas. En casa hay un pequeño escritorio cuyo origen exacto desconozco. Pero creo que mamá lo heredó de su abuela, por lo que no sería raro que fuera uno de los que usaban los niños en la escuela de la estancia.

Ruidos en la noche

De la época en que vivieron en Paysandú, tía Yiya contaba una anécdota que no deja muy bien parado a uno de sus hermanos. Parece que una noche, en la enorme casona de Enriqueta, se escucharon unos ruidos raros. Al parecer, provenían del patio trasero de la casa. Se despertaron todos, y muertos de miedo, en grupo cerrado, marcharon a ver que pasaba. Lo insolo es que, según tía Yiya, delante iban todas las mujeres de la casa… y atrás, uno de los hermanos varones, con un revólver…

La fortuna perdida

Al respecto de la situación económica de la familia, tía Yiya contaba que la fortuna de Don Cipriano se perdió en parte porque el “pater familias” murió muy joven, con hijos apenas adolescentes, que difícilmente se podían encargar de sus negocios; y en parte porque Doña Enriqueta -que no sabía leer ni escribir-, confió sus bienes a las personas equivocadas. Alguna vez contó que también las langostas contribuyeron a la ruina familiar. Pero no se si se refería a esos pequeños animalitos verdes, tan molestos, o en sentido figurado, a ciertos vivos que en lugar de administrar sobriamente los bienes encomendados, fueron una verdadera plaga para la economía familiar.

Así que es mucho lo que le debo a la tía Yiya. Sus historias y su ejemplo reafirmaron tanto mi vocación cristiana como mi vocación campera. Contribuyeron a acrecentar mi amor por la tierra, por la familia, por la Patria y por el Partido Nacional. Siempre estuvo orgullosa de su hermano Érico, que hizo carrera política en Colonia, y de su primo hermano Fidencio Nunes Ribeiro, que llegó a ser electo diputado y a ocupar una banca en el Senado por el Herrerismo.

Si no fuera por ella, quizá no pensaría como pienso en algunas cosas. Nacida en cuna de oro, asumió su pobreza con dignidad y altivez propias de una dama. Una gran lección, de esas que uno no debe olvidar. Tia Yiya falleció en 1989, a los 89 años de edad.

Mi primo Pablo

No recuerdo cuando conocí a mi primo Pablo. Supongo que é tampoco. Así que deberíamos ser muy, muy chiquitos cuando empezamos a jugar juntos. Por ahí tenía yo unas fotos, tomadas en el Club de Golf, al que algunas veces no llevaban nuestras madres a jugar a la pelota, ya que los domingos estaba abierto al público.

Los buenos tiempos

Lo cierto es que nos divertíamos de lo lindo. Recuerdo su casa de Punta Gorda a la perfección. Y los nombres de algunos de sus amigos y vecinos: Guille, Apa, Lars y Bruno, etc.  A veces se armaban unos picaditos muy divertidos en los cuales nos divertíamos tanto o más que jugando entre nosotros. De más está decir que Pablo era fanático del fútbol. Y de Peñarol.

Yo siempre fui un patadura con la “globa”… Les puedo asegurar que lo intenté. Jugaba en el barrio, jugaba con Pablo (que para mí, era un fenómeno, digno de integrar la Selección Uruguaya), jugué en los Maristas… Pero nunca fui un virtuoso goleador. Mi mayor virtud estaba quizá, en detener a algún contrario. En lo posible, cometiendo un buen “foul”… Por eso fui tan feliz jugando al rugby. Pero esa es otra historia.

Manuel y Margot, los padres de Pablo, muchas veces nos sacaban a pasear en su Renault 4CV. Papá no tenía auto y para mí era una fiesta subirme al auto del papá de Pablo. Siempre me gustaron los autos, y el de tío Manuel me parecía precioso. Es que mirado a la distancia, era lindo. Chiquito, pero muy simpático.

Recuerdo muy bien cómo, a partir de los siete u ocho años de edad, mamá me dejaba ir sólo a lo de Pablo. Solía ir los sábados de mañana. Jugabamos todo el día, parando solo para almozar y merendar, café con leche y pan con manteca y azúcar. A eso de las diez de la mañana, más o menos, me iba hasta la parada del 104 en el Ombú. Ahí me subía al ómnibus, con el alma exultante de alegría, sobre todo si me tocaba uno de esos cacharros viejos de CUTCSA, la década del 30 o del 40. Me divertía saltar al pescante trasero antes de que el ómnibus frenara. Lo mismo al bajar. Y me encantaba ir reclinado sobre aquella abertura sin ventana que tenían del lado izquierdo. A veces, también me gustaba ir adelante, admirando la pequeña y añeja cabina del conductor, e imaginando lo divertido que sería manejar uno de esos vehículos. Al menos hasta que me sacaban de mis idílicos pensamientos, los golpecitos que, con una moneda, daba el  del guarda en el pasamanos: “¡Pashandu, pashandu!” o bien “¡Buletush, buletush!”. En esos tiempos, casi no había uno que fuera criollo.

Al final de la bajada de Coimbra, me bajaba. Y empezaba a caminar, por al entonces “Yaguaneses” (hoy Ciudad de Guayaquil),  hacia Caramurú.

Aunque a veces Pablo venía a casa, yo iba muy seguido a la suya, porque en Punta Gorda teníamos jardín y fondo grande y mucho pasto para jugar a la pelota. Uno de los improvisados “arcos”, tenía como “palo” un farol de hierro, que soportó estoico, miles de pelotazos…

Al llegar empezaba la fiesta. De mañana, peloteo “de arco a arco” en el jardín delantero de lo de Pablo. A medidía, tallarines o alguna otra rica comida hecha por Margot o la tía Cata. Por la tarde… en verano, nos hacían dormir la siesta… pero no siempre aguantábamos y cuando podíamos, nos escapábamos. De tarde, otra vez fútbol, pero ahí, generalmente, con algún otro de los amigos de Pablo. Guille era infaltable, y los otros, variables. De tardecita o ya de noche, volvía a casa, cansado y feliz. Hermosos recuerdos de una de las mejores épocas de mi vida.

Tampoco faltó en aquellos tiempos, algún paseo en el yate del tío Carlitos. Era hermano de tío Manuel, aunque bastante menor que él. Carlitos siempre fue –hasta el día de hoy- un fanático de la navegación. Durante muchos años salió como voluntario de ADES a rescatar marinos en peligro. En una época, llegó a tener su propio yate, en el que alguna vez, tuvimos el privilegio de navegar.

La enfermedad de tío Manuel

Un buen día, el padre de Pablo se enfermó. Parkinson. Su salud fue decayendo lenta pero inexorablemente, y Pablo, que era tan solo un niño, se vio de un día para otro, ayudando heroica y abnegadamente a su madre en el cuidado y atención de su padre. He visto otros casos de Parkinson. Pero jamás vi una manifestación más terrble y cruel de esa enfermedad que en la persona de tío Manuel. Fueron años de sacrificio, de dolor, de abnegción para Pablo. Pero la vida y sigue y durante muchos años, seguimos compartiendo mañanas y tardes de fútbol y amigos. Nunca escuché a Pablo quejarse de la cruz que le tocó cargar. Pasaron los años. Pablo Se hizo adolescente. Y un día, tio Manuel falleció. Al poco tiempo, tía Margot y Pablo se mudaron a un apartamento en Pocitos.

El favor que no fue

No recuerdo si fue por sugerencia de mamá, o si se me ocurrió a mí. Pero a partir de la enfermedad de tío Manuel, todos los días, camino de la escuela, entraba unos minutos en la capilla de Las Esclavas del Sagrado Corazón, a pedirle a la Virgen y a su Hijo, la curación de mi tío. Me arrodillaba en el reclinatorio del último banco, rezaba alguna oración y me iba a la escuela.

Tío Manuel no se curó, y yo no entendía muy bien por qué, un Dios tan bueno, no había escuchado mis súplicas. ¡Era algo tan bueno lo que le pedía! Todavía no sabía que Dios Nuestro Señor, en su infinita bondad, permite a veces que a gente buena, le pasen cosas malas. Los seres humanos, nunca alcanzaremos a comprender el plan divino. Sólo sabemos que nuestra vida, es como el reverso de un tapiz, cuyo lado bueno, podremos una vez que lleguemos al Cielo. Ahí entenderemos muchas cosas. Aquí en la tierra, muchas cosas aparecen rodeadas de un misterio insondable, que nuestra limitada razón nunca podrá llegar a develar.

Lo que sí llegué a comprender años más tarde, y en carne propia, es que el dolor, vivido cristianamente, tiene un sentido. Alcanza con mirar al Hombre-Dios que fue “traspasado por nuestros pecados, clavado en una cruz y humillado”, para comprenderlo. Y para ofrecerle nuestros pequeños o grandes sufrimientos, en humilde pago por su infinito Amor. A mí me hizo pensar mucho la inscripción que está sobre el dintel de la cripta de la Iglesia de San Francisco, en Cerrito y Solís. “Tú que pasas, mírame. Cuenta si puedes mis llagas. Oh hijo, que mal me pagas, la sangre que derramé.” Al ofrendar su vida por nosotros, Él nos dio la posibilidad de transformar nuestro sufrimiento en ofrenda. Podemos ser, de algún modo, corredentores con Él.

De la escuela al colegio

El cambio de la Escuela Barón de Río Branco, al Colegio Juan Zorrilla de San Martín, de los Hermanos Maristas, fue una las etapas más duras de mis años infantiles.

Ya hemos comentado que los paros y las huelgas de la educación, en 1972, eran cosa de todos los días. Mis padres decidieron que así, la cosa no iba más. No concebían la idea de que su hijo, que quería estudiar y que era buen estudiante, viera afectadas sus clases por huelgas y paros docentes. Y tomaron una decisión que les costó mucho, tanto en términos humanos como económicos. Decidieron hacer un sacrificio, y enviarme a un colegio privado donde no hubiera ese tipo de problemas.

Pensaron en varios colegios. El San Juan Bautista me quedaba a dos cuadras de casa, pero por alguna razón, pensaron que en sus cuadros docentes podían haber elementos que favorables a los paros y las huelas. Después de analizar algunas alternativas, se decidieron por los Maristas, donde los hermanos que dirigían el colegio eran casi todos extranjeros; alemanes, españoles, algún argentino, y muy pocos uruguayos. Los alemanes, estaba claro, no hacen paro.

En los Maristas

La entrada en el colegio de los Maristas, exigía un examen de ingreso. Por eso, durante todo el verano, mis padres me enviaron a una maestra particular con el fin de prepararme para el examen. El apartamento de la maestra quedaba a dos cuadras de casa, al lado de la panadería de Doña Carmen.

Fueron días de mucho trabajo e intensos calores. Me esforcé, pero me costaba. Cosa que me extrañó un poco, porque había tenido muy buenas notas en los años anteriores. Primero y segundo pasé con “Sote”, y tercero con “SMB”.

Llegó el día del examen. Fue en el edificio de 21 de Setiembre y Luis de la Torre, ocupado actualmente -desde 1977, para ser exactos-, por el Instituto Ariel. Yo estaba muy nervioso. Hubo problemas que cuya letra no entendí. Pasaba el tiempo. Hice lo que pude y entregué la hoja. No recuerdo cuando dieron el resultado. Pero era obvio que bien, no me había ido. Quedé en el filo de la navaja. Tanto fue así, que el Director les dio dos opciones a mis padres: o entraba a prueba en cuarto año, por tres meses, o repetía tercer año de Escuela. Mis padres decidieron –de manera muy acertada y lógica- que lo mejor era que repitiera el año. Entendieron que sería un doble trauma cambiar de colegio, empezar en una clase con nuevos compañeros, y si la cosa no funcionaba, cambiar otra vez de grupo a los tres meses… Por otra parte, repetir el año me daría una base más sólida.

La noticia me cayó como un balde de agua fría. ¿Qué culpa tenía yo de que unos atorrantes hicieran paro? Esos señores que se decían maestros, por no querer trabajar, habían provocado que mis padres decidieran mandarme a un colegio privado. A mí no me pareció mal la idea, porque me encantaba ir a la escuela, no me gustaba perder clases, y me daba cuenta que recibir clases en lo de Nelly, no era lo mismo que ir a la Escuela. Aquello no podía seguir así. Pero… que tuviera que repetir el año, ya era demasiado. Estaba desconsolado. Me sentía impotente. Y con una bronca tremenda hacia quienes provocaron todo ese cambio en ni vida. Hoy, más de cuarenta años después, mi opinión de lo ocurrido en aquellos tiempos, no ha cambiado mucho. Con mucho dolor veo hoy, la reedición de viejos vicios… y me pregunto a cuantos chicos como yo estará afectando hoy la mala costumbre que tienen ciertos docentes de hacer paro. Creo que la educación, debería ser declarada “servicio esencial”.

Mi segundo tercer año de escuela, lo cursé en el Anexo de los Maristas, una antigua casona de estilo que quedaba sobre 21 de Setiembre Luis de la Torre y Coronel Mora, al lado de la panadería. Allí tuvimos clase, ese año, los de tercero y los de cuarto. La maestra se llamaba Primia.

Poco a poco, empecé a hacer amigos. Algunos los conservo hasta hoy. ¡Y qué amigos! Ahí es donde uno empieza a vislumbrar, aunque mínimamente, como es que el buen Dios, de hechos lamentables, puede sacar cosas buenas.

Tengo mil anécdotas del colegio. Una vez, a un compañero que se fue a sentar, le puse un lápiz en el banco y se clavó la punta en la cola… Me comí plantón, rezongo de la Maestra, y rezongo de mamá, que era el peor de todos. No creo que haya sido por eso, pero recuerdo que alguna vez, después de cometer alguna de mis raras travesuras, mamá me corrió con la zapatilla. Una temible chancleta con suela de goma. Era su arma preferida para poner colas rojas. Hasta que un día descubrí, que si llegaba al  comedor, y ganaba un costado de la mesa, todo era cuestión de correr en sentido contrario al que venía mamá para que nunca me alcanzara. Se enojaba mucho por no poder agarrarme, pero al final se aburría. Supongo que en lugar de aplicarme un buen chancletazo, me pondría una penitencia…

En mi segundo tercer año, me comí más de un plantón fuera de clase. Lo peor no eran los plantones “per se”, sino que el Director de Primaria me encontrara de plantón. El Hermano Ángel, quizá le hacía honor a su nombre, no digo que no; pero ponía gran empeño en que nadie se diera cuenta. Alto y enjuto, de rostro cetrino y cabello entrecano, tenía una nariz aguileña que parecía alargarse durante las “interpelaciones”… Cuando me veía afuera, me clavaba la mirada y me preguntaba por qué me habían echado, mientras me tomaba de un brazo con sus finos y nudosos dedos y lo apretaba como quien escurre un paño de piso… En los siete años que fui al colegio, tuvimos más desencuentros que encuentros. Aunque reconozco que muchas veces, fue por culpa mía. El Hermano Ángel, por otra parte, no era injusto. Quizá sus métodos para corregir adolescentes más duros de lo conveniente. Pero no castigaba sin motivo. De los demás hermanos, guardo el mejor de los recuerdos.

Otra vez, el motivo fue que pegué un grito espantoso. Pero la culpa no la tuve yo. Un compañero de clase, que se sentaba atrás mío. Me tocó el hombro, me di vuelta, y  lo que vi me dejó aterrado: una cara verde y un pescuezo arrugado y repugnante, me miraba a los ojos y me tocaba la nariz. Marcelo Cuello sostenía una tortuga entre sus manos…

Cuarto año fue memorable. Ya le había tomado el gusto al colegio “de varones”. Era más divertido, no cabe duda, que la escuela mixta. Allí no había niñas que, al tirarles del pelo, se dieran vuelta y te dejaran la cara roja de una cachetada, sin derecho a respuesta. No. Allí, las cosas se arreglaban “entre hombres”. Si tenías problema con algún compañero, cortabas para la salida y listo.

En cuarto año, las clases las tuvimos en la sede del colegio. Tuve dos maestros excepcionales. El Hermano Juan Waltz, que aún da clases en los Maristas, y el Hermano Daniel, cuyo apellido no recuerdo. El Hno. Juan es argentino y el Hno. Daniel era español. El Hno. Juan era muy serio, pero siempre muy justo; el Hno. Daniel era exigente, pero simpático y amigo de los alumnos.

Hasta el día de hoy recuerdo que uno de ellos (quizá fue Juan, pero quizá fue Daniel…), nos mostró una hoja escrita llena de tachones. Borrones por aquí y por allá, flechitas hacia el margen con palabras que el autor quería cambiar, etc. Nos dijo el maestro que aquella hoja, era el borrador de un libro escrito por un autor muy famoso. Y que así era como se escribían los buenos libros, las obras de arte: repasando una y otra vez, tachando, corrigiendo, repensando lo que uno quiere decir y cómo. Así, varias veces, hasta que queda en el papel algo muy bien hecho. Esa enseñanza me sirvió en varios sentidos. Fue quizá, una de las enseñanzas que marcó mi vida. Comenzar y recomenzar, una y otra vez, sin abandonar nunca el sueño de hacer las cosas lo mejor que se pueda.

El otro recuerdo inolvidable de cuarto año de escuela, tiene que ver con otro Maestro que nos enseñaba a cantar: el Hermano Anselmo. Chiquito, flaquito, rostro enjuto, grandes lentes, cabello gris y una sonrisa extraña, torcida, que rara vez abandonaba su rostro, poco expresivo por cierto.

Los días que practicábamos canto, el Hermano Anselmo venía con su armonio, y por regla general, terminábamos cantando:

“Estrella del alba, del paterno día,

que el sol de la Patria, miraste nacer…

Nuestra voz te aclama, capitana y guía,

como fuiste un día de los Treinta y Tres”.

Fue una experiencia muy peculiar aprender el Himno a la Virgen de los Treinta y Tres… ¡con un profesor que de acento alemán!

No recuerdo si fue en cuarto o en quinto, que asistí a mi primer velorio. Un buen día llegamos al colegio y nos dieron la noticia de que había muerto el hermano Quirino. Lo velaron en un salón del colegio. No había sido maestro mío, pero igual pasamos todos por la sala velatoria, quizá, a decir alguna oración por su alma. No lo recuerdo. Sí recuerdo la impresión que me causó ver un cadáver. Nunca se me borró de la memoria.

De quinto y sexto, en lo estrictamente curricular, no hay mucho que contar. Fueron años normales en el colegio, salvo alguna “piñata” que otra –obviamente, fuera del colegio…-. Clases de lunes a viernes, los sábados fútbol en el Km. 16 del Camino Maldonado. Alguna kermesse. Y un encargo en el que nos turnábamos, y que consistía en ocuparnos de la venta de refrescos en el recreo. Lo único digno de relatar es que un día, apareció una tele en el salón de clase. Se inauguraba el mundial 1976 y los Hermanos dispusieron las cosas para que lo pudiéramos ver en directo. Ese mismo año, fallecieron en un breve lapso, dos papas: Pablo VI y Juan Pablo I. Tenía un compañero cuyos padres eran de origen polaco, de apellido Batuecas, que pasó a ser el centro de atención cuando tras el humo blanco, se anunció que el nuevo Papa venía “de un país lejano”. Empezaba el largo y memorable pontificado de Juan Pablo II.

La Estancia San Lorenzo

Una de las cosas que más me marcó en aquellos años, fue la amistad que forjamos con Gustavo Prandi. Muchas veces, durante las vacaciones de verano, de julio o en Semana Santa, fuimos a la estancia de sus padres. Allí seguí reafirmando mi “vocación rural”.

A mí siempre me gustó levantarme temprano, sobre todo en el campo. Pero Gustavo era un gran dormilón… Yo quería salir a caballo, y el daba vueltas y vueltas en la cama hasta que al final, más por hambre que otra cosa, se levantaba a desayunar. Gustavo era un excelente jinete, pero le gustaban más los fierros. Cosa que a mí me aburría soberanamente… Mientras él desarmaba y armaba pedazos de la camioneta Ford de su padreo o de algún otro vehículo que caía en sus manos, yo miraba los caballos y el campo con ansia de salir a recorrer… Allá a las cansadas, luego de horas en el mejor de los casos, luego de días en el peor, agarrábamos caballo. A mí siempre me tocaba un rosillo viejo y manso como agua de pozo. No fuera que el gurí maturrango del pueblo fuera a dar con sus huesos en tierra o accidentes por el estilo. Ya alcanzaba con que al capataz, un padrillo le hubiera arrancado el dedo índice…

El casco de la estancia era enorme. Y muchas de sus paredes tenían cerca de un metro de espesor. En tiempos del abuelo de Gustavo, había sido almacén y posada, con lo cual, tenía multitud de galpones, piezas, baños y patios internos, además de las habitaciones que se utilizaban para vivienda de la familia. El local del almacén, que había dejado de funcionar hacía años, era fascinante. Tenía historia, e historias: en un extremo del polvoriento y grueso mostrador de madera dura, se encontraba una molinillo de café, cuyo embudo estaba agujereado. Según cuenta la leyenda, fue atravesado por una bala, en un intento por atrapar al famoso matrero Martín Aquino…

A mi me encantaba participar en las tareas rurales. Por lo menos, en algunas, como bañar ovejas o trabajar con ganado. Algunas veces, ayudamos a hacer “factura”, luego carnear una vaca o un chancho. Hasta el día que me muera tendré en el dedo anular de mi mano izquierda, la cicatriz que me hice al cortarme con la picadora de carne…

Al pasar el tiempo, y al empezar a manejar Gustavo los vehículos de la estancia y los de su tía, que vivía en una estancia vecina, la cosa se puso divertida. En los caminos rurales nadie hacía problema al ver a un adolescente de doce años manejando un camión Chevrolet de los años 50…

Una vez, estuvimos a punto de tener un terrible accidente con el tractor, un Fordson de la época de Mariacastaña. Con Gustavo decidimos correr una carrera, él en el tractor, con otro compañero de clase, Carlos Toletti, sentado en el guardabarro derecho, y yo a pie. El tractor venía tirando de un carro de pértigo de dos ruedas, encima el cual había un tanque de agua que se usaba para cargar el baño de las ovejas. Arrancamos la carrera a unos 50 mts. de la portera. Yo iba ganando, pero Gustavo se me arrimaba con el tractor, bufando, a toda máquina… Una hoja de la portera estaba abierta y la otra cerrada. Gracias a Dios, decidí perder la carrera y no cruzar primero la meta. Al estar a centímetros de la portera, calculé que no pasábamos los dos, y ahí me quedé, abrazado a la portera. Gustavo pasó con el tractor como una tromba, y enganchó con un costado del carro de pértigo la hoja cerrada de la portera. El perno del enganche se partió y… todavía veo al carro dando vueltas y desparramando el agua del tanque en todas direcciones… Explicar la rotura del perno fue lo de menos. El problema fue explicar cómo se había llevado por delante la hoja cerrada de la portera, si iba despacito…

Otra vez, en el camión Chevrolet de la tía Amandita, a Gustavo le dio por correr carreras con un auto, camioneta o moto que iba por el camino. Ante la imposibilidad de pasarlo, por lo estrecho del sendero, se metió en la banquina, y apretó el acelerador a fondo. En un determinado momento, apareció, sin que nadie lo hubiera visto antes, un desagüe. El camión saltó por los aires, y reboto varias veces en el piso de tierra. Nosotros, con nuestras cabezas, nos dimos un par de veces contra el techo… Tenía razón don Héctor cuando decía que prefería los autos de antes porque tenían buena chapa… Ese día lo comprobamos “racionalmente”.

En otra ocasión, se nos unieron otros compañeros en la “ida a la estancia”… Carlos Toletti y Daniel Radiccioni. Por alguna razón, no fuimos todos juntos. Yo llegué un día después, creo. La cuestión es que me esperaban con una trampa muy bien armada. La diversión consistía en tirarse dentro de una bolsa de lana vacía, sujeta al soporte del cual se cuelga para “pisar” la lana y apretarla dentro de la bolsa.  En este caso, el soporte, no era como en otros, una estructura aparte, sino que estaba sujeto al techo de un altillo del galpón. Había que andar medio agachado, porque a poca distancia del piso del altillo, estaba el techo del galpón. Entre ambos, a un costado, unas pequeñas ventanas sin vidrios daban hacia un amplio alero, que se usaba para trabajar con las ovejas, colgar cueros, etc.

Se tiró Gustavo, se tiró Carlos, se tiró Daniel, y todos eran hamacados por los que estaban fuera y ayudados a salir por uno que quedaba arriba. Me tiré yo… y me agarraron de bolsa de entrenamiento… Piña va, piña viene, y la bolsa que no paraba de moverse… Encima, le pusieron la tapa al agujero del altillo… Como hice no sé. Pero empecé a saltar dentro de la bolsa en movimiento, logré quitar la tapa, me agarré del anillo de hierro que sostenía la bolsa, y con un esfuerzo sobrehumano trepé al altillo, donde estaba Carlos Toletti. Pobre Carlos… No podía creer que yo hubiera salido. Y salí enojado. En la mano, tenía un ponchito de lana color federal que mis padres me habían comprado en un viaje a Córdoba. Y le empecé a dar con él al pobre Carlos… Le dí y le dí, hasta que salió por el ventanuco hacia el alero. Lo perseguí a ponchazo limpio y terminó saltando del alero al suelo para librarse de los golpes. Gracias a Dios, nadie salió lastimado… Más tarde, todos juntos nos reíamos a carcajadas de lo sucedido.

Travesuras aparte, tengo deliciosos recuerdos de la cocina de doña Delia, la mamá de Gustavo. Entre ellos, está el olor inconfundible de las cocinas de campaña, conformado en parte por los aromas provenientes de la despensa y en parte por el fuego, casi siempre encendido, de la cocina económica. A ellos se sumaba, claro está, en la mañana y la tardecita, el olor a comida en fase de preparación.

Cuando éramos muchos para almorzar o cenar –sobre todo cuando a la estancia iban amigos o parientes de los papás de Gustavo-, nos reuníamos en torno a la enorme y sólida mesa del comedor. A mi me llamaba la atención un timbre que colgaba de la araña, y que se usaba para llamar a la empleada que llevaban para esas ocasiones. Cuando eramos, pocos, lo hacíamos en la galería cerrada que daba al patio interno de la estancia. Llegábamos a la mesa con hambre, y a veces, con ganas de hablar de nuestras pequeñas aventuras mañaneras. Pero a las doce del mediodía, hora del almuerzo, el silencio debía ser absoluto, porque se encendía la radio y aparecía en escena el Dr. Eduardo J. Corso con su incomparable programa “Diario del Campo”. Digo incomparable, porque batió un record mundial hasta ahora inigualado: más de 60 años de permanencia en el dial. Está en el Guiness… Pero esa es otra historia.

Don Héctor jamás se perdía el programa de Corso. Aparte de la voz del abogado de los rurales, lo único que se escuchaba era el sifón de las botellas de agua y el ruido de los cubiertos chocando contra los platos…

Hay muchas historias más de la Estancia San Lorenzo. Pero creo que con estas alcanza para hacerse una idea de lo lindo que fueron aquellos tiempos…

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