Queridos amigos, quizá el destino haya querido que esto que hubiéramos deseado fuera simplemente, la ceremonia grata y enfervorizada, de la iniciación de actividades de una de nuestras coordinadoras, destinadas a extenderse por la ciudad entera y extendiéndose, forjar la organización, como aquí dice, la próxima victoria del Partido Nacional, que es tanto como afirmar la victoria del país… El destino ha querido que quizá esta sea una ocasión mucho más trascendente. Quizá este sea… el momento en que nos congreguemos por última vez… durante algún tiempo.Nosotros en este momento no sabemos exactamente, como se están definiendo los últimos episodios políticos. Tenemos información exacta de lo que ha venido ocurriendo en el poder ejecutivo, en un clima de creciente tensión, de negociaciones febriles, señaladas por la intransigente actitud del Presidente Bordaberry, empeñado en eliminar las libertades públicas, en suprimir el Parlamento, y en ahogar el país bajo un manto de desdicha que seguramente, si cumple su propósito, sobrevendrá.

Y entonces, más que un discurso, yo querría reflexionar junto con Uds., sobre estos momentos que estamos viviendo. Querría que nos pusiéramos de acuerdo en cuál ha de ser nuestra actitud, si como tememos, el país inicia una oscura época de su historia.

En el día de hoy, según nuestras informaciones, el Presidente de la República habría sometido a su Consejo de Ministros, que debe estar reunido en estos momentos, o se apresta a iniciar su reunión, un decreto por el cual se disuelven ambas ramas del Parlamento, y se instituye una dictadura encabezada por el Sr. Bordaberry, y asesorado por un Consejo de Estado de veinte miembros a cuya designación, en estos momentos, se estaría procediendo. De los once Ministros que integran el gabinete gubernamental, se habrían obtenido ya, para refrendar esta infamia, las firmas de nueve, habiéndose negado a firmar o a prestar las suyas, solamente el Ministro de Cultura, Robaina Anzó, y el Ministro de Salud Pública, Dr. Purriel.

Eso, naturalmente, iniciaría una época muy difícil de la vida nacional. Los pretextos que el Poder Ejecutivo invoca, según las informaciones que nosotros poseemos, serían la comprobación de las actividades sediciosas en que habría incurrido el Senador Enrique Erro, y por consiguiente, dice el proyecto de resolución oficial, la complicidad del Parlamento, con dicha actividad sediciosa, al no acusar ante el Senado por la vía del juicio político, al Senador aludido.

Yo no voy a perder tiempo, hoy, aquí, hablando con Uds. del caso Erro. Si algo nos ha venido indignando progresivamente en los últimos tiempos, es que haya uruguayos, tan malos orientales, capaces de jugarse la suerte del país, por Erro. Y con ello no estoy minimizando la investidura de dicho Senador, que a fin de cuentas fue llevado a su cargo por el voto libremente expresado de un contingente ciudadano. Estoy diciendo simplemente que si en este país, hay gente que tiene cuentas a cobrarle al Sr. Erro, es precisamente la gente del Partido Nacional. En las relaciones con Erro, si hay acreedores, somos nosotros, que él nos debe a nosotros mucho más que a ningún otro. Y aún el país tiene deudas que cobrarle a Erro, no las que ahora pretenden exigírsele, sino las otras más trascendentes, que al fin de cuentas, si el Sr. Bordaberry es Presidente de la República, y si el pasa los duros momentos que está atravesando, es porque la deserción del Sr. Erro privó de su victoria al Partido Nacional.

Pero yo no voy a perder el tiempo diciéndoles a Uds. las razones que nos obligaban moralmente, cívicamente, para no comprometer lo más trascendente de todo, que era nuestra dignidad y la dignidad del Partido, a no votar el desafuero solicitado por el Poder Ejecutivo. ¡En el momento que a un blanco lo ponen de juez, como juez actúa! Y dijimos, ¡así se venga el mundo abajo, si no aportan las pruebas de las afirmaciones, no hay desafuero! ¡Ni de Erro, ni de nadie! ¡Parece que están empeñados en que el mundo se venga abajo!, pero también quiero decirles que error grave cometería el que aislare el episodio Erro, de su contexto total. El desafuero de Erro no es nada más que una pieza que encaja en esta operación deliberadamente emprendida por un sector de malos soldados y de malos uruguayos, destinado a destruirle al país una de sus cosas trascendentes e importantes, a destruirle al país su propio sistema constitucional y político. Empezando por sus partidos, que son los únicos instrumentos válidos de expresión de la soberanía popular.

¡Se habla mucho, se llenan la boca, con la defensa de la democracia! ¡Pero la democracia que dicen defender no existe ni puede existir sino en un régimen de partidos! ¡Sin partidos, sin un modo de expresión de la voluntad ciudadana, no hay ni puede haber régimen democrático alguno! Y para defender lo esencial del patrimonio cívico y cultural del país, vamos a comenzar por defenderle sus partidos políticos. Y si el Uruguay se quedó sin Partido Colorado, como se quedó, no es nuestra la culpa. ¡Pero por lo menos le vamos a defender su gran falange, gran columna cívica que es el Partido Nacional!

Yo podría aquí… lo he estado haciendo en cuanto rincón de la República he podido dirigirme a sus conciudadanos, creo haberlo hecho el otro día en la plaza, no es menester insistir sobre ello, podría hacerles aquí, la historia, la hermosa historia de la conducta del Partido. De todo lo que ha venido haciendo para preservar la suerte nacional y las instituciones republicanas, desde el día mismo, desde antes que llegara el día mismo en que el Sr. Bordaberry asumió el poder. Una agresión permanente, un permanente afán de destruir las instituciones, perfectamente explicable, porque aquí entraban en juego dos factores paralelos.

¡¿Alguien puede suponer que este Sr. Bordaberry, representa al batllismo o al Partido Colorado?! ¡Si tradicionalmente en el Uruguay el Presidente de la República fue siempre el Presidente, el conductor, el guía, del Partido Colorado! Si Partido Colorado, a fin de cuentas, casi no era otra cosa que el nombre mismo que aplicábamos al oficialismo, al gobierno. Se desgajaban en diversos sectores, empezaba a debilitarse la cohesión espiritual, poco iba quedando de lo que hace a un partido, un partido, que en alguna época lo tuvieron. Además de la vieja emoción tradicional, Batlle le dio al Partido Colorado una definición racional. No era la nuestra, considerábamos que estaba reñido con los verdaderos intereses del país. Afirmamos siempre que suponía una visión, no nacional, insuficientemente nacional de las cosas uruguayas. El batllismo era la negación, la ruptura con las auténticas raíces nacionales. Pero era por lo menos una orientación urbana, con una visión centralista de la vida nacional. Se acentuaría tarde o temprano, nosotros lo sabíamos y lo denunciábamos, la falta de estilo vital de la comunidad, que crearía los riesgos estos de dependencia económica y espiritual que hacen de esta tierra un país cada vez menos país. Pero a fin de cuentas, era una columna coherente. No querrían los que nosotros entendíamos era indispensable querer para preservar el destino nacional, pero querían todos más o menos lo mismo. ¿Qué queda de eso, qué queda del batllismo? A veces tengo la impresión de que queda un batllista sólo que es Amílcar Vasconcellos, y que cumple el triste papel de terminar proporcionando sus votos, con la vieja invocación de los ideales de Batlle para quienes representan la negación de todo lo que Batlle significó en la vida del país. ¡Invocando a Batlle, pone a Bordaberry y a Pacheco!

Porque aquí, en las columnas del Partido Nacional, anda y sólo por aquí anda la esperanza del país. ¿Quién no sabe, que si no es bajo las banderas del Partido, cualquier solución a la que el país arribe, o no es solución, o es solución corta o injusta. ¿Quién ignora, que solamente al amparo de las banderas del Partido Nacional el Uruguay puede conocer en el futuro mejores caminos, pero logrados en un clima de entendimiento, de comprensión entre la gente? ¿Quién ignora que solamente estos son caminos de alegría, que todos los demás, están sembrados de odio, de enfrentamiento, de división, que solamente en estas columnas, la gente puede militar como milita, aún en momentos difíciles, tremendamente difíciles como estos que estamos viviendo, sonriendo!

Vean los muchachos nuestros, ¡qué diferentes son de los otros! No hablo de las columnas que no tienen muchachos, hablo de las que albergan contingentes juveniles. ¡Hay sólo dos clases: los que militan en fuerzas que los agrupan bajo el signo de la exasperación y del odio, las que hacen de ellos arrojadores de piedras y que los describen con los puños crispados, y esta otra columna de muchachos nuestros, lindos muchachos y muchachas, alegres, alegres!!! ¡Cómo andan contentos por la vida solamente aquellos que saben que para lograr el destino al final no tienen que recurrir a ningún atajo! Que simplemente, están tan convencidos de que de ellos es la razón, que ni siquiera se les pasa por la imaginación como a los otros la necesidad de imponer sus ideas, prohibiendo a los demás decir la suya.

Solamente la gente con fe, respeta. El que no cree en sus cosas naturalmente que tiene la necesidad indispensable de agredir. ¿Qué otro remedio tienen, para imponer sus ideas, que apelar a la fuerza? Y hay muchos modos de aplicar la fuerza. ¡Que fuerza es la del milico prepotente, y fuerza es la del pedante intransigente! Tan fuerza es la del vanidoso que se cree monopolizador de la justicia, de la verdad y de la voluntad popular, como la del que no entienden nada y porque nada entiende termina agarrando a las patadas las cosas porque no sabe hacer nada de otro modo.

¡Nosotros somos una columna de concordia, de entendimiento nacional! Pero precisamente por eso, estamos desesperadamente decididos a mantenerle al Uruguay vigente un sistema dentro del cual, por estas vías se puedan conseguir las cosas. ¡El derecho a opinar libremente nosotros, y los otros, lo vamos a defender por cualquier medio! ¡Por cualquier modo!

Este país conoció hace poco una expresión de violencia organizada. Con todo el movimiento sedicioso que a fin de cuentas no era otra cosa que una expresión muy clara de pérdida de confianza en las posibilidades de la razón y en el propio país y en su gente. El tupa, cualquiera que fuera la intención que anidara en el fondo de su alma, era un hombre convencido de que todos los caminos de esperanza estaban cerrados y que la única forma de conseguir las cosas era encarcelando, o secuestrando, o matando, o empujando. ¡Era un Pacheco que luchaba en otras filas, pero era igual!

El tupa, significaba una explosión de esta auténtica falta de fe. Nosotros creemos que el camino es otro. Creemos que el camino es el del respeto de la opinión ajena. El respeto de toda opinión honrada, y aún de la que no consideremos honrada. La posibilidad de que cada uno exprese, y diga lo suyo y pelee por ello… pero que no se nos cierren los caminos del entendimiento.

Y estos que invocan las Fuerzas Armadas, estos que invocan la gloria del Ejército Nacional, ¿acaso creen que el Uruguay les va a perdonar el insulto que a las armas nacionales y al Ejército Nacional le van a hacer y le están haciendo? ¡Que al Ejército, si no lo saben defender ellos, se lo vamos a defender nosotros! Nosotros le vamos a defender al país la posibilidad de que las Fuerzas Armadas sigan siendo nuestra gran institución nacional, el emblema, el símbolo de lo que une y no de lo que separa. Vamos a defender la gloria de una institución que al fin de cuentas es la imagen de toda nuestra historia. Y por otro lado, esta tarea está hoy facilitada por una pérdida de fe de quienes nos salieron a llenar los oídos con consejas y admoniciones proclamándose únicos depositarios de la lucha por la justicia social.

¡A fin de cuentas Uds. saben bien que estamos al borde del golpe de Estado, a horas, a minutos, de la instauración de una dictadura militar, ¡y que si no quisiera el Partido Comunista y la CNT aquí no habría dictadura militar! Si las instituciones flaquean, es simplemente porque hay un sector de presuntos reformadores revolucionarios empeñados en mantener por encima de todo otro objetivo, como cosa primordial, la posibilidad de seguir revistando burocráticamente como ejecutivos cómodos de organizaciones gremiales, o como propietarios, porque es el único Partido Comunista revolucionario del mundo a quien conozco que cada vez compra más inmuebles, propietarios que quieren gozar de sus derechos de propiedad sobre sedes sociales lujosas y mantener la condición de legalidad, que en este caso dejaría de ser legalidad, para transformarse simplemente en autorizada por el gobierno, de que han gozado hace más de medio siglo. Esta es la tragedia nacional que al país, también a mucha gente, la convencieron de que los intérpretes de la voluntad popular, de las inquietudes de la gente, eran un núcleo de autodesignados revolucionarios o transformadores de la estructura social, que sin embargo estaban, muchas veces estuvieron y hoy están, al servicio de cualquier gobierno que asegure el ejercicio de un control sindical del cual no importa nada en qué sentido de ejerza.

Estos son los factores de debilidad. Pero por otro lado están los factores de fuerza. Está el Partido Nacional, y está la gente. La gente como gente. Está el obrero, que llegará un día que dirá que no a todo dirigente sindical que siga sometiendo su interés concreto, a las consignas de un partido político reaccionario y totalitario como el Partido Comunista.

Como esto quizá suponga tiempo, pero creo que no mucho, inicialmente la operación es muy sencilla. ¡Se habla mucho, se discute todos los días, los diarios, en una campaña muy bien concertada y organizada discuten, si el aumento será del veinticinco o del veintisiete y unos hablan del veinticinco y medio, pero yo me atrevo a asegurar que va a ser del cincuenta! ¡Porque ese va a ser el precio! Naturalmente que la situación económica nacional es tal, que ese cincuenta, no servirá absolutamente para nada porque desencadenará una ola inflacionaria que arrastrará el mismo día de su otorgamiento, con la mejora del salario y con mucho más. Pero servirá para que algunos sigan diciendo que por encima de todo tienen que pensar en los intereses de su clase social, como si además, al Uruguay pudieran medirlo en función de clases enfrentadas unas a otras, ¡como si no fuera mucho más legítimo y más noble y más generoso, mucho más lindo, este modo nuestro de hacer política que no ve en los uruguayos, integrantes de una u otra clase, sino simplemente orientales!, y mire a la gente en función de su corazón, de su alma, de su honradez, de su empeño en servir a la causa nacional, y no por el monto de su ingreso mensual.

¿Qué vamos a hacer nosotros en el interín? ¿Qué vamos a hacer mientras tanto? Yo creo que nuestra muchachada necesita consignas muy claras. A veces, cuando los problemas conmueven a muchos sectores de la colectividad, yo me he encontrado con que nuestros muchachos reciben invitaciones, exhortaciones, para cooperar en la búsqueda de determinados objetivos. Y naturalmente, el hombre es esencialmente un dialogador. El hombre tiene la necesidad -¡y el deber!- de entenderse con los otros hombres, aún con los que no piensen como él. Y es bueno en principio colaborar con todos sin andarles preguntando demasiado exigentemente cual es el último matiz de su pensamiento, en todo lo que contribuya al beneficio social. Pero también es verdad que cuando los objetivos son políticos, entonces hay un deber sagrado y es averiguar muy cuidadosamente de la mano de quien se anda. Es muy importante tener una visión muy exacta y muy precisa de quienes pueden ser nuestros camaradas en la lucha, y quienes necesariamente, aunque en determinado momento aparezcan enarbolando banderas no iguales, pero por lo menos similares, son, porque tienen que ser, porque no tenemos más remedio, de que sean… Porque tenemos el deber de considerarlos nuestros adversarios, nuestros enemigos irreconciliables.

Cuando antes de la última elección, un día, en una entrevista televisiva, con la prensa extranjera, a mi me preguntaron si en caso de triunfar el Partido Nacional, haríamos un gobierno que incluyera también al Frente Amplio, yo recuerdo exactamente lo que contesté en la oportunidad. Les dije, nosotros vamos a hacer un gobierno de nuevos blancos, pero no un gobierno de blancos. Nosotros vamos a pedir que nos ayuden en la tarea hombres de todos los partidos, porque el objetivo, además, no es servir a los blancos -¡faltaba más!-, es servir a los uruguayos todos. Pero… concretamente en este tema, si nosotros hubiéramos gobernado conjuntamente con el Frente, yo dije: `Trataremos desesperadamente de lograr la colaboración de todos los sectores no totalitarios del Frente. Con aquellos que no sientan hondamente el ideal de la libertad, con aquellos que crean, como creen estos, que la libertad es simplemente un medio, una forma, una manera, un instrumento para conseguir otras cosas… que el hombre es libre para ejercer su libertad obteniendo una mejora de su salario o una disminución de su jornada… que es libre para poder obtener algún resultado concreto, bueno o malo, eso no importa. Ellos están profundamente equivocados, o por lo menos están esencialmente diferenciados de nuestra filosofía política. Porque nosotros creemos que todo lo otro es importante, ¡desde luego que es importante! No hay que quedarse solamente en la libertad. ¡Pero también afirmamos que la libertad no es un medio sino un fin en sí, es el modo de lograr que los hombres sean hombres, que sean dignos de su calidad humana!

Nosotros no creemos que sea válido afirmar que todos estos valores que dos por tres, permanentemente, están en juego, la autonomía universitaria, todas estas cosas, sirvan únicamente, en determinado contexto social como forma de lucha, porque ellos nos agregan que después de obtenido el poder, cuando se ha instaurado una sociedad colectivista, deja de tener sentido la autonomía de la Universidad, deja de tener sentido la libertad del individuo, todos deben someterse a la dictadura del proletariado. El General Seregni -no digo para acudir ahora a elementos divisionistas, lo digo simplemente porque creo que tenemos el deber de ser muy claros-, dijo días pasados en la explanada municipal que el país corría el riesgo de que se instaurara en él una dictadura de derecha. ¡No, no, no es así! El peligro no es que se instaure una dictadura de derecha ni de izquierda; ¡el peligro es que se instaure una dictadura cualquiera que sea! ¿Qué nos importa a nosotros el signo o la orientación de la dictadura? Lo que nos importa es que lo único válido es un Gobierno emanado directamente de la voluntad popular. ¡Ojalá sea la nuestra! Pero si no es la nuestra, bueno, es lo que el pueblo quiera aunque no sea lo que nosotros queramos. Esto es lo elemental, es la base de todo. Y por eso le digo a nuestros muchachos que desde ya tengan muy clara la consigna: a defender la libertad junto a cualquiera dispuesto a estrechar filas con nuestra gente, para defender valores sagrados del país. Militar en cada una de las causas concretas, cada obrero peleando por su salario, aún por las cosas aparentemente menos trascendentes, por la escuela de su barrio, por las facilidades de su pago. Pero no perdiendo jamás de vista que por encima de todas las cosas, un blanco es un luchador de la libertad, y que el gran objetivo, más importante que todos estos, hasta por el hecho de que solamente lográndolo, estos otros objetivos menores pueden conseguirse, ¡es restaurar la República! ¡Y para restaurarla, no sirven los enemigos! ¡No sirven los enemigos! ¡Con totalitarios, nada, nada, nada!

No es solo con blancos, naturalmente que no es sólo con los blancos. Aunque prácticamente son los únicos que al país le van quedando. Y a sus columnas van a tener que venir los que andan… integrantes extraviados de un ejército derrotado o perdido. Los que andaban hasta ayer militando en otras filas. Tendrán que venir a servir al país bajo las banderas del Partido Nacional que son las banderas de la Patria.

Nuestros hombres están expuestos a todo género de denuncias malevolentes.

Nosotros tenemos la prueba del pacto a que llegaron Amodio Pérez, con determinados oficiales del Ejército para destruir el aparato político y concretamente para destruir el Partido Nacional. Nosotros tenemos un documento que envía Amodio a alguien situado fuera del Cuartel, citándolo para acordar dentro de la unidad militar, luego, los detalles de la operación. Citándolo para editar afuera un libro en el cual se consignaría una historia del movimiento tupamaro pero, además… ¡y ello redactado por capitanes y tenientes coroneles del Ejército Nacional!, todo un capítulo destinado a destruir al Partido Nacional. Y esto lo dice Amodio concretamente con todas sus letras. Nos faltaba solamente la prueba de la autenticidad del documento y la obtuvo Dardo Ortiz, porque Dardo Ortiz le sacó la letra a Amodio y hoy nosotros podemos demostrar ante cualquier tribunal del mundo -y de esos documentos no se van a apoderar, no están en el Uruguay desde luego-…

Nosotros podemos demostrar la existencia de esa conjura. Y yo el viernes le pregunté a la gente en la Plaza Matriz, si soy legislador, a mi me mandan diez exhortos por semana, a todo legislador del Partido Nacional la justicia lo acribilla a exhortos. Si es verdad que yo conté que la Marina tenía orden de traicionar a la Patria, ¡y claro, si señor, es verdad, conté, ¿como iba a tener escondida la prueba de la traición?! ¡Pero preguntan, si dije, si no dije, si apunté, si no apunté, pero nadie nunca me preguntó, yo vivo gritando esto que les digo a Uds., lo digo en el Senado, lo digo en la Asamblea General, lo digo en la plaza pública, repito ahora, tengo los nombres de los soldados, de los oficiales del Ejército, que traicionaron a su Patria, cometiendo los delitos más repugnantes, tengo los nombres y tengo las pruebas de una conspiración junto con los tupamaros, persiguiendo el objetivo común de instaurar una dictadura militar después de destruir las instituciones! ¡¿Y por qué no me preguntan? ¿Por qué no me mandan exhortos? ¿Por qué no tratan de averiguar?!

¡Si en este país han venido a descubrir novedades, que los blancos conocemos desde el principio de la historia!

¡Si en este país nos han venido a hablar de revoluciones, hoy nos hablan de revoluciones en el Sorocabana! Y los únicos que hemos hecho revoluciones hemos sido los blancos… En este país han descubierto ahora, las grandes columnas populares, han descubierto la insurrección de las masas para obtener la satisfacción de sus legítimos reclamos… ¿Por qué no se ponen a averiguar que aquí hubo episodios de maravilla, como la revolución del ´97 y del ´04, que significaron auténticas explosiones populares? Y que columnas más populares que esas no hubo nunca en la historia del país… ¿Qué nos tienen que enseñar a los blancos? Al contrario… ¡que traten de aprender un poco de la permanente lección de civismo de esta columna, que cuando de ellos nadie se acuerde, va a seguir asegurándole el destino a este país, a este nuestro país.

Yo les pido que ustedes ayuden a mantener organizado el Partido Nacional, este es un deber absolutamente ineludible. ¡Se es blanco todo el día, se es blanco toda la noche, se es blanco siempre, se es blanco en el trabajo, en la casa, en la esquina, en el bar, en el fútbol, donde sea, se es blanco! ¡Pero además se es, orgullosamente blanco! No es el “soy blanco ¿y qué?”. ¡No, soy blanco arrogante, agresivamente blanco; que nos envidien los otros, que nos envidien los otros…!

Y eso hay que transportarlo al deber de organización de una gran fuerza cívica. ¡Qué poco le pedimos a cada uno! Es apenas militancia, fervorosa militancia, por una causa, que es la causa del país. Fervorosa militancia para asegurarle a nuestros hijos que no tengan que salir a pelear por lo que nosotros tenemos la obligación de darles o por lo menos por la posibilidad que tenemos que abrirles para que ellos consigan sus cosas en paz. ¡Y créanme, créanme, créanme… les vamos a pasar por arriba!

Que no se vaya triste nadie de aquí, que de aquí salgan todos preocupados, naturalmente que todos tenemos el deber de andar preocupados. Pero que de aquí no salga nadie triste, que de aquí salga la gente sonriendo, con alegría. ¡No hay nada más lindo que pelear contra estos, no hay nada más lindo que afirmar el destino nacional a través del Partido, de nuestro Partido Nacional! Váyanse tranquilos a sus casas, no caigan en el aventurerismo, no incurran en el riesgo fácil, quizá cuando pasen los años, podamos decir que tenemos que agradecerles que nos dieron la oportunidad, que sirvieron como catalizadores de esta explosión fervorosa del alma nacional, bajo las banderas de nuestro Partido, de nuestro invicto Partido Blanco!

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