Cuando el cielo uruguayo se cubre de nubes negras y amenazantes, cuando la lluvia empaña los días de los que viven en las ciudades y retrasa las labores de quienes trabajan en el campo, todos sabemos que tarde o temprano, vendrá el Pampero, viento fresco y fuerte que barre la tormenta y despeja el horizonte. Luego, el sol, que siempre estuvo ahí aunque nadie lo viera, vuelve a brillar

La verdad, como el sol, siempre está allí, aunque nos cueste verla. Y aunque ciertas ideologías hayan oscurecido el horizonte de la educación y la cultura uruguayas durante varias décadas, se acaba de levantar el Pampero en las aulas de la Patria.

El debate en torno a la laicidad -o mejor dicho, en torno al laicismo- está sobre la mesa. Quienes se aferran al pensamiento decimonónico de José Pedro Varela -que grandes virtudes tuvo en su época-, no parecen percibir que los tiempos cambian, y que se necesitan transformaciones radicales en el modo de concebir la educación que brinda el Estado. Si en la segunda mitad del siglo XIX, Varela hizo un gran aporte al popularizar la enseñanza oficial, que desde ese entonces es “laica, obligatoria y gratuita”, el gran reto de hoy es la humanización de la enseñanza popular.

Los conocimientos técnicos y utilitarios, las nociones de matemáticas, gramática, geografía, física, química, biología, etc., son sin duda de un gran valor práctico. Las humanidades, por su parte, tan necesarias en un mundo herido por el materialismo, ayudan a dar otra dimensión al pensamiento de los jóvenes. A través de la historia, la literatura, la música y la filosofía, entre otras, es posible educar en valores, muy buenos y positivos, por cierto. Pero aún así, el pensamiento sigue siendo plano, pues le falta la tercera dimensión, que es, ni más ni menos, la dimensión trascendente, aquella que sólo brinda la religión.

He aquí el gran debate. Los laicistas del siglo XXI -ateos o agnósticos-, rechazan de plano la idea de brindar enseñanza religiosa en centros educativos oficiales, con el débil argumento de que Varela no lo preveía en su programa. Si se les dice que Varela lo preveía, dicen que era para que le aprobaran su programa. En fin, que son más varelianos que Varela. Está muy bien respetar a Varela y destacar su aporte; pero algo muy distinto es endiosarlo; o interpretar su intención de manera que cuadre con la ideología que se defiende.

Si los programas educativos actuales tienen valor dogmático, si deben cumplirse y respetarse “religiosamente”, sin cuestionarlos nunca -ponerlos en tela de juicio es el mayor de los “pecados”-, estaríamos ante la paradoja de un laicismo que no acepta la enseñanza de otras religiones, porque aparentemente, teme que le quiten adeptos a su “religión” -en la cual, dicho sea de paso, tienen mucha “fe”-. Y a eso, le llaman ¡tolerancia!.

Lo triste del caso es que hoy en día, un matrimonio de muy escasos recursos y fiel a su religión -cristiana, judía o islámica-, no puede esperar que sus hijos reciban formación religiosa acorde con sus ideales en un local de enseñanza estatal. Mientras esto sucede, los índices de delincuencia y marginalidad en un número creciente de jóvenes carentes de valores, se vuelven alarmantes. Aprendamos de lo que nos sucedió con la aftosa, y no esperemos al estallido del mal para tomar medidas. Por el bien de los padres y por el bien de los jóvenes. Más aún: por el derecho que tienen los padres a elegir libremente la educación de sus hijos, y por el derecho de los hijos a recibir una educación acorde a los valores que les enseñan sus padres.

Los padres tienen el deber irrenunciable de ser los principales educadores de sus hijos; por dicha razón, deben incrementar significativamente su participación en la toma de decisiones de todos los centros de enseñanza públicos o privados del país. No exageramos al decir que los padres, deben ser los principales protagonistas en la educación de sus hijos, mientras los maestros, deben asumir el rol de ayudantes especializados. ¿Por qué tanta insistencia en este punto? Porque los valores, los transmiten en primer lugar, los padres. Por otra parte, un sistema educativo que pretenda tomar sobre sí el peso de la formación integral de la persona, falla por su base, al no tener en cuenta que el ámbito natural en el que debería crecer y desarrollarse todo ser humano, es la familia.

En la actualidad, es prácticamente imposible para los padres con escasos recursos, encontrar centros educativos públicos que fomenten su participación activa en la enseñanza de los hijos, o que enseñen valores más trascendentes que el pluralismo y la tolerancia -como por ejemplo, el bien y la verdad-. En el ámbito privado, en cambio, existen instituciones que brindan estas posibilidades. Por tanto, es de capital importancia crear las condiciones necesarias para que todos los padres, empezando por los más humildes, puedan elegir libremente el tipo de enseñanza que quieren para sus hijos. Si quieren un colegio privado donde se enseñen valores religiosos similares a los que procuran transmitir en el hogar familiar, la solución del baucher escolar puede ser muy útil.  Pero es una entre miles de propuestas posibles; todas deberían ser tenidas en cuenta por los legisladores de la Nación; pues además de la enseñanza en valores -necesarios para la convivencia humana-, se podrían liberar plazas en centros educativos públicos donde la población escolar es  con frecuencia excesiva. Al mismo tiempo, sería posible racionalizar el uso de locales escolares y la población docente, con la consiguiente adecuación de los costos fijos de funcionamiento a la demanda de educación pública.

Son muchos los que se han ido convenciendo, con el correr de los años, de que la enseñanza uruguaya necesita transformaciones profundas. Quienes hoy se oponen a la enseñanza en valores complementarios a los “varelianos” en los centros educativos estatales, se opusieron hace casi veinte años, a la creación de la Universidad Católica, que terminó con la hegemonía secular de la Universidad de la República. Luego, se opusieron a que hubiera otras universidades privadas, y hoy… hay tres universidades más, aparte de la Católica. Las transformaciones que comenzaron en la enseñanza en la década de los ochenta, continuarán, inexorablemente, su camino. Somos naturalmente optimistas; pero en este caso, lo somos doblemente, porque no estamos teorizando: si fue posible en los últimos años realizar cambios positivos en la educación terciaria, es posible lograrlos en primaria y secundaria.

Si el Pampero sigue soplando en las aulas con la misma fuerza, las ideas que oscurecían el horizonte cultural de nuestro pueblo, se despejarán. Los valores humanos y los valores trascendentes, volverán a ser tenidos en cuenta en la educación. Y la verdad, como el sol, terminará iluminando a todos los orientales.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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