Días atrás, los cristianos celebramos la Semana de la Familia. En estos días, se celebrará también un Congreso con motivo de los 20 años de la Exhortación Apostólica Familias Consortio. Por tanto, no queremos que termine Octubre sin hablar de la familia.

¿Qué es la familia?

A mediados de la década del ´80, en la Facultad de Agronomía, un profesor de Fitotecnia preguntó a sus alumnos: “¿Qué es una familia?” El profesor se refería sin duda, a uno de los niveles de clasificación de las plantas. Pero un estudiante pretendió hacerse el gracioso y respondió: “¡Es la base de la sociedad!”. Y el barbado profesor le contestó: “Eso dicen algunos…”

Es obvio que el estudiante no contestó lo que se preguntaba. Pero la afirmación del docente, dejó perplejo al alumno: ¡no esperaba que hubiera quienes cuestionaran la importancia de la institución familiar! Quizá, esa es la causa remota, de que aquel estudiante dedique hoy parte de su tiempo, a editar una revista virtual llamada “Vivir en Familia”…

Pero dejemos las anécdotas y vayamos al diccionario, donde, entre otras cosas, encontramos la definición que esperaba el profesor. Nuestro viejo y querido diccionario escolar Espasa-Calpe -probablemente citado en ocasiones anteriores-, define la familia de esta forma: “Grupo de personas emparentadas entre sí, que viven juntas o en lugares diferentes, y especialmente el formado por el matrimonio y los hijos. / Prole. / Grupo numeros de personas o cosas con alguna condición en común / Grupo taxonómico constituido por varios géneros naturales con caracteres comunes”.

Queda claro que en primer lugar, y en sentido amplio, el diccionario define la familia como un “grupo de personas emparentadas entre si”. Pero como pueden vivir “juntas o en lugares diferenes”, es obvio que tal acepción se refiere a los parientes cercanos, y todos aquellos a quienes vemos sólo en Navidad, Año Nuevo, bautismos, casamientos y velorios. En sentido restringido, la definición aclara que se entiende por familia, al grupo “especialmente formado por el matrimonio y los hijos”. Es a esta familia, plena de amor esponsal y filial, a la que dedicamos este artículo.

¿Por qué la familia es la base de la sociedad?

La familia es la base de la sociedad porque es el ámbito natural para:

  • la manifestación del amor de los esposos;
  • la procreación;
  • el crecimiento, desarrollo y educación de los hijos.

 Una familia que se basa en el amor de los esposos, y en la entrega de estos a sus hijos, contribuye sin lugar a dudas, a formar hombres y mujeres íntegros, conscientes de su dignidad y respetuosos de la dignidad ajena. Cuando ello no sucede, cuando la familia pierde de vista sus fines, a menudo se destruye; y en su caída, no sólo se perjudica ella, sino que arrastra a toda la sociedad. Dejemos que sobre este punto, se manifieste el Dr. Luis Alberto de Herrera, desde las páginas de un libro que escribiera en 1910: “La Revolución Francesa y Sudamérica”. Este ilustre compatriota, al momento de su muerte (1959), llevaba más de 60 años conduciendo los destinos de uno de los dos partidos fundadores de nuestra democracia. El pensamiento firme y enérgico del caudillo, nos ayuda a recordar principalmente, la importancia de las familias fecundas en el desarrollo de las sociedades, en momentos en que hablar de estos temas es bastante impopular. No tanto por la actual crisis -coyuntural-, sino por el modelo cultural imperante -más bien estructural-. En el Capítulo XII de esta obra, “La actualidad social en Francia”, el Dr. Herrera comenta algunos males que aquejaban a dicho país a principios del siglo XIX:

“Vale la pena detenerse un instante ante el síntoma doloroso ofrecido por la despoblación; y decimos vale la pena, porque de esa calamidad nacional derivan en línea recta, multiplicados prejuicios materiales y morales. (…)

La explicación, toda la explicación, la da la tasa de natalidad: la firme y generalizada voluntad de no tener hijos.

¡Muchos adultos y pocos niños! Con razón alguien ha dicho que “Francia empieza, lentamente a quedar vacía”.

Inspirándose en el amargo y aleccionador verismo de Taine, en un artículo sensacional, recién publicado, expone Charles Torquet: “Durante tantos siglos Francia ha sido hogar de ideas nuevas y de progreso que ha podido afirmarse, sin chauvinismo, hasta tiempos recientes que ella trazaba la ruta de la civilización. Ya no se puede decir lo mismo. Sin duda Francia contiene siempre cantidad de grandes espíritus y de eminentes sabios, pero esta producción, como las otras, -comercio, marina, industria, agricultura, etc.- declina en ella y esta es la consecuencia de una improductividad que entraña todas las otras: la de individuos”.

El doctor Bertrillon, llevando aún más adentro el filo del escalpelo, acaba de demostrar, con datos irrebatibles, que en la capital son las clases superiores las que engendran menos hijos, dentro del mismo mínimum vulgar. Los nacimientos son dos veces más raros en el barrio del Elíseo, el más rico de París, que en los vecindarios más modestos de la ciudad. Estas son sus palabras: “En su conjunto, estas cifras traducen una verdad, una verdad impresionante: esto es, que Francia marchará rápidamente a su pérdida porque ella sigue el ejemplo de quienes debieran esclarecerla y aconsejarla”.

Tan procesal comentario hiere la cuestión en su centro. Porque si bien la despoblación es causa de una serie de perjuicios nacionales crecientes, a su vez ella denuncia uno de los efectos funestos de una gran causa madre: la decadencia moral, patriótica y política de la sociedad francesa.

Nada tiene que ver la esterilidad física con la disminución, ya orgánica, de la natalidad. Se ha renunciado a tener prole por cálculo egoísta, por interés bajo de lucro, para no lastimar en un ápice la holgura económica de que se disfruta; porque se prefiere el lujo de las sedas y de los automóviles a la fortuna millonaria de los afectos inconmovibles.

Así se da razón al profesor alemán que exclamó: “¡Más féretros que cunas! Este es el principio del fin. Finis Gallioe. De este modo deben desaparecer, por su propia falta, los pueblos que han roto con las leyes fundamentales de la vida”.

Es la familia, piedra angular del Estado, la atacada por la aberración dominante.

Máximum de placer, mínimum de dolor: ahí está la divisa de la actualidad. Pero el placer entendido en su concepto frívolo, material, ajeno a las angustias de los sentimientos superiores y a las torturas de la abnegación y el deber. Los hijos son considerados obstáculo serio a su conquista porque la maternidad marchita el cuerpo y crea obligaciones de hierro: porque ellos sombrean el horizonte con ansiedades y quitan brillo a la vida de salón.

¡Nadie quiere niños! Si acaso uno, cuando más, dos. Los perjuicios de esta amputación sentimental son incalculables. Las patrias viven de la transferencia hereditaria de grandes idolatrías, entregadas, con fervor de culto, por cada generación a la generación siguiente. Y bien, cuando los hogares reniegan de la infancia, y faltan sus santas curiosidades, (…) y se vive en eterna rebelión tiesa contra la edad, persiguiendo con horror sus huellas obligadas, y se inmolan los cariños exaltados de la sangre, en tan artificiales circunstancias puede afirmarse que se falta a las leyes del patriotismo, rompiendo el eslabonamiento natural y fecundo de las generaciones.

En París, se reemplaza a los hijos, tan temidos, por la pasión excesiva de los irracionales. Jamás podrá habituarse el extranjero al espectáculo de esta extraordinaria sustitución que evoca, vívida, aquella referencia de Plutarco: “Viendo César en Roma, según parece, a ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros a la moralidad y la humanidad, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias”.

En sus romances evangélicos Zola, cumpliendo con un luminoso apostolado, ha puesto estigma de fuego a las madres y padres de su raza que ofenden las leyes de la creación. Las páginas de Fecondité son un monumental homenaje cívico”.

¿Qué hacer ante un panorama similar?

Apenas nos animamos a terminar nuestra editorial luego de tan contundente alegato. ¡Es impresionante el paralelismo de la situación francesa de la época con la realidad de tantos países de hoy, incluido Uruguay! Las palabras del Dr. Herrera, cargadas de sentido común, de argumentos científicos y de principismo bioético, nos llevan a reflexionar sobre la urgente necesidad de promocionar la familia, y con ella, los hogares generosos y fecundos, “millonarios en los afectos”, esforzados servidores de la patria y celosos cumplidores de los deberes naturales de todo ser humano.

Pero para ello, es necesario establecer políticas que promuevan la institución familiar, tan afectada por el flagelo del divorcio, y de ciertas corrientes de ¿pensamiento? que atentan directamente contra ella. Si nos quedamos sin familia, nos quedamos sin hombres y mujeres nacidos y criados en un ambiente adecuado; si nos quedamos sin familia, nos quedamos sin gente. Nos quedamos sin país.

Cabe preguntarse, si la crisis familiar es causa de la crisis económica , o si la crisis económica es causa de la crisis familiar. No somos economistas -¡quedó claro al principio del artículo!-, pero hay cifras que no se pueden ocultar: uno de los problemas más acuciantes de la sociedad uruguaya, es la altísima relación de pobladores pasivos/activos. El estancamiento o decrecimiento de la población, junto al mejoramiento de la esperanza de vida, determina incrementos en esta relación, con la consiguiente recarga impositiva -a todas luces insoportable- para los trabajadores activos. Nos quejamos a menudo de que “el mercado interno es chico”; ¡pero somos nosotros los responsables de agrandarlo!  Claro, que el problema de la reducción -o del insuficiente crecimiento- de la demanda con respecto a la creciente oferta de commodities, no es sólo nuestro: afecta también a nuestros principales compradores, los países industrializados. Que a la sazón, son los únicos que tienen los medios para importarlos…

Obviamente, la crisis económica también influye en la crisis familiar. Los casamientos se atrasan o retrasan de acuerdo a variables económicas. Y los divorcios también. Es un círculo vicioso del que se sólo se sale promoviendo la familia: el matrimonio comprometido y fecundo, abierto a la vida.

Los uruguayos hemos tenido compatriotas valientes y honestos como el Dr. Herrera, que no vacilaron cuando el deber los llamó a hablar claro de estos temas. Sus ideales respecto a la familia siguen vigentes, a pesar de ciertas corrientes de moda. Por eso, sus conceptos deberían ser tomados como modelo por los líderes políticos de hoy. Nos encontramos, ciertamente, en un mundo “ajeno a las angustias de los sentimientos superiores y a las torturas de la abnegación y el deber”; precisamente por ello, debemos fomentar, promover, impulsar, a tiempo y a destiempo, en Uruguay y en toda Hispanoamérica, políticas tan audaces como eficaces de promoción y defensa de la familia. Ante todo, de las familias fecundas; sin olvidar por supuesto, las positivas repercusiones económicas del crecimiento poblacional para la sociedad en su conjunto. He aquí un desafío en el cual, ningún hombre, ninguna mujer de buena voluntad, puede dejar de ser protagonista.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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