Por encima de las ideologías, hay algunas cosas en las que todos estamos de acuerdo, al menos en teoría. Una de ellas, es que todos debemos asumir la responsabilidad por nuestros actos, principalmente cuando actuamos mal. Esta verdad es tan sencilla y evidente, que nadie se atrevería a negarla ante las cámaras de televisión. Y sin embargo, es persistentemente negada en los hechos por ciertos sectores de la sociedad. Ahora bien, la pregunta que sigue, es: ¿qué es lo bueno y qué es lo malo? ¿Es cierto que a veces actuamos objetivmente mal, o “todo depende del cristal con que se mire”?

En todas las sociedades del mundo, quien mata a una persona o quien roba, va preso, por la sencilla razón de que debe hacerse cargo de sus actos. Sin embargo, quienes conciben un hijo “no deseado” o quienes transmiten a otros el virus del SIDA, no parecen ser responsable de culpa alguna. Y justamente, para que no deban asumir las consecuencias, para que no deban responsabilizarse por sus actos, se promueve por todo lo alto el uso del preservativo y demás metodos contraceptivos, incluyendo diversos abortivos químicos. Si estos fallan, a los irresponsables siempre les queda el aborto quirúrico para “extirpar” el “producto” del embarazo. Claro que no es lo mismo con el SIDA, donde no hay operación que valga…

Es muy grave la falta de responsabilidad que tienen algunos, a la hora de realizar ciertos actos que pueden afectar profundamente la vida de otros, la convivencia familiar y la vida social. Y es alarmante la pasividad de la sociedad que no hace nada para cambiar este estado de cosas. ¿Acaso a nadie se le ocurrió penalizar el contagio de un portador de VIH consciente de su enfermedad, a un individuo sano? El contagiado, no debería tener que pagar con su vida la irresponsabilidad del enfermo.

Esta falta de responsabilidad individual y social, está motivada por diversos factores. Uno de ellos, es la escasa personalidad de quienes siguen la corriente por miedo al que dirán. Y otro, es la fuerte propaganda que a través de diversos medios de comunicación, hacen los promotores de conductas “políticamente correctas”.

Son muchos los medios por los cuales se promueve el sexo desenfrenado, sin que se vea siquiera el recurso al preservativo. Es tragicómico que los actores de cine, cuando encarnan a sus personajes, nunca usan preservativos; mientras que cuando aparecen en las festicholas hollywoodenses, ninguno -excepto Clint Eastwood- olvida el lacito del SIDA, y casi todos apoyan -en su ignorancia-, diversas campañas de sexo supuestamente “seguro”.

Ciertamente, la presión del ambiente es muy fuerte. En todos los medios parece haber consenso en cuanto a que el fin principal -sino el único- del sexo, es el placer; pero, eso si,  hay que evitar a toda costa sus consecuencias. En este contexto, ¿es posible que los jóvenes de hoy se abstengan de mantener relaciones sexuales hasta la noche de bodas? Sabemos por experiencia que muchas personas -muy bien intencionadas, por cierto- nos contestarán negativamente a estas preguntas. Estas buenas personas nos dirán que no conocemos la realidad, que el mundo actual es muy duro, que hay mucha ignorancia, mucha influencia negativa. Pero nunca admitirán que en el fondo, les da pánico quedar ante los demás como unos cavernícolas. Algunos dirán incluso, que comparten nuestro punto de vista en la teoría; pero en la práctica, cuando sus hijos salen con sus amigos los fines de semana, prefieren que lleven consigo el preservativo que les da papá. Porque hay que ser realistas, ¡no podemos ser tan ingenuos!

Bueno, pues seamos realistas: ¿qué pasa si el chico vuelve y le dice a su papá que el preservativo que él le dio se rompió?; ¿qué pasa si la chica con la que estuvo queda embarazada?; ¿y qué pasa si la joven tenía SIDA? ¿De quien fue a culpa, del padre que no confió en la capacidad de su hijo para controlar sus pasiones, o del hijo, que al recibir un preservativo pensó: “¡mi papá me apoya!” y siguió la corriente?

No es raro escuchar que cuando se proponen estos métodos de prevención, muchos digan: “ustedes están locos”, “están fuera de la realidad”, “eso es imposible”. No nos cabe duda de que es difícil. Ciertamente, tenemos muchas cosas en contra. El ambiente, como vimos, no acompaña. Pero al menos, todas las cifras y estudios científicos nos confirman en nuestras convicciones. Por otra parte, si es posible vivir contracorriente, también es posible educar contracorriente. Esta educación, sin duda requiere de verdaderos maestros, y en su momento, los padres deberán consultar a los especialistas. Nosotros simplemente exponemos algunas ideas que estimamos necesario considerar a la hora de encarar estos temas:

1) El hombre es libre por naturaleza. Por tanto, tiene capacidad de decir que sí, y capacidad de decir que no. Un animal no puede rechazar el impulso sexual o el olor a comida cuando tiene hambre; pero el hombre es libre y es capaz de decidir con la razón. No está determinado a priori por el ambiente, ni por las costumbres, ni por un destino inexorable. Todo lo que viene de afuera, influye y condiciona, sin duda; pero no determina. Por tanto, aunque difícil en un ambiente hostil, es posible ir contracorriente.

2) Es posible educar la personalidad. Así como es posible influenciar personalidades débiles, también es posible forjar personalidades fuertes. Es posible convencer las cabezas con argumentos racionales, y es posible conquistar los corazones con testimonios de vida. No decimos que esto sea fácil; sólo decimos que no es imposible.

3) Es necesario confiar en el sentido común de las personas. Si a un chico se le dice que para prevenir el SIDA lo mejor es el preservativo, por sentido común, el chico sacará dos conclusiones: la primera, que puede tener relaciones sexuales con quien quiera sin riesgo alguno; la segunda, que cuando las tenga, usará un preservativo para prevenir el contagio. Pero si se le dice que los preservativos no son cien por ciento seguros, que pueden fallar, que basta un error para que se contagie, y que la única forma de no contagiarse de SIDA -o de no dejar embarazada a una chica- es la abstinencia, por sentido común, al menos lo pensará dos veces antes de ir a la cama con una amiga. Y en muchos casos, evitará el contacto sexual hasta el matrimonio. No hablar del tema o seguir la corriente por miedo a que el chico piense que sus padres son unos cavernícolas, no parece ser la mejor alternativa. Implica sacrificio y humildad, pero es posible. Al menos, es posible intentarlo.

4) Es necesario confiar en la capacidad de control de las personas. Si el mensaje que unos padres transmiten a su hijo es de desconfianza en su capacidad de control, el hijo no tiene muchos incentivos para controlarse: si sus padres están convencido de que él no puede controlar sus impulsos, ¿qué estímulo tiene para rechazar la posibilidad de obtener un placer inmediato? Por otra parte, si se confía en su capacidad de control, hay buenas probabilidades de que el hijo llegue a dominar sus pasiones, de que llegue a actuar como un ser racional y libre aún en medio de un ambiente poco favorable. No es imposible que un joven se controle si se le dan los argumentos, el ejemplo y el apoyo adecuados.

5) Es necesario educar para la responsabilidad. Cuando a un joven se le da un preservativo, se le está alentando entre otras cosas, a que se libere de la responsabilidad, de las consecuencias que puede traer el acto sexual. Es muy fácil quejarse de que “la juventud” está fuera de control, de que son irresponsables y revoltosos. Pero es lógico que actúen así si los mayores organizan campañas que les inducen a liberarse de toda responsabilidad. Es posible y necesario educar a los hijos para que sean responsables de sus actos, para que no metan la cabeza en un hoyo como el avestruz cuando vienen los problemas.

Como dijimos, habrá que consultar a los expertos sobre la mejor forma de educar a los hijos en estos asuntos. Estas son sólo unas ideas -nacidas del sentido común-, que sólo pretenden responder a la pregunta del título: aunque no es fácil, es posible esperar.

¿Dónde y cómo estaríamos ahora si Colón e Isabel La Católica hubieran creído que era imposible encontrar una nueva ruta para las Indias? ¿Dónde estaría la humanidad si alguien no hubiera creído en la posibilidad de descubrir una cura contra las enfermedades infecciosas? ¿Por qué seguir esforzándonos por la paz si es “imposible” eliminar de un saque todas las guerras? ¿Dónde terminarían nuestros hijos, si al primer fracaso, decidiéramos que no pueden aprender y bajáramos los brazos?

Recordemos que no hay peor fracaso, que el de quien se siente vencido antes de empezar a luchar. Siempre es posible lograr lo mejor. Cuando menos, es posible dejar el alma en la cancha para lograrlo.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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