Los derechos fundamentales del hombre han pasado de moda. Son propios de fascistas, oscurantistas, cavernícolas, totalitarios, intolerantes y conservadores. Deben ser eliminados de la faz de la tierra por anticuados; y deben  ser sustituidos por los posmodernos “nuevos derechos”. Algunos de ellos ya están entre nosotros; otros irán surgiendo y aprobándose con el tiempo. El “progreso” seguirá su curso inexorable… (1), siempre y cuando los partidarios de los “obsoletos” derechos fundamentales, no hagamos nada para evitarlo.

Algunos de estos “nuevos derechos” -ya vigentes en algunos países-, serán el precedente sobre el cual se desarrollarán otros derechos todavía impopulares. Pero, a partir de la declaración de inexistencia de todo orden natural, todo es cuestión de tiempo. Y de acostumbramiento.

En primer lugar, podemos citar el “derecho a la interrupción del embarazo”, el “derecho a elegir” sobre la vida de un niño o una niña por nacer. En el futuro, este derecho puede dar lugar al “derecho a la interrupción de la niñez”, el “derecho a la interrupción de la adolescencia”, y el “derecho a la interrupción de la vida adulta”. También se podrá considerar el “derecho al parricidio”, ya que siempre se pueden encontrar causas justas para cualquier “nuevo derecho”. Por supuesto, el “derecho a la interrupción de la vida anciana y enferma” ya fue aprobado en algunos países. El “derecho a la autoeliminación”, terminará de una vez por todas con la fastidiosa palabra “suicidio”. Ya no tendremos que ver en películas e informativos, esas horribles escenas en que policías y voluntarios se juegan la vida por evitar que otra persona se mate. ¡Qué falta de solidaridad! ¡Pobrecito, pobrecita! ¡Si se quiere matar, pues que se mate! ¿En nombre de quién se lo vamos a impedir?.

Luego tenemos el “derecho a elegir la orientación sexual”. Este derecho, bien podría ser el antecedente del “derecho al incesto”, del “derecho a la pedofilia”, del “derecho a la violación”, del “derecho a la zoofilia”, y otros por el estilo, que permitirán a todos gozar -literalmente- de la más amplia gama de “derechos sexuales y reproductivos”. Todos podrán tener hijos artificiales, y todos podrán evitar la “producción” de hijos naturales “no deseados”.

También se podrá establecer -cuando la sociedad esté madura para aceptarlo-, el “derecho a la privación de propiedad” que permitirá a todos, obtener lo que otros tienen sin necesidad de comprarlo. Se sustituirá el término “robo” por “apropiación de lo ajeno”, de acuerdo con el Plan de Erradicación de Palabras Anticuadas. También se eliminará esta palabra de los libros de historia, en atención al “derecho a la no discriminación de los cleptómanos”.

Otro derecho que puede tener muy buena acogida, tanto entre gente poderosa como entre quienes desean llegar a serlo, es el “derecho a la recepción de abultadas sumas a cambio de servicios de toda índole”. Servicios que podrán ir desde un voto en las cámaras favorable a los intereses de ciertos grupos de poder, hasta las “transacciones de información” a la prensa amarillista, siempre dispuesta a lucrar “en defensa de los intereses del pueblo”. Las palabras “corrupción” y “prostitución” también se quitarán del diccionario. De este modo, se eliminarán los políticos corruptos y toda tentación de corrupción desaparecerá, ya que sólo se venderán “servicios”. Esto conducirá a una ampliación de la definición del término “servicio”, que en ocasiones, será sinónimo de “trabajo sexual”. A propósito, las empresas de seguros privadas se verán obligadas a emitir seguros de vida, desempleo y jubilación para los “trabajadores sexuales”.

Entre los cambios previstos, se le dará prioridad a la eliminación del viejo y querido “mis derechos terminan donde empiezan los derechos de los demás”, que será sustituido por otra frase más bonita: “mis derechos terminan donde a mi se me da la gana, porque los derechos de los demás empiezan donde a mí se me da la gana”.

Por tanto, los presidiaros que aún queden en las cárceles, no sólo tendrán derecho a ser liberados, sino que tendrán derecho a juzgar y encarcelar a la policía, a los fiscales y jueces que los recluyeron. Estos resabios de la cultura “moderna” -al igual que todo aquel que no respete los “nuevos derechos”-, serán los únicos que podrán ir a la cárcel. Serán prohibidos y extirpados todos los deberes, a excepción del deber de velar por los “nuevos derechos”. Ya nadie deberá luchar por la Justicia -se prohibirán los dibujos animados de Superman-, que será sustituida por la Ley. Lo justo será lo que autoriza la Ley, sin importar si está bien o mal -¿qué es eso?-, si concuerda o no con un orden natural.

El derecho a la libre expresión y a la libertad de prensa, seguirá también vigente, pero sólo para los defensores de los “nuevos derechos”. Se reimplantará la censura para todo aquel que ose levantar la voz contra los “nuevos derechos”, ya que nadie tendrá derecho a hablar, escribir e incluso pensar algo que ofenda o cuestione los bienaventurados “nuevos derechos”. Todo ataque será castigado con la pena de muerte -que también se reimplantará-, a los efectos de custodiar el más estricto respeto y cumplimiento de los “nuevos derechos”. A los efectos de estas “reimplantaciones”, se contratarán en todo el mundo, asesores cubanos fideles…, perdón…, fieles a la revolución.

Quienes tendrán serios problemas, serán los responsables de la enseñanza, ya que la educación no será más obligatoria, aunque sí seguirá siendo obligatoriamente laica y obligatoriamente gratuita. Los niños y adolescentes, en usufructo de sus nuevos derechos, podrán elegir educarse como mejor les parezca, o bien no educarse en absoluto. Si, leyó bien: en absoluto…, a pesar de que absolutamente todo es relativo. No tendrán horarios, ni docentes, ni clases. ¿Por qué deben estudiar si les gusta más jugar a la pelota? ¡Tienen derecho a disfrutar su niñez! Nadie podrá violentar su libertad, empezando por los padres. Los únicos que podrán influir en su forma de pensar, serán los partidarios de los “nuevos derechos”.

Los maridos y esposas “sobrantes” de los antiguos esquemas de “familia nuclear”, tendrán derecho a disolver sus vínculos matrimoniales por cualquier causa. O mejor, se disolverán todos los vínculos matrimoniales a partir de la puesta en vigencia de los “nuevos derechos”. Hombres y mujeres tendrán derecho a vivir juntos en todas las combinaciones posibles. Eso sí, se conculcará el derecho a comprometerse, ya que todo compromiso implica sacrificar algún grado de libertad. Todo compromiso se suprimirá -a excepción del compromiso a salvaguardar los “nuevos derechos”-.

El derecho a la vivienda seguirá existiendo, pero como no habrán hogares, todos tendrán derecho a meterse en la vivienda que más le guste y usufructuar de ella con absoluta libertad. Con excepción, claro está, de las casas y apartamentos de los encargados de custodiar el cumplimiento de los “nuevos derechos”.

El derecho a la salud será universal. Las enfermedades, los achaques, el dolor, el sufrimiento y la vejez serán prohibidos por ley. Los médicos no quedarán cesantes, ya que entre las medidas a tomar, se considera de primordial importancia la implementación del Programa Rifle Sanitario (PRF). Todos los galenos serán reubicados en las distintas áreas o componentes del mismo. Los objetores de conciencia, serán los primeros en experimentar la aplicación del PRF, porque como se dijo, nadie tendrá derecho a objetar los “nuevos derechos”.

El derecho a la libertad religiosa seguirá vigente, siempre y cuando uno no adhiera -exclusivamente- a las religiones católica, judía o islámica, causantes de los grandes dramas de este mundo. Los únicos que podrán practicar estas religiones, serán los adeptos al New Age, que por supuesto, tendrán derecho a practicar una doble, triple, cuádruple o quíntuple religión.

Los líderes del New Age, serán los únicos posibles candidatos a ser elegidos “democráticamente”, por todos aquellos partidarios de los “nuevos derechos”. El sufragio universal, será cambiado por el sufragio consecuente con el nuevo orden mundial, a partir del momento en que por sufragio universal, lleguen al poder los partidarios de los “nuevos derechos”.

¿Fantasía? ¿Realidad? Un poco de ambas. Pero ante todo, una cierta posibilidad. El relativismo puede llegar a estos ridículos extremos, ya que al no haber referencia a un Absoluto, todo vale. ¿Cuáles son los criterios para declarar la licitud o ilicitud de unos comportamientos en un sistema relativista? ¿Cómo es posible argumentar a favor de los derechos fundamentales, si no es en relación a un Ser Supremo? ¿Qué firmeza, qué solidez puede tener un planteamiento que intente afirmar la validez de ciertas normas de conducta, si no hay nada por encima del hombre, si como decía Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”?

Que estos cambios se hagan realidad, depende de los medios que pongamos para volver a afirmar las realidades humanas sobre el orden natural, sobre el Bien y la Verdad. También depende de la ayuda del Espíritu Santo, pero no vale escaparse a una isla y vivir al mejor estilo Robinson Crusoe mientras el Espíritu Santo resuelve los problemas de la humanidad. Es nuestro deber jugarnos la piel en la defensa de los derechos humanos fundamentales, so pena de ser arrastrados por una corriente que, paradójicamente, es mucho menos numerosa que la inmensa mayoría silenciosa. Si hacen mucho ruido, será por aquello que Cervantes puso en boca de Sancho Panza: “La virtud es más perseguida de los malos que amada de los buenos” ¿Está nuestro ánimo lo suficientemente templado como para oponernos a lo políticamente correcto? Sabemos que no es fácil; ya nos lo dijo Aristóteles: “la virtud es un bien arduo”. Ahora bien, ¿vale la pena sufrir por la virtud? Que cada uno lo piense y actúe en consecuencia…

 Álvaro Fernández Texeira Nunes

(1) “Bernard Shaw ha escrito que él creía en el progreso absoluto de la cultura como en algo inconcluso. Era uno de los pilares de su pensamiento. Sin embargo, un día abjuró públicamente de su progresismo: había leído a Platón. Si la humanidad ha producido tal hombre hace veinticinco siglos, obligado es confesar que la cultura no ha progresado en todos sus aspectos.” (Rafael Gambra, 1996; Historia Sencilla de la Filosofía, pág. 61; Editorial Rialp, 21º Edición).

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