Mientas escribo estas líneas, me observa desde un gran retrato colocado en sitial de honor, uno de los más populares caudillos de las guerras civiles de mi tierra: el General Aparicio Saravia, muerto en combate hace ya 98 años (1).

Saravia fue uno de los más queridos jefes gauchos de la historia, a tal punto admirado que según se cuenta, algunos de sus adversarios derramaron lágrimas al enterarse de su muerte. Revolucionario, defensor incansable de los derechos de los humildes, fue ante todo un paladín de la democracia. Lo dio todo, hasta su vida, por su ideal de justicia, por la Patria. Se comenta que cuando entregó los títulos de su tierra para financiar la revolución que las autoridades de su partido no querían iniciar, les dijo: “Prefiero dejar a mis hijos pobres y con patria, antes que ricos y sin ella”.

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