Mientas escribo estas líneas, me observa desde un gran retrato colocado en sitial de honor, uno de los más populares caudillos de las guerras civiles de mi tierra: el General Aparicio Saravia, muerto en combate hace ya 98 años (1).

Saravia fue uno de los más queridos jefes gauchos de la historia, a tal punto admirado que según se cuenta, algunos de sus adversarios derramaron lágrimas al enterarse de su muerte. Revolucionario, defensor incansable de los derechos de los humildes, fue ante todo un paladín de la democracia. Lo dio todo, hasta su vida, por su ideal de justicia, por la Patria. Se comenta que cuando entregó los títulos de su tierra para financiar la revolución que las autoridades de su partido no querían iniciar, les dijo: “Prefiero dejar a mis hijos pobres y con patria, antes que ricos y sin ella”.

Me pregunto que habría pensado este paisano mío, este criollo de a caballo, de golilla, chambergo y poncho al viento, sobre la fecundación asistida, la clonación, el aborto, la eutanasia, la adopción de niños por parejas homosexuales y tantos otros ataques a la vida humana y a la dignidad de la persona, que se dan en el mundo entero. Me pregunto que hubiera hecho de saber que la ONU pretende violentar la soberanía de los países que la integran con el objetivo de transformarse en un gobierno mundial…

Dejo volar la imaginación, cierro los ojos y parece que lo veo avanzando al galope, con garra, con empuje, ¡con furia!… Trae la lanza en ristre… Viene trepando la cuchilla… Y no viene sólo… ¡lo siguien diez, cincuenta, doscientos, quinientos, mil gauchos “de melena y barba blanca”…! El golpeteo de los cascos resuena en el suelo patrio y desde el lomo de la cuchilla, se oye un grito largo y profundo…:

“¡¡¡Dignidad arriba y regocijo abajo!!!”

Es una lección que nos viene del pasado: no se debe anteponer el regocijo de los poderosos a la dignidad de los humildes; no se debe preferir el mezquino interés de unos pocos, a los derechos de las grandes mayorías; la dignidad humana, no se discute, está por encima de todo, es sagrada y hay que sacrificarlo todo en su defensa; hay que vencer el aburgesamiento y ponerse a luchar, con firmeza, sin prisa y sin pausa, por la dignidad de la persona…

Pero… ¿y si la mayoría decide lícitamente y sin trampas que el aborto debe ser legalizado, que la fertilización in vitro y la eutanasia deben aprobarse, o que los homosexuales tienen derecho a adoptar niños? ¿Acaso no fue por defender el respeto a la voluntad popular que tantos hombres -incluido Saravia- murieron a lo largo de la Historia?

Sí, muchos valientes dieron la vida por la democracia, porque es una forma de gobierno que permite a todo el pueblo participar libremente de las decisiones que afectan a la comunidad. Cuando la suerte de muchos depende del querer de unos pocos, cuando no hay verdadera democracia, se producen atropellos a la dignidad humana, a su naturaleza, esencialmente libre. Sin embargo, a pesar de todos los muertos por la democracia, hoy siguen siendo unos pocos -Senadores y Diputados-, quienes deciden la suerte de muchos -embriones, niños por nacer y ancianos moribundos que no tienen voz ni voto-. Han sido electos para ejercer el poder en representación de las grandes mayorías populares, y tienen por tanto, una gran responsabilidad: es más, tienen la obligación de escuchar al pueblo en sus reclamos antes de tomar decisiones, principalmente cuando aquellas afectan a la vida y la dignidad humanas. Por eso algunos seguimos luchando, aunque hayamos cambiado la lanza por el teclado…

Ahora bien, aunque la democracia funcionara perfectamente, y fuera perfectamente representativa de los intereses del pueblo, es necesario tener en cuenta que la democracia es buena sólo cuando se usa para lo que sirve, es decir, cuando se reconocen sus límites. La forma democrática de gobierno, es útil para elegir gobernantes, para subir o bajar impuestos, para determinar cómo se van a invertir los recursos de la sociedad, para establecer con qué medios se educará a los niños y cómo se protegerá a los ancianos, etc. Pero no se puede decidir por simple mayoría quienes tienen derecho a vivir y quienes no, quienes pueden ser manipulados y quienes no, quienes pueden ser atropellados en su dignidad de seres humanos y quienes no.

¿Por qué? Muy sencillo: porque el fin de la democracia no es determinar si los derechos humanos deben o no protegerse y respetarse, sino determinar cómo protegerlos, como hacer que sean respetados; porque todo ser humano es digno en virtud de su naturaleza. Eso no está en discusión, ni puede estarlo, porque entre otras cosas, la naturaleza humana es anterior a la democracia. De ahí que para algunos -o más bien para algunas…- sea necesario derribar, “desconstruir” el concepto de naturaleza humana. Cuanto más se ahonda, más se comprenden los por qué de la ideología de “género”.

De lo arriba expuesto se deduce que el fundamento de la democracia es la verdad, entendida como la adecuación del entendimiento a la realidad. En especial, la verdad sobre qué es el hombre y qué su naturaleza. O, mejor aún, la verdad sobre quién es el hombre. En el hombre reconocemos un quién, una persona, no un qué.

En una ocasión escuchamos a un líder político uruguayo decir una gran verdad: “Los derechos humanos no los da el Estado, ni los da la Ley. Lo único que hace el Estado es reconocer los derechos que son inherentes a la naturaleza humana”. Es decir que ni el Estado ni la Ley pueden dar o quitar los derechos humanos fundamentales, sólo pueden -y deben- hacer que se respeten. Esta es la otra pata en que se apoyan las feministas de género y sus secuaces: pretenden que los derechos se inventan, se sacan de la la galera o de la manga por puro capricho. En cualquier momento, van a inventar el derecho a tomar Coca-Cola gratis y ya ningún bolichero podrá cobrar el refresco, so pena de ser acusado de discriminación. Imagine el lector las consecuencias para la empresa; pues esas mismas consecuencias que la Coca-Cola pagaría en plata, en muchos países las pagan niños y ancianos en vidas.

Los clásicos decían que nadie puede dar lo que no tiene. Simple y claro: ni el Estado ni los legisladores tienen el poder de dar y quitar la vida o la dignidad a las personas, por tanto, no pueden disponer de sus derechos humanos fundamentales.

Además, según los clásicos, el obrar sigue al ser. Por tanto, sólo puede ejercer sus derechos y participar de decisiones democráticas, aquel que antes que nada es ser humano. Para ejercer derechos hay que ser; si al hombre no se le permite ser, nunca podrá gozar de la vida en democracia.

¡¡¡Dignidad arriba y regocijo abajo!!! El grito de quienes -a su modo- nos precedieron en la defensa de la dignidad humana, sigue resonando en nuestros oídos. Nuestros mayores nos acompañan con su ejemplo en esta brava y dura lucha por la vida y los derechos de los más débiles, humildes e indefensos de la sociedad: los embriones “sobrantes”, los niños no nacidos, los ancianos “deshechables”, verdaderos parias de la sociedad actual. Intentemos no defraudar a aquellos viejos guerreros, yendo a la batalla bien pertrechados, con el corazón bien templado, dispuesto a seguir peleando -sea cual sea el resultado- hasta el final…

Álvaro Fernandez Texeira Nunes

 (1) Consideramos que un siglo es tiempo más que suficiente para que este singular personaje, haya pasado de ser héroe partidario a referente histórico, por encima de banderas políticas. Por eso, lo citamos en esta publicación que intenta llegar a personas de todas las tendencias políticas, con el único fin de promover y defender la Cultura de la Vida y la Familia.

 

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