“Hace unos días me llamaron a casa para avisarme que el Cholo, mi amigo de toda la vida, había muerto en un accidente de tránsito. Lloré desconsoladamente pensando en los hermosos momentos que pasamos juntos en nuestra niñez. Recordé los partidos de “picacordón” que jugábamos de botijas, las primeras sinvergüenzadas adolescentes, los miedos que compartimos al momento de declarar nuestro amor a la chica que nos gustaba. Pensé en el esfuerzo con que ambos luchamos para sacar adelente nuestros estudios, que con sacrificio pagaron nuestros padres; y rememoré, más cerca en el tiempo, el casamiento de ambos. ¡Qué ilusiones nos hicimos respecto al futuro de los hijos que pensabamos tener! Luego, la prematura e inesperada muerte de mi esposa, el vacío, y el cariño con que el Cholo y su señora me recibieron en su casa para que no estuviera tan solo…

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