1. ¿Por qué es importante, hoy en día, hablar de la ley natural?

Vivimos en un mundo maravilloso y en un tiempo desafiante. No añoramos épocas pasadas. Vivimos el presente con intensidad y miramos al futuro con fe y esperanza. Amamos nuestro tiempo y somos naturalmente optimistas, porque estamos convencidos de que el bien a la larga prevalece sobre el mal.

Pero este optimismo no nos impide ser realistas. Somos conscientes de los grandes problemas y de las tremendas contradicciones del mundo actual. Subjetivismo, utilitarismo, materialismo, hedonismo, consumismo, individualismo, nihilismo… El hombre que se busca a sí mismo, pero que olvida a los demás. El hombre que quiere encontrar certezas, pero que se aferra al relativismo. El hombre que grita por los Derechos Humanos, pero que los viola a la vuelta de la esquina…

La corrección política impera, y los que van contracorriente, con frecuencia son tachados de intolerantes. La “verdad”, para muchos, es lo que dicen y muestran los medios de comunicación, aunque se contradigan día tras día y hora tras hora. “Tu tienes tu verdad, y yo tengo la mía”, dicen algunos, olvidando quizá que una milanesa en dos panes, es una milanesa en dos panes y no un helado de crema. “Todo es relativo” dicen otros, tal vez sin advertir que están haciendo una afirmación tan absoluta, como absolutamente contradictoria.

Ante este panorama, el hombre común se pregunta: ¿acaso no hay unos valores, unas normas, unas leyes que sean iguales para todos, hoy y siempre?; ¿es cierto que todas, absolutamente todas las leyes cambian por mero consenso entre las partes?; ¿o hay leyes que no cambian jamás?

Trataremos de responder a estas preguntas, fundados en la ley natural, que nos llega desde la Grecia precristiana. Hoy, que la ciencia moderna y las estadísticas parecen estar demostrando su eterna vigencia.

Las estadísticas nos muestran por ejemplo, que luego de un aborto provocado, las mujeres suelen padecer trastornos físicos y psicológicos. Que los niños fabricados in vitro, tienen muchos más problemas de salud que los concebidos naturalmente. Lo mismo ocurre con los niños criados por parejas de homosexuales. Que el control de la natalidad, ha llevado a un invierno demográfico que ocasiona graves desequilibrios en los sistemas de seguridad social de diversos países del mundo, incluido Uruguay (China acaba de derogar la ley que obligaba a los chinos a tener un sólo hijo por familia).

La realidad rompe los ojos: cuando no se respeta el “manual de funcionamiento” del hombre, siempre hay víctimas. Porque el hombre, como los autos o los teléfonos, tiene un “manual de funcionamiento” redactado por su “Fabricante”, por su “Creador”. Pero como el hombre cuando nace no viene en una caja, y no trae un “manual” adjunto, debe descubrirlo con la razón. La buena noticia es que a lo largo de los siglos, hay quienes fueron descubriendo y perfeccionando el contenido de este “manual”, lo cual es muy positivo y nos coloca en una situación mejor que los hombres que vivieron hace mil o dos mil años. La mala noticia, es que después de tantos siglos de aprendizaje y paulatino descubrimiento, hay quienes procuran reinventar el “manual”. En síntesis, lo que pretenden es construir un hombre a la medida del “manual”, en lugar de adaptar al hombre al “manual” que viene inscrito en su naturaleza.

En efecto, este “manual” le indica al hombre como debe ser su comportamiento ante determinadas circunstancias de la vida. Por ejemplo: todo automóvil se maneja con una serie de cambios. Estos cambios deben hacerse en un cierto orden. Si cuando vamos en quinta a 140 km./h. metemos la reversa, es obvio que ello no conviene a la naturaleza del automóvil. Es un acto no recomendado por el  fabricante, porque de realizarse, seguramente dañará la caja de cambios. Y nuestro bolsillo.

Lo mismo sucede con el hombre: tiene una naturaleza y una forma de “funcionar” que no es fruto de una convención, ni de un consenso, ni de una ley positiva, sino que le es inherente. Si el hombre “funciona” de manera que conviene a su naturaleza, se perfecciona, crece, se desarrolla. Algo así como quien sube una escalera y en la parte alta, se encuentra con una imagen mejorada de sí mismo. Pero si “funciona” de manera que no conviene a su naturaleza, se esclaviza, se daña a sí mismo y con frecuencia, también daña a la sociedad. En esto consiste precisamente la libertad: en elegir lo mejor, lo que más conviene a nuestra naturaleza: si vamos a un restaurant y podemos elegir, seguramente pediremos un buen pedazo de pulpa y no un asado rebajado o unas tristes lentejas…

Desde nuestro punto de vista, el desconocimiento –cuando no el rechazo- de la ley natural por parte de muchos intelectuales modernos, es uno de los grandes problemas del mundo actual. Porque quienes ignoran la ley natural, ignoran al mismo tiempo la existencia de una línea –a veces muy delgada, pero línea al fin- entre el bien y el mal. Por eso importa estudiar la ley natural y su fundamento metafísico: hoy más que nunca en la Historia de la Humanidad, es necesario tener claro que existe un “manual de funcionamiento” del hombre, que indica lo que más conviene a su naturaleza.

Juan Pablo II es quizá, quien mejor ha encuadrado el núcleo del problema en frase dirigida a los teólogos: “La crisis de la antropología se debe al rechazo de la metafísica”.[1]

2.    ¿Existe una ley natural?

La ley natural, no es un invento medieval, sino un descubrimiento que se remonta -por lo menos- a los filósofos de la Antigua Grecia. Los sabios medievales sistematizaron los aportes de los filósofos griegos y los complementaron con los desarrollos doctrinales que se fueron produciendo desde los inicios del cristianismo. No entraremos aquí en las diferentes escuelas que clasificaron y definieron de distinto modo los distintos tipos de leyes y en particular la ley natural. Simplemente, haremos una puntualización que nos parece de tremenda importancia:

Desde la Antigua Grecia –poco sospechosa de “oscurantismo religioso”-, hasta bien pasada la Edad Media, prácticamente nadie cuestionó la existencia de una Ley Natural, independientemente de que ésta fuera concebida, definida o clasificada de una u otra forma. Hasta la Era Moderna, a nadie se le ocurrió negar ni la existencia de una Ley Natural, ni la existencia de una naturaleza humana, común a todos los hombres.

Basta apuntar que ya Aristóteles distinguía la ley natural o común a todos los hombres, de la ley propia o positiva, peculiar de un determinado grupo social. Con lo cual queda claro que el reconocimiento de unos derechos humanos fundamentales, comunes a todos los hombres y distintos del derecho positivo que rige en cada país, no es obra de la ONU, sino que se remonta al Siglo IV antes de Cristo.

El derecho natural se funda en la misma naturaleza del hombre, y por eso vale siempre y para todos. Es independiente de las opiniones particulares, y anterior a todo pacto o convenio humano. Es un derecho absoluto y esencial. No puede ser aprobado ni derogado: solo puede ser reconocido.

Santo Tomás de Aquino, recogió en su tiempo, todos los conocimientos de sus predecesores –en buena parte sistematizados por San Alberto Magno-, y los incorporó “sin eclecticismo alguno, a una síntesis superior”[2]. Fue consciente de las inexactitudes y errores de numerosas fórmulas tradicionales. Pero trató de reconciliar las distintas corrientes de pensamiento, a veces con interpretaciones muy ingeniosas y profundas, jamás imaginadas por los autores originales.[3]

Santo Tomás descubrió la verdad allí donde estaba, sin importar quien la hubiera escrito. No dejó de escribir lo que era correcto y verdadero, ni se dejó influenciar negativamente por la autoridad de uno o de otro. A todos, los interpretó más según lo que hubieran querido o podido decir, que según lo que realmente dijeron.

El estudio de la ley natural por parte de Santo Tomás, sigue el siguiente esquema:

  • esencia o naturaleza
  • contenido u objeto
  • propiedades o cualidades (universalidad, inmutabilidad, indelebilidad.
  1. ¿Qué es la ley natural?

Ante todo, hay que decir que la ley natural es definida por Santo Tomás como “la participación de la ley eterna en la  criatura racional”[4]. De acuerdo con esta definición, podemos decir que el hombre participa de la ley eterna a través de la ley natural, como los cuerpos que caen participan de la ley eterna a través de la ley de la gravedad.

En el Art. 1 de la Cuestión 94, Santo Tomás se pregunta acerca de la esencia de la ley natural. Se pregunta en particular, si la ley natural es un hábito, porque los filósofos anteriores a él así la consideraban. Para responder a esta pregunta, separa la noción propia y esencial de hábito, es decir, el hábito considerado como “la obra que uno realiza”[5] o el acto, de la noción de hábito considerado como “aquello que poseemos mediante un hábito.”[6]

Responde Santo Tomás, que en este último sentido, sí se puede afirmar que la ley natural es un hábito. ¿Por qué? Porque la ley natural está presente en la conciencia del hombre, aunque el hombre no esté actuando a favor o en contra de la ley natural. Esto quiere decir que la ley natural está igualmente presente en la conciencia de quien se rasca la cabeza o se remanga la camisa –actos que nada tienen que ver con la ley natural- como en quien toma una decisión de carácter bioético de gran trascendencia para la vida de una persona. Es en ese sentido que se dice que la ley natural es un hábito en el hombre.

Esta ley natural opera a la manera de unos preceptos universales e imperativos impresos en la razón humana, que le llevan, como veremos, a obrar el bien y evitar el mal.

  1. ¿Cuál es el objeto o contenido de la ley natural?

Santo Tomás se pregunta si la ley natural contiene muchos preceptos o solamente uno. Esta es la pregunta crucial, pues sienta las bases de toda la ley natural y de todo el orden natural.

Para comprender lo que vamos a exponer, debemos empezar por explicar qué entiende Santo Tomás por razón especulativa y por razón práctica. Esto no quiere decir que tengamos dos razones, una especulativa y otra práctica, sino que la misma razón, la usamos de distinto modo: para fines especulativos, y para fines prácticos.

Así, la razón especulativa es aquella que nos permite conocer lo evidente. Lo primero que aparece como evidente para la razón especulativa, es el ente, el ser. Lo primero evidente para todos, es que hay cosas que son, aunque todavía no sepamos qué son. Pero el conocimiento especulativo no se queda allí, sino que es como un proceso que empieza por lo evidente, sigue por sus derivaciones más próximas y culmina con conclusiones más remotas. Esto significa que hay cosas más evidentes que otras. Por ejemplo: primero conozco que esto es; luego, me doy cuenta que además, esto es algo. ¿Qué es? Un vaso. Y ¿cómo es ese vaso? Es de tal color, tal forma, etc.

Del mismo modo actúa la razón práctica, que es la que usamos a diario para tomar hasta las decisiones más triviales: qué camisa ponernos, ir a una conferencia, etc. En esta razón práctica están impresos los enunciados o preceptos de la ley natural, y tiene un orden paralelo al de la razón especulativa: primero, hay unos preceptos muy primarios, fundamentales, universalísimos de la ley natural, que son evidentes a todo hombre. Luego, hay unos preceptos secundarios, que son las conclusiones próximas de la ley natural; finalmente, hay unos preceptos de tercer grado que son las conclusiones más lejanas y remotas.[7]

Ahora bien, si es evidente que las cosas son, también es evidente que “no se puede afirmar y negar a la vez una misma cosa, y en el mismo sentido”. Una cosa puede ser, o puede no ser. Si es, puede ser una cosa, o puede ser otra, pero no dos cosas a la vez. A este principio le llamamos principio de no contradicción. Este principio se basa en las nociones de ser y no ser, y en él se fundan todos los demás principios. Por ejemplo, un tumor no es un embrión humano. Y un embrión humano, no es un tumor.

Ahora bien: si la razón especulativa y la razón práctica actúan en paralelo  y el ser es lo primero conocido por la razón especulativa, el bien debe ser lo primero aprehendido por la razón práctica, que es la que ordena la acción humana. ¿Por qué?

Hay un principio filosófico que dice que “todo agente obra por un fin”. Cuando uno se levanta de la cama en la mañana, siempre lo hace por un fin, aunque sea por el muy prosaico fin de desayunar…. Dice también la filosofía que “bien es lo que todos apetecen”. Pienso que todos apetecemos un buen  desayuno cuando nos levantamos de la cama, y tomarlo le hace bien a nuestro organismo. De lo que se sigue que el fin se identifica con el bien; por tanto, todo fin es un bien (real o aparente). La ley natural, dice cual es el bien real, aunque el hombre que obra lo puede hacer por un bien real o aparente.

De ello se sigue que si todo agente obra por un fin, y todo fin es un bien, entonces todos los seres obran por un bien (real o aparente). Luego, el principio fundamental de la ley natural, es este: “se debe obrar y proseguir el bien y evitar el mal”[8]. A todos nos gusta tomar un buen desayuno, y nadie estaría dispuesto a cambiarlo por un pescado en mal estado. El buen desayuno conviene a nuestra naturaleza humana y el pescado podrido no.

De acuerdo con Santo Tomás, “todos los demás preceptos de la ley natural se fundan en éste, de suerte que todas las cosas que deban hacerse o evitarse”[9], deberán regirse por los preceptos de la ley natural cuando la razón práctica los juzgue naturalmente como bienes humanos.

En síntesis: Santo Tomás dice que hay un precepto principal, fundamental en la ley natural, que es hacer el bien y evitar el mal; y que todos los demás preceptos de la ley natural, dependen de este. Algunos ejemplos de estos preceptos son: “se debe obrar siempre conforme a la recta razón”; “no debemos hacerle a otros lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros”; “no se debe atentar contra la vida”… En fin, los 10 mandamientos…

Estos principios son fundamentales. En primer lugar, porque son principios universales, indispensables, inmutables, e inderogables. En segundo lugar, porque si se debe obrar siempre el bien y evitar siempre el mal, entonces jamás será lícito hacer un mal para conseguir un bien: el fin jamás justifica los medios. Por eso Juan Pablo II condenó en la Encíclica “Veritatis Splendor” al proporcionalismo y al consecuencialismo.

Si el fin no justifica los medios, no es lícito usar a una persona como medio, cuando se la “produce” in vitro para salvar a un hermano; ni matar al que sufre “por compasión” o “matar al hijo para salvar a la madre”. Es curioso comprobar que la mayoría de las personas que están a favor de la legalización del aborto, dicen estar en contra del aborto… Parece como si su naturaleza humana rechazara el aborto porque, aunque aprueban su legalización, ven en él un mal.

Esto lo explica muy claramente Santo Tomás: “como el bien tiene naturaleza de fin (…), todas las cosas hacia las que el hombre siente inclinación natural, son aprehendidas naturalmente por la inteligencia como buenas y como necesariamente practicables”[10]. Mientras tanto, las cosas malas, son rechazadas por el hombre, que no tiende a ellas naturalmente, sino que por el contrario le repugnan. Por tanto, “el orden de los preceptos de la ley natural es paralelo al orden de las inclinaciones naturales”[11].

Los distintos tipos de preceptos de la ley natural, están destinados a atender o regular las distintas inclinaciones naturales del hombre en orden a su felicidad.

Los preceptos básicos y más fundamentales, contribuyen a conservar la vida del hombre y evitar lo que atente contra ella. Los preceptos inmediatamente derivados de estos, son los comunes a todos los animales: “pertenecen a la ley natural aquellas cosas que “la naturaleza ha enseñado a todos los animales”, tales como la comunicación sexual, la educación de la prole, etc.”[12] Finalmente, hay en el hombre una inclinación al bien que corresponde a su naturaleza racional. Esta tendencia específica del hombre, es la que le inclina naturalmente a conocer las verdades últimas, a buscar la virtud y a vivir en sociedad. Desde este punto de vista “pertenece a la ley natural todo lo que se refiere a esa inclinación, v. gr., desterrar la ignorancia,  evitar las ofensas a aquellos entre los cuales tiene uno que vivir…”[13].

Ahora bien: como el hombre es un animal cuya esencia es “ser racional”, los principios primarios y los principios derivados de estos, deben estar siempre ordenados por la razón. En otras palabras, la razón debe ordenar las tendencias naturales que el hombre tiene en común con los animales, según su naturaleza propia y característica de animal racional. Ejemplifiquemos por el absurdo: ¿por qué en el campo, cuando se ponen tres o cuatro toros para cubrir cien vacas, ninguna de ellas se queja de infidelidad? Porque el instinto sexual en los animales, al no estar regulado por la razón, es radicalmente distinto al amor humano que sí está regido por ella. Luego, conviene a la naturaleza humana dejarse guiar por la razón en estos asuntos, y no por el instinto como los animales.

  1. ¿La ley natural es la misma para todos los hombres?

Santo Tomás se pregunta a continuación si la ley natural es igual para todos los hombres, independientemente del tiempo y el lugar en el que habiten.

Para Santo Tomás es evidente que los principios generales de la razón, sea especulativa o práctica, son verdaderos e idénticos para todos los hombres e igualmente conocidos por todos[14]: nadie ignora el principio general según el cual “el todo es mayor que las partes”.

Respecto de las conclusiones particulares de la razón especulativa, la verdad es idéntica para todos, pero no todos la conocen igualmente. No todos saben, por ejemplo, que “la suma de los tres ángulos de un triángulo es igual a dos rectos”.

Y respecto de las conclusiones particulares de la razón práctica, la verdad o rectitud no es idéntica para todos los hombres. Y en aquellos para los que sí es idéntica, no tiene por que ser igualmente conocida por todos[15]. Por ejemplo, es recto y verdadero, obrar de acuerdo a la razón. Y la razón indica que los ciudadanos deben pagar sus impuestos. Esta conclusión es verdadera en casi todos los casos. Pero si un gobierno pusiera un impuesto destinado específicamente a financiar abortos, ese impuesto no sería justo y sería irracional pagarlo.

Concluye Santo Tomás que “la ley natural, en cuanto a los primeros principios comunes, es la misma para todos los hombres, tanto por la rectitud de su inteligencia como por el conocimiento de esta”[16]. Pero en cuanto a ciertos preceptos particulares o conclusiones derivadas de los principios comunes, sigue siendo la misma para todos en la generalidad de los casos, pero puede fallar en algunos casos, tanto por una falla en la recta inteligencia o bien en el conocimiento de la misma.

Por tanto, el hecho de que la ley natural a veces no sea conocida por algunos hombres, no quiere decir que no sea la misma para todos. Y cuando cambia, sólo lo hace respecto de ciertos principios secundarios y en casos muy raros.

  1. ¿Puede cambiar la ley natural?

Santo Tomás se pregunta a continuación si la ley natural puede cambiarse, y responde que los cambios en la ley pueden ser de dos formas: por adición o sustracción. Él admite cambios por adición en la ley natural y en la ley humana que ordena su cumplimiento. “Muchas cosas –dice- han sido añadidas a la ley natural, muy útiles a la vida humana, tanto por la ley divina como por las leyes humanas.”[17] Podemos tomar como ejemplos la prohibición de la fecundación in vitro, de la clonación o de la experimentación con embriones humanos, para proteger la vida y la dignidad humanas ante ataques impensables en el Siglo XIII…

Lo que Santo Tomás no admite, son los cambios por sustracción: que deje de ser ley natural algo que antes lo era. En otras palabras, no admite rebajas a la ley natural. En este sentido, Santo Tomás dice que en cuanto a los primeros principios, la ley natural es “absolutamente inmutable”[18]; en cuanto a los segundos, “la ley natural no se muda en general, como si dejase de ser recto lo que prescribe. Puede, sin embargo, mudarse en algún caso particular, y esto es en los menos, por algunas causas especiales que impiden la observancia de tales preceptos”[19]. Por ejemplo, la separación de los cónyuges puede tolerarse si el marido -ladrón, drogadicto y golpeador- da mal ejemplo a los hijos.

  1. ¿La ley natural puede borrarse del corazón del hombre.?

De acuerdo con Santo Tomás, no pueden borrarse del corazón del hombre los preceptos primarios que son conocidos por todos (“hacer el bien y evitar el mal”), ni en los preceptos secundarios más particulares, que son como las conclusiones próximas de los primeros principios[20].

Los primeros principios no pueden ser borrados del corazón humano en general; pero sí se pueden borrar en los actos u obras particulares, cuando la razón es impedida de aplicar los principios comunes a las obras particulares, por las pasiones desordenadas[21].

Los principios secundarios de la ley natural, sí pueden ser borrados del corazón humano, ya sea por formas incorrectas de razonar, sea por los malos hábitos[22].

  1. Conclusión

En síntesis: existe una ley natural cuyo primer principio es que se debe “obrar el bien y evitar el mal”; existen además otros principios que en general, deben seguirse siempre. Esa ley natural es igual para todos los hombres, en todas las circunstancias. Es inmutable. Y no puede ser borrada del corazón de los hombres en los primeros principios.

En consecuencia, toda ley humana debe respetar la ley natural, en particular, lo que refiere a los primeros principios. Ello implica que ni las mayorías parlamentarias, ni el pueblo mediante plebiscitos, podrá alterar con una ley humana la ley natural, aunque el consenso sea unánime. La ley natural –fundamento de los Derecho Humanos- no puede ser cambiada ni modificada por leyes humanas: sólo puede ser reconocida por estas.

[1] Juan Pablo II, “Discurso a los participantes en el Congreso Internacional de teología moral”, 19 de abril de 1986; en Insegnamenti di Giovanni Paolo II. Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1986, IX, 972. Citado en “Familia, Vida y Nueva Evangelización”, Cardenal Alfonso López Trujillo, Editorial Verbo Divino, pág. 62.

[2] Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 111

[3] Cfr. op. cit.

[4] Suma Teológica, 1-2 q.91, a.2; Tomás de Aquino; BAC; pág. 54

[5] Op. cit., pág. 126

[6] Op. cit., pág. 126

[7] Cfr. Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 113.

[8] Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 129.

[9] Op. cit., pág.

[10] Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 129

[11] Op. cit., págs. 129-130.

[12] Op. cit., pág. 130.

[13] Op. cit. Pág. 130.

[14] Cfr. Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 135.

[15] Cfr. op. cit. pág. 135.

[16] Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 135.

[17] Suma Teológica, 1-2 q. 94 intr.; Tomás de Aquino; BAC; pág. 138.

[18] Op. cit., pág. 138.

[19] Op. cit., 138.

[20] Cfr. op. cit.. pág. 140.

[21] Cfr. op. cit. pág. 140.

[22] Cfr. op. cit. pág. 140.

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