Durante un interesante intercambio de correos electrónicos que mantuvimos con un legislador uruguayo, surgió la idea de escribir este artículo. En nuestros correos le comentamos al legislador, que de acuerdo con los expertos en la materia, la cohabitación previa al matrimonio tiene efectos negativos sobre la estabilidad de un eventual matrimonio entre los concubinos. A continuación, expondremos algunos datos sobre este tema, extraídos de varios trabajos científicos de distinto origen.

Uruguay

En setiembre del año 2005, el Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, publicó un trabajo titulado “Un estudio de los determinantes del divorcio de las mujeres en las generaciones 1947–56 y 1957-66 en Uruguay. El mismo fue realizado por Marisa Bucheli y Andrés Vigna.

En este trabajo se cita un estudio de Lillard et al. (1995)[1] en el cual los autores “encuentran un significativo efecto positivo de la cohabitación prematrimonial sobre la subsecuente inestabilidad del matrimonio, efecto que, además, aumenta en intensidad con la duración de la cohabitación”. Según Bucheli y Vigna, “ello se daría por la presencia de un efecto de autoselección: las parejas que cohabitan tienen una probabilidad latente de divorcio mayor que aquellas que deciden casarse directamente; esta propensión podría atribuirse a circunstancias socioeconómicas y/o a diferentes actitudes hacia el matrimonio como institución.”

También citan un trabajo de Svarer (2002)[2] que afirma lo contrario. Este autor corrigió la muestra “por los posibles efectos de auto-selección”, y encontró que “la cohabitación prematrimonial disminuye fuertemente el riesgo de divorcio. Además, cuanto mayor la duración de la cohabitación, menor es el riesgo de disolución de la pareja. Este resultado, opuesto a los hallazgos de casi todos los estudios realizados anteriormente en este sentido, se obtiene a partir de una muestra de matrimonios daneses y puede encontrar su explicación en la prevalencia de un efecto aprendizaje sobre el de auto-selección, que posibilita la acumulación de información sobre la pareja, propiciando que sólo aquellas que demuestren ser “compatibles” evolucionen hacia el matrimonio”.

Ahora bien, los autores del estudio realizado en Uruguay, sostienen que “las personas que no “entran” directamente al matrimonio tendrían, por razones ideológicas o socioeconómicas, una probabilidad latente de divorcio mayor que aquellas que deciden casarse directamente.” Y concluyen: “Los resultados, en general, se condicen con lo que predice la teoría: la presencia de hijos y la religiosidad de las personas funcionan como estabilizadores del matrimonio. Se encuentra también, que la existencia de un período de cohabitación previa al matrimonio funciona en detrimento de éste, aumentado el riesgo de divorcio, lo cual sugiere que en las parejas uruguayas prevalece el efecto auto-selección sobre el efecto aprendizaje.”

Estados Unidos y Canadá

De acuerdo con un artículo publicado en Forum Libertas[3], en Estados Unidos pasa algo similar. Por lo menos, es lo que reporta un trabajo llevado a cabo por  Larry Bumpass y James A. Sweet, dos investigadores de la Universidad de Wisconsin que se propusieron “analizar los datos del Informe Nacional sobre Familia y Hogares (1987-88), con una muestra de 13.000 personas. Encontraron que en EEUU, diez años después de casarse, 38% de los que habían cohabitado antes, se habían divorciado, en comparación con 27% de los que se casaron directamente. Los autores, que no quieren culpabilizar a nadie, sugieren posibles explicaciones: «Ante el mismo nivel de insatisfacción, los que han cohabitado están más inclinados a aceptar el divorcio como solución»”.

En el mismo artículo, se informa que un estudio del profesor Zheng Wu, de la Universidad de Victoria, publicado en 1999 en la Canadian Review of Sociology and Anthropology, concluyó que “quienes viven juntos antes del matrimonio se casan más tarde y se divorcian más. El estudio reveló que 55% de las parejas canadienses que cohabitan terminan casándose. ¿Salen matrimonios estables de la experiencia? No, al contrario.

Aunque se casan con 33-34 años (5 ó 6 años después el que canadiense medio) y se supone que son más adultos y se conocen bien tras años de cohabitar, no resultan más estables. Según el estudio, las mujeres que han convivido con su pareja antes de casarse tienen una probabilidad mayor de divorciarse (80%) que las que no lo han hecho. En el caso de los hombres, el aumento de probabilidad es de 150%. El riesgo de ruptura es aún mayor si alguno de los miembros de la pareja ha cohabitado antes con otra persona.”

“Otro trabajo canadiense, -según la misma fuente- realizado a partir de los datos de la Encuesta Social General Canadiense (analizada por Le Bourdais et al., Canadian Social Trends, 56) es muy clara al respecto: el 33% de las mujeres de 20-30 años que se casa directamente vio roto su matrimonio, mientras que si sumamos las que cohabitaron y luego se casaron y las que cohabitaron sin llegar a casarse nos sale un 66% de mujeres que ven rota su relación de compromiso. Una relación de cohabitación sería el doble de arriesgada que una de matrimonio.”

“Un tercer trabajo canadiense (A. Milan, Canadian Social Trends, 56, año 2000) comprobó que más del 50% de las uniones en cohabitación quedan disueltas antes de 5 años. Los matrimonios que se rompen antes de 5 años son un 30%.”

 Europa

En Europa pasa algo parecido. En Inglaterra, la socióloga Patricia Morgan escribió un libro[4] en el que afirma que “las expectativas de una relación positiva entre cohabitación y estabilidad matrimonial, se han frustrado en los últimos años. Mientras los estudios son consistentes con las expectativas de una mayor tasa de disolución entre quienes cohabitaron antes del matrimonio, no proporcionan ninguna prueba de que la experiencia de cohabitación conduzca a bajar las tasas de disolución después del matrimonio. Las conclusiones de investigación publicadas por John Haskey en 1992 divulgaron que entre las parejas británicas que se casaron en 1970-74 la probabilidad de divorciarse después de cinco años de cohabitación, fue del 30 por ciento; entre aquellos que se casaron en 1975-79, la probabilidad de disolución se elevó al 40 por ciento; mientras en quienes se casaron en 1980-84, la probabilidad de divorcio se elevó al 50%.” 

Morgan afirma además, en su libro, que “el Proyecto Australiano de Formación Familiar encontró que, después de cinco años de matrimonio, el 13% de los que habían cohabitado se divorciaba, comparado con el 6% de los que no habían cohabitado. Diez años más tarde, los guarismos habían pasado al 26% y al 14% respectivamente. Después de 20 años, pasaron al 56% y al 27% respectivamente.” Otro dato interesante que encontró Morgan en la bibliografía consultada, es que las probabilidades de ruptura para los que sólo han cohabitado con su futuro cónyuge, son bastante similares a las de quienes se casan directamente. El problema es que quienes viven en unión libre, suelen cohabitar con más de una pareja antes de casarse.

En Alemania, un estudio realiado por el Deutscher Institute reveló que en los matrimonios que cohabitaron antes de casarse, hay entre 40% y 60% más riesgo de acabar en divorcio. En este caso, la muestra fue de 10.000 personas. Según los autores, “una de las circunstancias que influyen en la divorcialidad es el «haber hecho la prueba».”[5]

De acuerdo con la misma fuente, en Suecia y España también se ha advertido que las parejas con mayor riesgo de separarse son aquellas que cohabitaron antes de casarse. Un estudio llevado a cabo por el Prof. Jan M. Hoen de la Universidad de Estocolmo reveló que los matrimonios corren menor riesgo de divorciarse, principalmente si no han tenido hijos fuera del matrimonio y se sólo se casan cuando deciden ir a vivir juntos. En España, la Encuesta sobre Fecundidad y Familia, realizada en 1995 con una muestra de 4.000 mujeres y 2.000 varones de 18 a 49 años, dio que sólo el 3,7% de las que se casaron directamente se habían separado después de 5 años, mientras que las que pasaron antes por la cohabitación se separaron en un 26% de los casos al término de ese plazo.”

Las razones del fracaso

Los investigadores uruguayos que llevaron adelante el primer trabajo presentado en este artículo, concluyeron que el riesgo de ruptura de debe al efecto de “selección”, es decir, que las personas que cohabitan son aquellas que tienen más probabilidad de divorcio porque valoran menos la institución matrimonial, etc. Ciertamente, hay varios trabajos que muestran la influencia de la selección en la mayor probabilidad de divorcio de las parejas que cohabitaron previo al matrimonio. Sin embargo, otros estudios[6] enfatizan el efecto causal, esto es, que la cohabitación por sí misma aumenta la posibilidad de futuros problemas maritales y de divorcio.

De acuerdo con un estudio de inestabilidad marital realizado por Claire M. Kamp Dush[7] de la Universidad de Cornel y Paul Amato de la Universidad de Pennsylvania, los individuos casados  tienen el mayor nivel de bienestar subjetivo, seguido por quienes cohabitan, quienes mantienen citas regulares, citas casuales y citas esporádicas. En el mismo sentido, un estudio de S.L. Nock de 1998, afirma que el matrimonio ayuda a los hombres adultos a estabilizar su personalidad, ganar autoestima y confianza personal, desarrollar habilidades y un sentido de responsabilidad que no necesitaban o no desarrollaron de solteros.  Otros estudios (Gove et al., 1990; Hu y Goldman, 1990), Lillard y Waite, 1995) señalan que el matrimonio aumenta la felicidad, el bienestar psicológico, la salud física y la longevidad.

En un trabajo[8] de Popenoe y Whitehead realizado en la Universidad de Rutgers, se confirma lo hallado por Morgan, en cuanto a que “el riesgo es más grande para aquellas personas que han cohabitado “en serie” y han tenido múltiples relaciones. Algunos estudios indican que aquellos que han vivido juntos con planes de matrimonio bien definidos corren muy poco riesgo, sin embargo, la cohabitación no tiene efectos positivos.” El problema parece ser que quienes cohabitan en repetidas ocasiones,  tienen cada vez mayor disposición a disolver relaciones futuras. Ello se debe a que estas personas tienen una menor tolerancia a los problemas y sacrificios que conlleva la convivencia, y por ello rompen sus relaciones al comenzar las desavenencias, sin advertir quizá, que su relación podría salvarse. Sucede lo mismo que con el divorcio: quien pasó por un divorcio, tiene menos problemas para divorciarse de nuevo que quien nunca lo ha hecho.

Alguien podría pensar que si las parejas que cohabitan regularizan su situación de alguna forma que no sea el matrimonio, estas pueden durar más. Esto no es así, pues el estudio de Morgan fue realizado en Inglaterra, donde de forma gradual la cohabitación ha ido ganando espacio en la legislación civil y fiscal[9].

Por otra parte, la cohabitación favorece usualmente a un miembro de la pareja. Los estudios indican que las personas que cohabitan no están comprometidas por igual. Con frecuencia, la persona más comprometida tiende a tolerar una comunicación deficiente, un trato desigual, inseguridad y abuso. Por lo general, las mujeres son más vulnerable ya que tienden a comprometerse más. (Anne-Marie Ambert, “Cohabitation & Marriage: How are they related,” 2005, p.13-15)

Como si esto fuera poco, la cohabitación pone a los hijos en riesgo. Un cuarenta por ciento de los hogares cohabitados incluye a hijos. Después de cinco años, la mitad de estas parejas habrán puesto fin a su relación, comparado a un 15% de padres de familia casados. (Whitehead, “Patterns & Predictors of Success & Failure in Marriage,” p.7, del coloquio realizado en 2005 “Promoting & Sustaining Marriage as a Community of Life & Love”)

Un estudio de CEPAL realizado en Uruguay[10], afirma que las tendencias recientes del cambio social, presentan “características patológicas”.

Luego de analizar algunos cambios estructurales y económicos, el trabajo afirma que las transformaciones sociales han generado tres cambios culturales muy importantes:

  • Aumentó la frecuencia de las relaciones premaritales entre personas sin pareja estable y se afianzó una cultura que diferencia la sexualidad del matrimonio y la procreación. Esto tiene como consecuencia un progresivo incremento en el número de hijos ilegítimos.
  • El divorcio creció extraordinariamente en los últimas 30 años; la sociedad uruguaya está inmersa –según los autores- en una “cultura del divorcio”, en la que predominan valores de materialismo, autorrealización e independencia.
  • Los movimientos feministas, estimularon la legitimación de valores de igualdad entre hombres y mujeres, con lo cual contribuyeron a la deslegitimación y a la ruptura del sistema familiar de aportante único.

Estos cambios afectan a la familia de diversas formas. Lo más grave a nuestro juicio, es que el índice de repetición escolar de hijos de hogares irregulares (cada vez más frecuentes), es un 36% mayor al de hijos de matrimonios legales. Además, el índice de rendimiento escolar de los primeros, es un 12% inferior al de los segundos.

Por su parte, el Ec. Alejandro Cid, de la Universidad de Montevideo, publicó un trabajo titulado: “Educational Gap and Family Structure”[11], en que encontró que las niñas que viven con sus padres casados tienen mejor desempeño escolar.

En una entrevista realizada por el diario El País, el investigador afirmó que “las niñas acusan más el impacto de la inestabilidad familiar e incompletitud de los roles, derechos u obligaciones de los padres que pueden provenir de las uniones simples. Se argumenta que esa inestabilidad de las uniones de hecho pega primero sobre la madre y a través de ella se transmite especialmente a las hijas.

Según una abundante bibliografía contemporánea que estudia y señala las especificidades de cada género, las niñas y los varones con las mismas edades tienen distinto grado de madurez, reaccionan ante shocks externos de manera diferente e incluso el cerebro de las niñas se desarrolla de manera distinta al de los niños, etc.”

Conclusiones

De acuerdo con el trabajo de CEPAL citado arriba, “la familia está sufriendo transformaciones culturales, económicas y sociales, debido a las influencias del contexto en que se desenvuelve. Si bien en Uruguay la familia construyó en el pasado un capital social importante, ese capital se ha gastado, se consumido y debe ser renovado. En la actualidad, se está asistiendo a la formación de un círculo perverso de deterioro creciente de las reservas de capital social, sin que sea considerada suficientemente la necesidad de mantenerlo y renovarlo”.

Es evidente a partir de los estudios presentados, que las uniones de quienes cohabitan duran menos que los matrimonios, y que ello perjudica –en orden creciente- al hombre, a la mujer y a sus hijos. Al ser la familia la célula básica de la sociedad, en definitiva, se perjudica la sociedad.

Cada vez que una pareja se rompe, hay sufrimiento. Las más vulnerables, son las mujeres. Si las parejas que cohabitan se rompen con más facilidad que los matrimonios, las mujeres que cohabitan sufren más que las casadas. Y si se “promueve” la cohabitación, lo que en definitiva se logra, es que sufran más mujeres.

La ruptura familiar afecta profundamente a los hijos, al punto que los que nacen en situaciones familiares irregulares, tienen mayores problemas educativos que los nacidos de matrimonios legalmente casados. Si estas parejas tienen mayor probabilidad de romperse, hay más hijos dañados cuantos más cohabitantes existen.

La inestabilidad familiar, afecta principalmente, a las hijas mujeres. Una vez más, las mujeres son las menos beneficiadas por la “cultura de la cohabitación”.

Si el matrimonio provee de estabilidad a la pareja y a los hijos, y ello es bueno y positivo para todos los integrantes de la familia, no se comprende por qué en lugar de promover la familia basada en el matrimonio, se quieren establecer leyes que de alguna manera, equiparan la cohabitación al matrimonio. Cohabitación que es fuente de inestabilidad, de rupturas, de diversas formas de violencia contra la mujer. Matrimonio que –en términos estadísticos- es fuente de estabilidad, de paz, de desarrollo psicoafectivo sano. Matrimonio que, a diferencia de la cohabitación, es fuente de recuperación del tejido social.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Bibliográfía:

[1] Lillard, L. A. et al. (1995), “Premarital cohabitation and subsequent marital dissolution: a matter of self selection?” en Demography 32/3.

[2] Svarer, Michael (2002), “Determinants of divorce in Denmark”, Working paper N° 19, Department of Economics, University of Aarhus.

[3] En “La cohabitación, más peligrosa que el divorcio para la institución matrimonial”; Forum Libertas, www.forumlibertas.com

[4] Morgan, P. (2000); Marriage-Lite, The Rise of Cohabitation and its Consequences; Institute for the Study of Civil Society; The Cromwell Press, Trowbridge, Wiltshire, London, 127 pp.

[5] En “La cohabitación, más peligrosa que el divorcio para la institución matrimonial”; Forum Libertas, www.forumlibertas.com

[6] Ambert, Anne-Marie, 2005; Cohabitation & Marriage: How are they related, p.18-19, www.vifamily.ca/library/cft/cohabitation.pdf / Stanley, Kline & Markman, “The Inertia Hypothesis: Sliding vs. Deciding in the Development of Risk for Couples in Marriage,” p. 6-8, www.bgsu.edu/organizations/cfdr/cohabitation/lead_papers/inertia_hypothesis.pdf

[7] Kamp Dush, Claire; M.; Amato, Paul R. (2005); Consequences of relationship status and quality for subjective well-being; Journal of Social and Personal Relationships, Vol. 22, No. 5, 607-627. http://spr.sagepub.com/cgi/content/abstract/22/5/607

[8] Popenoe, D., Whitehead, B. (2002); Should We Live Together?; The National Marriage Project, Rutgers University; http://marriage.rutgers.edu/Publications/SWLT2%20TEXT.htm

[9] Aceprensa, 2000; Servicio 117/00.

[10] Filgueira, Carlos (1996); “Sobre revoluciones ocultas: la familia en el Uruguay”

[11] El País, 13/08/2007 – Suplemento Economía & Mercado – http://www.elpais.com.uy

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