En la edición de El Observador del 14 de abril apareció una nota titulada: “Mujica instauró la política del abrazo”. Abajo el Secretario de Presidencia, Alberto Breccia, comenta: “pese a que se frenó el proyecto de liberación de ex represores, el presidente “ganó” con la discusión del tema. “El gesto queda”, dijo el jerarca.

Este hecho me trajo a la memoria una película que ví recientemente, pero que no dudo en calficar como una de las mejores que ví en mi vida: Invictus. No soy crítico de cine ni nada que se le parezca, pero no hay que ser Einstein para advertir que el film dirigido por Clint Eastwood, combina magistralmente un poco de política, un poco de rugby y mucho de principios, de hombría de bien, de perdón, de magnanimidad: un cóctel nada despreciable para quien se siente atraído por la poítica, el rugby y los grands ideales…

La película narra cómo se forjó el triunfo de la selección sudafricana en el mundial de rugby de 1995, cuando un año antes, nadie daba dos cobres por ella. Los protagonistas principales de esta historia, son el Presidente Nelson Mandela y el capitán del equipo, Francois Pienaar. Vale la pena verla. No todos los días se exhiben obras que muestren el resultado del trabajo de hombres corrientes, cuando son impulsados por nobles ideales.

La trama se desarrolla en un contexto histórico concreto: el final de la política segregacionista del “apartheid”. Mandela fue liberado el 11 de febrero de 1990, tras 27 años de prisión. Por esas fechas, muchos negros querían cobrar su revancha, y muchos blancos temían por su futuro. Todos esperaban lo peor: una guerra civil de dimensiones impredecibles… Pero Mandela salió de la cárcel para perdonar, e impulsó desde el vamos la reconciliación de los sudafricanos. Al asumir la presidencia en 1994, su primera medida fue mantener en sus cargos no sólo a los empleados blancos que se quisieran quedar, sino incluso a algunos miembros del Servicio Secreto de De Klerk. En la película, el Jefe del Servicio Secreto de Mandela se queja de esta actitud, y le recuerda al Presidente que esos mismos hombres mataron a algunos de sus compañeros de lucha. A lo que Mandela responde: “La reconciliación comienza aquí. El perdón comienza aquí también. El perdón libera el alma. Se lleva el temor. Por eso es un arma tan peligrosa.”

La población negra, como es natural, quería deshacerse de todos símbolos que les recordaban la opresión a la que fueron sometidos durante décadas por parte de los afrikaners. Entre otras cosas, querían cambiar el nombre, el escudo y los colores emblemáticos de los Springboks, la selección sudafricana de rugby integrada por amplia mayoría blanca. Mandela se alza, con magnanimidad, contra esa propuesta. “Nuestros enemigos –dice- ya no son los afrikaners. Ellos son compatriotas sudafricanos, nuestros compañeros en la democracia. Y ellos aman el rugby de los Springboks. Si les quitamos eso, los perdemos. Probaríamos que somos lo que ellos tanto temen. Tenemos que ser mejores que eso. Si nos llevamos lo que ellos adoran, sólo reforzaremos el círculo de temor que hay entre nosotros. Haré lo que tenga que hacer para romper ese círculo.”

Mandela se había impuesto el desafío de inspirar a su pueblo, de tal manera que todos, negros y blancos, llegaran a ser mejores de lo que ellos mismos jamás habían soñado. “Necesitamos inspiración Francois –dice Mandela al capitán de los Springboks-. Porque para crear nuestra nación, todos debemos superar nuestras expectativas.”

Tal es el impacto de la actitud de Mandela, que Pienaar, la noche antes de la final con los All Blacks, no pensaba en el partido, sino en “como pasas treinta años en una pequeña celda, y sales para perdonar a la gente que te puso ahí.”

No cabe duda que la magnanimidad de Mandela, fue la que inspiró al capitán de los All Blacks. Pero tampoco cabe duda que la actitud humilde de Pienaar –siendo quien era, podría haber sucumbido a la soberbia…- le permitió reconocer la grandeza de su Presidente e inspirar a su equipo al punto de superar todas las expectativas. El triunfo, casi milagroso, recuerda aquella sentencia popular: “Ayúdate, que Dios te ayudará.”

No por casualidad, lo primero que hicieron los Springboks al terminar el partido, fue abrazarse en círculo para dar gracias a Dios… Chester Williams, el único negro del equipo, es el encargado de hacer la oración: “Gracias Dios por dejarnos llegar a la final, gracias por no tener graves heridas, y por sobre todo, gracias por el triunfo. Amen.”

El desafío que enfrentaron estos hombres, parecía imposible. No sólo debían ganar el campeonato mundial de rugby: debían ganarlo siendo locatarios, y enfrentando a los All Blacks de Jonah Lomu, el jugador más rápido y pesado de todos los tiempos, y por tanto, el más difícil de detener en toda la historia del rugby. Llevaban sobre sus hombros un peso inmenso, casi insoportable. Porque no se trataba de ganar un partido de rugby, sino de lograr una hazaña deportiva con el fin de unir a un país dividido, y al decir de Mandela, “hambriento de grandeza”. Prueba de ello, es que cuando uno de los principales comentaristas de rugby de Sudáfrica le pregunta a Pinaar si “podrían haberlo hecho sin el impresionante apoyo de 63.000 sudafricanos”,este le contesta: “No tuvimos el apoyo de 63.000 sudafricanos. Tuvimos el apoyo de 43 millones de sudafricanos.”

Grande -gigante me atrevería a decir- es el contraste con las actitudes de algunos políticos de nuestro país. Comenzando por quienes pretenden seguir insistiendo con la anulación de la ley de caducidad, después de que el pueblo les dijo “NO” por dos veces consecutivas. Y siguiendo por aquellos que ahora cosechan lo que sembraron: Mujica, a diferencia del presidente sudafricano que salió a perdonar, dijo más de una vez que esto se iba a terminar cuando “reventaran” todos los protagonistas de los enfrentamientos que ensangrentaron al país durante los ´60 y los ´70. Eso no es perdonar. Eso es dejar que el tiempo se trague los problemas. “El gesto queda”, dice Breccia. Pero con simples gestos, por positivos que sean, no se logran grandes resultados. Hay que conceder que Mandela tampoco logró con esta hazaña, unir de un plumazo a su pueblo. Pero dio un paso de gigante en ese sentido.

Al dar marcha atrás, queda claro que Mujica, tras años de predicar cualquier cosa menos el perdón, quedó prisionero de sus propias palabras y debió claudicar ante el resentimiento de las bases… Un hombre con autoridad y con coraje, se habría impuesto, como lo hizo Mandela. Porque el liderazgo no consiste en ganar muchos votos, sino en conducir al pueblo hacia lo que más le conviene, les guste o no a quienes integran el círculo más cercano al líder.

Finalmente, cabe recordar que la grandeza de los hombres no depende de la voluntad de hacer cosas buenas –del “buenismo”-, sino de más bien de la capacidad de jugarse enteros por aquello en lo que creen y ven como claramente positivo para su pueblo. Mandela estuvo a la altura de las circunstancias. Mujica… pobre… No parece tener mucho que hacer al lado del gigante africano. Yo le sugeriría que vea la pelicula. De repente aprende algo…

Álvaro Fernández Texeira Nunes

 

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