Supongamos que un frío día de invierno, al Sr. Gómez le da por ir al cine. Llega un poco sobre la hora, va a la plaza de comidas del Shopping, compra un plato de ravioles, un vaso de vino y un postre Chajá y se dirige a la puerta del Movie Center con su bandeja. Hace la cola y cuando va a entregar la entrada al acomodador, este le dice: “Señor, antes de entrar debe dejar la bandeja”. El Sr. Gómez le contesta inocentemente: “Voy a comer dentro del cine, si no llego tarde”. El acomodador retruca: “No puede”. Y el Sr. Gómez, inquieto porque la película debía estar empezando responde: “¡¡¡Pero el señor que pasó antes entró comiendo pop!!!”. El acomodador, impertérrito, le pregunta: “¿Ud. compró todo eso en la cantina del Movie Center?” “¡Por supuesto que no!” responde el Sr. Gómez. “Entonces no puede pasar Sr., lo lamento mucho”. Y el Sr. Gómez se aleja con su bandeja gritando: “¡Discriminación!”El Sr. Antúnez, conciudadano del Sr. Gómez, es un hombre libre según la Constitución de la República. Pero él sí sabe que no puede entrar a una sala del Movie Center con una bandeja, un plato de ravioles, un vaso de vino y un Chajá. Sabe también que no puede entrar con su perro en una joyería. Que no puede sentarse en un bar y permanecer horas ocupando una mesa sin pedir nada para tomar…Nada de eso es delito. Pero no puede hacerlo. No se lo permiten. Hay muchas cosas que el Sr. Antúnez no puede hacer; pero a diferencia del Sr. Gómez, es capaz de advertir que su libertad es limitada. Y no por ello se siente discriminado.

¿Discriminación?

¿A qué viene todo esto? A que hay personas que se sienten discriminadas, porque una normativa establece que el matrimonio, debe celebrarse solamente, entre un hombre y una mujer. Ellos quieren celebrar “matrimonios” entre hombres y “matrimonios” entre mujeres, con todas las de la ley.

Hay que reconocer que los “revolucionarios sexuales” de fines de la década del ´60, por lo menos eran coherentes. Ellos entendían que el matrimonio era una institución burguesa, patriarcal, retrógrada, oscurantista, y por tanto proclamaban el amor libre, sin papeles, sin ataduras, sin formalismos. Podremos estar de acuerdo o no con ellos, pero eso era lo que predicaban, y de ese modo vivían.

Hoy, algunos siguen pensando exactamente lo mismo de la institución matrimonial, siempre y cuando la boda se celebre entre un hombre y una mujer. Ahora bien, si la boda se celebra entre personas del mismo sexo, la cosa cambia. En ese caso, el matrimonio deja de contemplarse como algo negativo o de otra época. Lo que pasa a ser de otra época, es el amor libre. Así, la pareja se somete a todas las regulaciones, papeles y ataduras sin fin que el matrimonio conlleva, a los efectos de formalizar su vínculo amoroso. Todo lo cual, parece más propio de mentalidades “conservadoras” y “burguesas”, que de mentalidades “liberales” y “transgresoras”…

La pregunta que ellos hacen es: ¿por qué no podemos casarnos si somos libres, tan libres como todos los que sí pueden casarse?

De acuerdo con los artículos 7 y 8 de la Constitución de la República,

“Los habitantes de la República tienen derecho a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad. Nadie puede ser privado de estos derechos sino conforme a las leyes que se establecieren por razones de interés general.”

“Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.”

La Constitución, en estos artículos, salvaguarda y protege los derechos de todos los ciudadanos en cuanto personas, en cuanto individuos. Que el matrimonio sea sólo para los heterosexuales, no implica discriminar a los homosexuales, del mismo modo que brindar ciertos beneficios a quienes escogieron la carrera militar, no implica discriminar al resto de la población. Como vimos, nuestra libertad es limitada. Hay muchas cosas que unos pueden hacer y otros no, y no por ello hay por qué sentirse injustamente discriminado. Si la homosexualidad fuera una discapacidad, quizá uno se podría preguntar si se trata o no de una discriminación injusta. Pero al ser “una opción” -según ellos-, no sería el Estado el que les negaría la posibilidad de casarse, sino ellos mismos quienes reunciarían a ella, al optar por un estilo de vida diverso. Esto es tan viejo como que no se puede soplar y comer gofio al mismo tiempo.

¿Distintos tipos de matrimonio?

Pero… ¿si todos somos iguales, por qué no todos tenemos derecho a contraer distintos tipos de matrimonio?

En primer lugar, porque hay un solo tipo de matrimonio. La palabra “matrimonio”, designa la unión entre un hombre y una mujer, del mismo modo el término “zapatos” designa unos objetos que se usan en los pies. Existen también unos objetos llamados “guantes” que se usan en las manos, pero a nadie se le ocurre usar los zapatos en las manos y los guantes en los pies, ni llamar a los guantes zapatos, ni a los zapatos guantes. Son realidades diferentes, diversas. Lo mismo ocurre con el matrimonio: define una realidad específica. Otras realidades específicas, deberán llamarse de otra forma.

En segundo lugar, porque del mismo modo que afirmamos que el Estado está obligado a amparar a los homosexuales en cuanto personas en el ejercicio de sus derechos legítimos, afirmamos también que el Estado no tiene por qué amparar las uniones entre homosexuales, en cuanto son naturalmente estériles. Por dicha razón estas uniones, difícilmente podrán contribuir al bien de la sociedad, al menos de la forma en que lo hace el matrimonio.

Veamos lo que dice nuestra Carta Magna sobre la familia:

Art. 40.- La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad.

Art. 41.- El cuidado y educación de los hijos para que éstos alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social, es un deber y un derecho de los padres. Quienes tengan a su cargo numerosa prole tienen derecho a auxilios compensatorios, siempre que los necesiten.

Resulta evidente que al Estado no le importa, como dijimos, el matrimonio en cuánto relación de amor entre dos personas. En ningún lado dice que reconoce al matrimonio porque dos personas son libres de amarse y comprometerse a vivir juntos. El Sr. Antúnez puede amar profundamente a su tía Gregoria y llevarla a vivir en su casa, pero eso al Estado, no le interesa en absoluto. Al Estado lo que le importa, respecto del matrimonio -y de acuerdo con la Constitución-, son sus efectos públicos, sus naturales repercusiones sociales. El interés del Estado en proteger, fomentar y promover la familia, se debe ante todo, a que la familia fundada en el matrimonio, es el lugar donde naturalmente se conciben, nacen y se desarrollan los hijos. Nuestra Constitución no concibe a la familia como una unión naturalmente estéril, sino como lo que es: una unión naturalmente fecunda, donde la esterilidad es una excepción, en principio no prevista. Por eso cada vez que la Constitución se refiere a la familia, menciona tanto a los hijos como a los padres.

En este sentido, es curioso que algunos sostengan, como argumento a favor del “matrimonio” homosexual, que nuestra Constitución no dice explícitamente, que el matrimonio deba ser entre un hombre y una mujer. Uno no puede menos que preguntarse de donde diablos saldrán entonces los hijos de los que habla la Constitución, si no es precisamente, de la unión entre un hombre y una mujer. En la época en que fue redactado ese artículo, la fecundación in-vitro era una hipótesis por demás remota. Y no es muy probable que nuestros venerables constituyentes, creyeran a su edad, en cigüeñas y repollos.

La excepción como regla, lo artificial como norma

La esterilidad -excepcional en el caso de los matrimonios integrados por un hombre y una mujer-, sería lo corriente, lo usual, lo esperable en el caso de las uniones homosexuales. Si bien la fecundación artificial y la adopción –en el caso que se aprobara- estarían a la orden del día, es pertinente advertir aunque suene redundante, que esos hijos, jamás podrán ser hijos naturales de ambos padres biológicos. Podrán haber sido engendrados por uno, por otro, o por ninguno de los dos, pero nunca por ambos. Hay algo de artificial, de forzado, de encajado a prepo en la constitución de estos grupos sociales.

La esterilidad intrínseca de las parejas homosexuales, es por tanto, la razón de mayor peso para cuestionar, la equiparación de sus uniones al matrimonio. No se cuestiona –desde el punto de vista político- la libertad de los homosexuales de vivir de la forma que mejor les parezca. Lo que se cuestiona es, si dada la naturaleza de sus uniones, el Estado debe ampararlas y darles reconocimiento jurídico.

Finalmente, cabe recordar que ya existe una ley aprobada por el Parlamento, que da marco legal a las uniones homosexuales. ¿Tiene sentido, en este contexto, seguir avanzando en la equiparación del “matrimonio” homosexual con el matrimonio tal como se concibió siempre? No parece.

Ahora bien… si las uniones homosexuales se equiparan al matrimonio, es de esperar que algunas parejas quieran “tener hijos”, aunque sea adoptados.

Como se dijo, estos hijos podrán ser adoptados, o concebidos por medios artificiales, con gametos de uno de los integrantes de la pareja (es la práctica usual en los países donde las uniones homosexuales están amparadas por ley).

¿Cuál es el problema, si les dan a los niños amor y medios materiales que de otro modo quizá no podrían tener?

El problema principal, lo plantea el Código de la Niñez y Adolescencia, cuando afirma que “en la integración de normas se utilizará como criterio específico, el interés superior del niño y adolescente. Este principio del “interés superior del niño y adolescente” proviene de la Convención sobre los Derechos de Niño (Art. 3). (…) Al respecto, Alejandro Bonasso y Javier Lasida apuntan que “La cultura construida en torno a la idea cardinal de la Convención del “interés superior del niño (Art. 3) avanza muy lentamente en un país que por fuerza de las mayorías, hace primar en general el interés superior del adulto”.

Entregar un niño en adopción a una pareja homosexual, ¿va en la línea procurar el interés superior del niño, entregarlo en adopción?

Para contestar esta pregunta, hay que tener en cuenta tres aspectos:

1) Si la Ley de Adopción vigente lo permite.

2) Si dar un niño en adopción a una pareja heterosexual u homosexual da lo mismo, o si es preferible dárselos a unos antes que a otros.

3) Si la demanda de niños para adoptar, es mayor, igual o menor que la cantidad de niños a entregar en adopción.

1) Ley vigente

La ley vigente afirma en su Art. 1º, que “en los casos de adopción, el hijo sustituirá su primer apellido por el del padre adoptante y el segundo apellido por el de la madre adoptante”. Ello implica que sólo podrían adoptar las parejas heterosexuales, ya sea que vivan en matrimonios o concubinato, porque según la ley de adopción, sí habría un padre y una madre, no contemplándose la posibilidad de que existan dos padres o dos madres.

2) ¿Da lo mismo?

Sobre el primer punto, si bien hay quienes sostienen la inocuidad de entregar niños en adopción a parejas homosexuales, la opinión mayoritaria –sustentada incluso por testimonios de personas criadas por parejas homosexuales- es contraria a dicha hipótesis.

De acuerdo con el prestigioso pisquiatra holandés Gerard van den Aardweg, “un amplio estudio realizado en Estados Unidos por Blumstein & Schwartz sobre 574 hombres homosexuales, ha concluido que el 9% no había tenido una relación duradera, el 17% una, el 10% dos, el 13% cuatro, el 16% seis… Hay que interpretar estos datos considerando que la cuarta parte tenían menos de 25 años y la mitad menos de 35. El número de parejas sexuales daba idea también de la promiscuidad de este grupo: sólo tres habían tenido un solo compañero, el 1% entre 3 y 4, el 2% entre 5 y 9, el 3% entre 10 y 14, el 8% entre 25 y 49. (…) Las cifras confirman que entre los rasgos de las parejas homosexuales no figura precisamente la estabilidad. (…)

Estos datos son importantes no sólo para comprender lo improbable que es un “matrimonio” homosexual –no sería pertinente legislar para un hecho que sólo excepcionalmente podría ocurrir-, sino también para entender en que situación se acabarían encontrando los niños que fueran adoptados por tales parejas. En comparación con las parejas heterosexuales, la proporción de parejas homosexuales que se separan en los primeros 18 meses es mucho mas alta; los homosexuales presentan además porcentajes mucho más altos de infidelidad.”

“En mis 35 años de estudio y tratamiento de la homosexualidad –sigue Van Aardweg-, he oído hablar a menudo de relaciones homosexuales duraderas, pero a poco que profundizaba descubría que no se trataba de verdaderas relaciones estables. A menudo los dos pasaban juntos un largo periodo, pero con intervalos en los que cada uno buscaba otros contactos; a veces la relación se mantenía por razones económicas o de negocios.”

Por su parte, la Dra. Judith Reisman, autora del estudio “Crafting Gay Children”, sostiene que a pesar de que los heterosexuales exceden a la población homosexual en una proporción 44 a 1, los casos de homosexuales que abusan de los niños son 40 veces más que en los heterosexuales.

En síntesis, el medio ambiente humano que puede brindar una pareja homosexual a sus hijos adoptivos, no parece ser el más adecuado en términos generales, si el objetivo final es salvaguardar el “interés superior del niño”.

3) Demanda de niños en adopción vs. entrega de niños en adopción

En relación al número de adopciones, a principios de esta década se presentaban unas 350 parejas por año solicitando la adopción de niños, y se entregaran anualmente unos 50 niños en adopción(1).

Con la modificación de la ley los procesos se han acelerado bastante, y en los últimos dos años, se entregaron en promedio 63 niños en adopción por año(2). El problema es que la demanda es casi 10 veces mayor a la oferta. Según el diario La República, “actualmente hay 551 familias atravesando alguna de las etapas del proceso de adopción de un niño.”(3)

Llegados a este punto, el cuestionamiento es bastante evidente: si hay 551 familias atravesando alguna de las etapas del proceso de adopción, si sólo se entregan un promedio de 63 niños por año, y si el medio ambiente humano que puede brindar una pareja homosexual a sus hijos adoptivos, no es el más adecuado en atención al “interés superior del niño”… ¿no parece más lógico entregar los niños en adopción a parejas heterosexuales?

Conclusiones

Una cosa es que el Estado deba reconocer y proteger la libertad personal, y otra muy distinta que se le obligue a reconocer como “matrimonio”, uniones que por su naturaleza, no pueden ser concebidas como tal.

Rechazar la legalización del “matrimonio” homosexual, no implica dejar de lado los derechos de nadie, sino más bien, reconocer que el término matrimonio se utiliza para denominar una realidad específica, cuya esencia es la natural apertura a los hijos. ¿Por qué son un problema las madres solteras? Porque falta el padre. ¿Qué sería lo ideal? Que el padre estuviera. ¡Pero el padre puede estar aunque no esté casado con la madre! Cierto, pero entonces ¿por qué en general es aconsejable que se casen? Porque así quedan mejor protegidos los derechos de los hijos y de la mujer. Todo la legislación en este sentido se dirige a proteger los derechos de los más débiles: los hijos en primer lugar; la madre en segundo lugar.

Es por ello que el Código de la Niñez y Adolescencia, establece claramente que se debe procurar el “interés superior del niño”. Experimentar con los niños, entregándolos a parejas que por su naturaleza, no pueden brindar el medio ambiente más adecuado en orden a su normal desarrollo psicofísico, no parece ir en la línea de atender al “interés superior del niño”. Más bien, parece ir en la línea de procurar el “capricho inferior del adulto”.

Por otra parte, es necesario tener en cuenta algunos hechos de orden práctico que resultan fundamentales la hora de legislar:

1) Ya existe en nuestro ordenamiento jurídico, una ley aprobada recientemente que regula este tipo de uniones. Nosotros discrepamos con dicha norma. Pero el caso es que existe y le da un marco legal a estas uniones.

2) La demanda de niños en adopción es casi diez veces mayor que el número de niños que se entregan anualmente en adopción. Los demandantes, en su inmensa mayoría, son parejas integradas por un hombre y una mujer. En otras palabras, “sobran” las familias integradas por papá y mamá que quieren adoptar niños.

En definitiva…

¿Es necesario equiparar las uniones homosexuales al matrimonio? ¿Es bueno para el Estado, para la sociedad en su conjunto, establecer esta equiparación? ¿Hay otros beneficiados con esta ley, aparte de los integrantes del lobby gay? ¿Tiene sentido, en este contexto, habilitar la adopción de niños por parte de parejas homosexuales? A nuestro juicio, y en atención a los datos y razonamientos presentados, las respuestas a estas preguntas, son todas negativas.

Álvaro Fernández Texeira-Nunes

(1) La República, 20 de mayo de 2000

(2) El País, 24 de enero de 2010

(3) La República, 18 de enero de 2010.

 

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