En las últimas semanas hemos recibido abundante información sobre lo ocurrido en la famosa “jornada de autocrítica” convocada por el Partido Nacional. Hemos leído excelentes análisis sobre el rol de los partidos políticos que toman como referencia dicha jornada -como el publicado por Graziano Pascale en la revista CONTRAVIENTO-, y algunas entrevistas donde ciertos actores dan su opinión sobre lo que hay que hacer… Finalmente, hemos decidido “sistematizar” nuestra opinión, ya manifestada en numerosos comentarios en facebook.

He dicho muchas veces y no tengo empacho en repetirlo, que la autocrítica debe empezar por cada uno consigo mismo: ¿qué hice yo por el Partido? ¿Di todo lo que podía, o pude dar más? ¿Qué hago a diario, donde me muevo, por mejorar sus posibilidades de futuro? Son preguntas que todos debemos hacernos antes de criticar –siempre con ánimo constructivo- lo que hacen los demás compañeros.

Rumbo al cerno del problema

Entrando en tema, lo primero que choca de una jornada de “autocrítica” que terminó reconociendo la importancia de acercar el Partido a la gente, es que se haya celebrado “a puertas cerradas”. Sólo dirigentes de cierto “rango” fueron invitados a esa reunión, en la que se decidió no hacer en el futuro, lo que se hizo hasta ese mismo día. Esperamos que no sea como con las dietas: “mañana empiezo…”. Es cierto que prometieron abrir las puertas para que todos enviemos nuestros análisis y propuestas, pero… lo que se percibe desde fuera –ojalá me equivoque- es que en esta primera reunión ya “se cortó el bacalao”, y que la segunda instancia sólo nos permitirá “hacer catarsis” y poco más.

Todo esto no sería preocupante, si los que se reunieron en Los Teros, fueran auténticos y legítimos representantes del sentir de los blancos. Los que participaron, seguramente fueron invitados porque integraban la lista tal o cual y tuvieron tantos y cuantos votos. Esa legitimidad no la ponemos en duda. Pero… ¿representaban quienes estaban allí lo que realmente siente el blanco de pie, el que los votó? Algunas de las conclusiones a las arribaron, nos hacen dudar seriamente que así sea. La disconformidad de la militancia con la “alta dirigencia”, la vemos todos los días, en la calle, conversando con los compañeros, intercambiado mensajes por correo, por chat y por supuesto en el facebook. Todo el mundo se pregunta: “¿qué están haciendo los dirigentes?” “¿Hacia donde nos están llevando?” “¿Dónde han quedado los principios?”

He aquí la llaga del asunto: los principios. ¿Qué vamos a ser en el futuro? ¿Nos vamos a “modernizar” cambiando el discurso, abriendo el abanico, y de paso cañazo, dejando de ser lo que somos, perdiendo nuestra esencia, tirando los principios por la borda, arriando y pisoteando nuestras banderas por mera conveniencia estratégica? ¿O vamos a plantarnos en la cancha como el partido que siempre fuimos y somos, el de los principios, el de los valores, el que no negocia cuando está en juego el destino del país, el que se juega la vida, la honra y la fortuna por la dignidad humana, por la libertad, por la Patria? ¿Vamos a vender nuestro rico patrimonio al bajo precio de la necesidad –de la necesidad de mantener unos carguitos…-, o vamos a ser el partido que no se vende ni por cuatro, ni por cuarenta, ni por cuatrocientos mil votos mal habidos? Es obvio que debemos modernizar la forma de comunicarnos con la gente. Pero una cosa es decir lo mismo de un modo distinto, y otra muy diferente, renunciar a defender lo que siempre hemos defendido. No es que uno tenga –como se ha dicho por ahí- vocación de derrotado. ¡Por supuesto que queremos ganar! Pero no a cualquier precio: si hay algo que nos caracteriza a los blancos, es que siempre hemos considerado mayor victoria perder con los principios en alto, que ganar dejándolos por el camino. Si no me creen, pregúntenle a Leandro Gómez… ¡Pregúntenle a Wilson!

A nuestro juicio, a la hora de hacer autocrítica, la primera pregunta que debemos plantearnos no es “¿por qué perdimos?”, sino “¿qué espera la gente de nosotros?” ¿Qué espera la gente de los blancos? ¿Acaso les fallamos? ¿Por qué?

Lo primero que se espera de los blancos, es que sean blancos. Que tengan una visión y un sentido de la vida más trascendente que materialista. Que tengan una ética más cercana al realismo filosófico que al relativismo moral. Que defiendan a muerte la libertad, y que por eso mismo, no tengan el menor reparo en dar su opinión. Que discutan duramente las ideas, pero respetando a las personas. Que sean bulliciosos, espontáneos, con el sentimiento a flor de piel durante la campaña, y a la vez coherentes, serios y profundos a la hora de plantear políticas públicas. Que sus líderes piensen y actúen del mismo modo que piensa y actúa el pueblo blanco, pero no por “imitación”, ni cumpliendo un “rol”, ni representando un papel, sino por autentica convicción: porque ser un blanco más. En otras palabras, si voy a comer un chivito a La Vitamínica, no espero que allí me sirvan una hamburguesa de Mc Donalds. Y viceversa. De los blancos la gente espera que sean blancos; de los colorados, que sean colorados y de los frentistas, que sean frentistas. No es casualidad que el Dr. Bordaberry haya recuperado votos en el Partido Colorado, apostando a la simple y sencilla estrategia de captar el voto colorado emigrado a otras tiendas hacia el final del gobierno de Batlle.

“Con postes podridos no se hacen corrales” (Aparicio Saravia)

El panorama actual, no asusta tanto por los votos que sacamos o por los votos que perdimos. Lo que atemoriza, es que la desesperación de la dirigencia por recuperar posiciones, puede convertirse en un boomerang capaz de partirle la nuca al partido. Así, mientras algunos piensan que la mejor estrategia es juntarnos con los colorados, los independientes y todos los “no frentistas” para armar una suerte de colcha de retazos peor cosida que la otra, otros afirman que la solución pasa por parecernos a la izquierda, por lo menos en todo lo que tiene que ver con las leyes que tocan a temas éticos y morales de fondo, como el aborto, el “matrimonio” gay, la adopción por homosexuales, etc. La consigna en este caso, es seguir la moda, ceder a la corrección política del momento y evitar a como de lugar, acusaciones de “intolerancia”, “homofobia”, etc., que al parecer no son redituables en términos electorales, bla, bla, bla. Principios de toda la vida como el nacionalismo de Patria Grande, no sólo van quedando olvidados, sino que ahora son rechazados de plano y con vehemencia… ¡desde el Honorable!

Llegados a este punto cabe una aclaración: no nos sorprende que algún  compañero del partido pueda pensar distinto en estos temas, de lo que tradicionalmente hemos pensado los blancos. Podremos razonar y discutir con él hasta el cansancio, con el fervor que caracteriza las discusiones entre blancos…; si nuestras diferencias son por convicción, jamás mermará nuestro respeto y nuestro aprecio por quien honradamente piensa distinto. Lo que nos repugna, y no estamos dispuestos a aceptar bajo ningún concepto, es que nos digan que debemos presentar diversas opciones y diversas posturas ante ciertos temas por conveniencia electoral, por mero utilitarismo político. ¿Entonces qué? ¿Somos un partido político con profundas convicciones, ideas y principios, un partido que pretende imponer su divisa al porvenir? ¿O somos más bien un supermercado ideológico-electoral donde cada quien puede tomar de las distintas góndolas lo que más le guste, porque como no nos casamos con ninguna idea o principio, hay para todos? Es la actitud del futbolista que al salir a la cancha, se pone media camiseta de Peñarol y media de Nacional, para que lo aplaudan desde todas las tribunas. El resultado es obvio: no lo aplaudirá nadie, y encima lo correrán a tomatazos.

“Nosotros somos nosotros” (Wilson Ferreira Aldunate)

En mi modesta opinión, los problemas del partido no se arreglan juntándonos con quienes no comparten nuestras ideas, ni pareciéndonos a quienes jamás nos podremos parecer porque somos radicalmente distintos. Esto se arregla en primer lugar, siendo lo que estamos llamados a ser: BLANCOS. Extremada y profundamente BLANCOS. Orgullosamente BLANCOS. ¡Sin complejos de ser BLANCOS!

¿Fanatismo? No. Puro y simple marketing… pero del bueno: porque no es creíble para nadie, un partido que dice tener las mejores soluciones para el país, y que al mismo tiempo intenta parecerse cada vez más a los demás y menos a sí mismo. Si la crisis por la que atraviesa todo el sistema político es de credibilidad, si el objetivo es recuperar la confianza de la gente, la pérdida consciente y voluntaria de la identidad partidaria, es la peor de las recetas de cara a una elección. El razonamiento del votante es muy simple: ¿cómo puedo creer en el programa de gobierno y en los líderes de un partido que miente sobre sí mismo, sobre su propia esencia, porque teme presentarse tal cual es? ¿Por qué ganó Mujica? Entre otras cosas, porque nos guste o no, se presentó tal cual es –al menos, tal cual es el personaje “Pepe”, creado e impuesto en el mercado hace ya varios años…-. El mejor marketing, es parecernos a lo que somos.

Otra de las preguntas fundamentales que a mi juicio deberían hacerse nuestros dirigentes a la hora de trabajar en la autocrítica, es la siguiente: “¿Cuántos buenos blancos se fueron a votar a otros partidos, porque en muchas ocasiones no nos comportamos como ellos esperaban?” En mi modesta opinión, son decenas de miles los que se alejaron de nuestras tiendas al ver en algunos dirigentes, conductas que no condicen con las de un auténtico blanco, con lo que el Partido siempre fue y siempre defendió… ¿Cuántos hombres y mujeres del interior del país, de ese interior profundo, dejaron de votarnos? ¿Cuántos se avergonzaron una vez y otra también de la actitud de sus dirigentes, ante ellos o ante el gobierno de turno? Hay una multitud de compañeros que están muy dolidos y la culpa es nuestra. De todos los blancos… Se sienten traicionados, casi como hijos echados de su hogar. Antes de pensar en atraer votos colorados o “progres”, ¿no tendríamos que sanar esas heridas y traer de vuelta a casa a los blancos que se fueron? ¿Cómo lograrlo, si resulta que nos da vergüenza ser lo que somos y preferimos parecernos a cualquiera menos a nosotros mismos?

Se muy bien que esta “autocrítica” duele. Pero puede servir, por aquello de que “lo que no mata, fortalece”. Es autocrítica, pero también es marketing, porque sólo un partido que demuestra ser fiel a lo que la gente percibe que debe ser, puede recuperar la confianza del pueblo. Para lograrlo, necesitamos volver a ser el partido auténticamente republicano, auténticamente nacional y auténticamente popular de Saravia, de Herrera, de Wilson. Esto no es “recitar un mantra”, como a alguno le ha dado por repetir… Es simplemente, sentir como blanco y luchar por un partido que se preocupe por la suerte de cada ciudadano, porque en cada uno ve a la Patria.

Lo que no se debe hacer

El Partido Nacional, está en el país y en la historia, para promover y defender determinados principios e ideas que sobre el hombre, la sociedad y la Patria, tiene una parte de la ciudadanía. Siempre captará las adhesiones de un amplio sector de la sociedad; pero nunca de toda la sociedad. Para lo que seguramente no está, es para defender banderas ajenas, que a los de adentro nos resultan extrañas. Como bien dice Graziano Pascale, “cambiar modismos, lenguaje, prácticas y discursos para agradar a los votantes ajenos no hace otra cosa que espantar a los propios, y constituirse en motivo de regocijo – o incluso de burla- de los adversarios.” ¿Acaso no se han percatado de que una eventual unión con los colorados sólo puede servir para que los “progres” se sigan mofando de los “rosaditos”? En la otra vereda… ¿es creíble un candidato blanco que pase el día recorriendo barrios con la ropa medio sucia, en alpargatas y diciendo ordinarieces? Sólo desde nuestra identidad, podremos tener diálogo con las demás fuerzas políticas. Si nos mimetizamos en el adversario, lo que habrá será un monólogo, y eso no le sirve a nadie.

Tenemos que llegar a todos y relacionarnos con todos, haciéndoles saber nuestra opinión, al modo de los blancos. Como lo supo hacer en su tiempo Fernández Crespo. Como lo sabía hacer Wilson. ¡Si la batalla es cultural –y a nadie le quepa duda que lo es-, tenemos que crear cultura, no rendir las armas ante el avance enemigo!

Me dirán que critico con el diario del lunes, pero un candidato a la Presidencia de la República por el Partido Nacional, no puede “despojarse de su condición de blanco” en medio de una campaña política. Muy por el contrario, debe hablar desde su condición de blanco y precisamente por ello, por pertenecer al partido de la Nación, debe abrir sus puertas a todos los uruguayos, vengan de donde vengan. Quizá con esto no hubiéramos ganado muchos más votos de los que obtuvimos. Pero probablemente, no hubiéramos perdido el apoyo de algunos compañeros, para quienes el “despojo” fue la gota que derramó el vaso. Del mismo modo, un precandidato a la Presidencia de la República, no puede reunirse a comer un asado con el caballo del comisario del partido contrario, como si ya hubiera ganado la interna. A muchos compañeros del partido no les gustan estas cosas; algunos no las entienden y otros no las perdonan: de ahí al rechazo interno que vino después, sólo hubo un paso.

Me hago cargo de lo que digo. Quienes me conocen saben que en lo posible, trato de discutir las ideas, sin rozar a las personas. Me duele hacer públicas estas críticas, porque los dirigentes que encabezan los distintos sectores, son ante todo compañeros. Compañeros que llevaron y llevan sobre sus hombros un enorme peso, una inmensa responsabilidad: la de conducir al Partido hacia mejores destinos. Precisamente por eso, así como Aristóteles decía “soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad”,  termino estas reflexiones diciendo: me duele criticar a la dirigencia; pero más me duele el Partido… que somos todos.

¡VIVAN LOS BLANCOS, CARAJO!

 Álvaro Fernández Texeira Nunes

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