“Actuando en la guerra del Brasil, en medio de un aire propicio para despertar la fiera que vive entre nosotros –y alimentarla-, único responsable de sus acciones, jamás titubeó en hacer el bien, aún mismo en donde el mal lo había herido.

Un día llega con uno de sus oficiales junto a una carreta, en el camino.

Habla con el carrero y sabe de la angustia de ese hombre: tiene que socorrer a una hija suya y no puede dejar el vehículo, que es su fortuna. Aparicio le pregunta por qué no deja a su peón, un muchacho, en la vigilancia de su carreta, de sus bueyes y de la carga que llevaba.

El hombre le responde si no conoce el medio en que actuaba.

-Llegarán los soldados y arrebatarán todo.

-Bueno amigo –le dijo Aparicio-, vaya a ver a su hija. Trate de acomodarla. Haga las cosas lo más pronto posible. Yo le cuidaré la carreta.

El hombre lo miró dudando.

-Vaya tranquilo. Yo le doy mi palabra de que encontrará su carreta como está.

El hombre sintió la confianza que le llevaban aquellas palabras y el gesto de quien las pronunció.

Y partió.

Al otro día volvió con su hijita, a quien fue a salvar de la barbarie desatada entonces.

De lejos vio a su carreta rodeada por los revolucionarios.

Contó todo, carga y bueyes, perdido.

Sin embargo allí estaba Aparicio, intacta la carreta y los bueyes cerca de ella.

-Le quedo muy agradecido –dijo el carrero-, por el cuidado que ha tenido con mi carro. Saque de él lo que quiera.

Aparicio le respondió:

-No señor. Nosotros compramos lo que precisamos. He visto que trae un cajón con caramelos. Véndame un paquete.

El carrero hizo lo indecible para no cobrar aquello a Aparicio.

Pero Aparicio lo pagó religiosamente, y lo regaló a su hija.

Y partió al trote, seguido de sus hombres.

Con eso no hizo más que asociarse a la tragedia del carrero, garantiéndole su bien, primero, y a la alegría del carrero obsequiando a su hijita después.

Comprendió y midió lo que pasaba en el rudo interior –y por rudo respetable-, de aquel hombre pobre, y se puso junto a él para confortarlo. Le resolvió su problema angustioso.

Todo esto hecho con la más noble hidalguía, con la más fina atención, con simple llaneza, con humildad, puesto que de un humilde se trataba.”

VIDA DE APARICIO SARAVIA, José Monegal. El libro fue publicado por primera vez a mediados de 1942. La cita fue sacada de una reimpresión realizada en 1984.

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