Hace unos años, un gran amigo me recomendó vivamente la lectura del libro “Vida de Aparicio Saravia”, de José Monegal. Me dijo que era una obra notable, la mejor que se ha escrito sobre Aparicio Saravia. Efectivamente, creo que es eso y mucho más: porque combina a la perfección un exquisito rigor histórico, con la apologética del héroe. Y del “ser blanco”. Al decir de Don Avelino Brena, Monegal es “uno de esos escritores que saben como pocos fijar profundamente en el espíritu una idea, y en el corazón un sentimiento.”

Quiso la Providencia que encontrara el libro en la feria de Tristán Narvaja. Lo terminé de leer con lágrimas en los ojos. En parte, porque en la penúltima página de esta verdadera obra maestra, se cuenta una anécdota que -a mí me parece-, describe a la perfección el sentimiento de los blancos con respecto a sus caudillos…Y a Aparicio en particular.

Cuenta Monegal que después de la muerte de Aparicio, “uno de los familiares de la casa, era el negro Felipe, criado que había sido de la familia Navarrete, en Melo.

El negro Felipe, alto, flaco, era uno de los hombres de la confianza de Aparicio: honesto, sano, bueno, fiel.

El día en que el caudillo murió, uno de los que lo acompañaban llamó a Felipe y lo hizo entrar a la pieza donde yacía el gran batallador.

-El general ha muerto, Felipe. Vení a despedirte de él.

El negro entró entre desconfiado y aturdido. Miró largamente el rostro de su patrón, al que la muerte había transfigurado.

Y reculando poco a poco, apartándose despaciosamente del jefe muerto, traspuso la puerta y salió de la habitación.

No dijo palabra en muchos días el negro Felipe. En su alma primitiva el tránsito de Aparicio se hacía duda y la duda misterio.

Vuelve a Melo y la gente, sabiéndolo de la intimidad del general, lo asedia. Las noticias del deceso eran muy contradictorias.

A todos dice lo mismo:

-El general está vivo. Me pusieron otro para engañarme. El general no murió, está vivo.

Y esas palabras simples y firmes del negro, hicieron un milagro: la supervivencia de Aparicio por largo tiempo. Mucha gente se unió a Felipe en aquella creencia que endulzó la esperanza de innúmeros compañeros humildes y hasta de muchos amigos encumbrados.”

El general está vivo… El negro sabía perfectamente que el general estaba muerto. Pero claro, no lo podía aceptar. En parte porque sabía o intuía –pequeño detalle…- que, aunque su cuerpo estuviera muerto, las ideas y el espíritu del general, estaban, y estarían a partir de ese día, ¡más vivos que nunca!

Es difícil encontrar en la historia de la humanidad, un partido político con más de 170 años de existencia, y con tal sucesión de caudillos que destacan, del primero al último, por su probidad, su integridad, su fidelidad a los principios y valores del Partido, a los principios y valores de la Patria. Oribe, Leandro Gómez, Timoteo, Aparicio, Herrera, Wilson… ¡No murieron! ¡Están vivos!

¿Qué hay en las almas de los caudillos blancos, que siempre trascienden su muerte? ¿Será que casi todos han muerto cubiertos de gloria, sin llegar casi nunca a ver materializados los ideales de libertad, de paz y de justicia por los que entregaron su vida? ¿Será que sus ideales han sido siempre tan nobles, tan universales y tan inmutables, que generación tras generación, siguen encontrando a los mejores hombres de la Patria para que los defiendan?

¿Será que los blancos todos, somos el negro Felipe…?

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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