Días atrás me topé con un estudio del año 2003, en el que se afirmaba que alrededor del 80% de los uruguayos creían en Dios. No obstante, un alto porcentaje de esos creyentes no adhería a ninguna religión. Basado en esas cifras, el autor del estudio sostenía –entre otras cosas- que la sociedad uruguaya era creyente, que tenía sentido de la trascendencia, pero que por un problema de idiosincrasia, no reconocía públicamente sus creencias.

Una década después, otro estudio mostró que el porcentaje de creyentes en Dios sin religión alguna y el porcentaje de católicos, cayeron drásticamente. Mientras tanto, aumentó notoriamente el porcentaje de no creyentes.

La caída no sorprende en absoluto. Si a un católico que lucha por comportarse como hijo de Dios en la vida diaria, que dedica a algunos momentos del día a hacer oración, a participar de la Santa Misa, a leer el Evangelio, a rezar el Rosario, suele costarle tener presencia de Dios…, ¿cuánto más le costará a quien cree en Dios, pero por decirlo de algún modo, no parece que influya en su vida?

El hombre es un ser contradictorio. Por un lado, aspira por naturaleza a la felicidad y a la eternidad. Por otro, aunque esté firmemente convencido de la existencia de Dios, a veces vive como si Dios no existiera. Es una tendencia que todos tenemos en mayor o menor grado. Y es consecuencia del pecado original y de nuestros pecados actuales. Por eso existen las religiones, y en particular, la Iglesia Católica: para recordarnos que Dios es nuestro Padre y que nos ama con locura; y para ayudarnos a ser buenos hijos, a corresponder, a retribuir el Amor de Dios con nuestras acciones de cada momento. Las rutas existen para facilitar el tránsito a quienes van de un lado a otro. La alternativa de ir a campo traviesa, cruzando alambrados, vadeando ríos, caminando entre chircales, hormigueros y alimañas de todos los pelos, no parece muy atractiva. Sin embargo, cuando se trata de ir de la Tierra al Cielo, algunos salen cortando campo… Quizá todavía no saben que hay buenas carreteras por las cuales, dentro de ciertos límites, se puede circular con entera libertad y de los modos más diversos: al paso, corriendo, haciendo zigzag, saltando en un pie o en los dos, a caballo, en burro, en auto, en moto, en bici…

¿Qué ocurriría si viviéramos como si los inspectores de Tránsito no existieran? Si no reconociéramos su autoridad y no frenáramos cuando nos lo indican, seguramente nos perseguirían y nos multarían.

¿Qué ocurriría si viviéramos como si la DGI no existiera? Si no acreditáramos el pago de nuestras deudas, nos atrasaríamos, y más tarde o más temprano, tendríamos que pagar multas y recargos.

El hecho de frenar, o de pagar los impuestos, implica un reconocimiento público de la autoridad, ya sea un inspector, un cobrador. Si no reconocemos públicamente la autoridad, lo que hacemos en la práctica, es decirle “no existís”. Simplemente, la ninguneamos. Gracias a Dios, Él, que es la Autoridad, es infinitamente Misericordioso. Pero no hay que olvidar que también es infinitamente Justo…

¿Podríamos vivir como si nuestra familia –padres, hermanos, esposa, hijos-, no existieran?

¿Qué opinión nos merecería alguien que dijera: “sí, creo que tengo una familia”, pero no se preocupa en absoluto de los suyos, más allá de reconocer que existen y que en algún lado deben estar? ¿Qué pensaríamos de un esposo que se casara diciendo “creo en el matrimonio, pero no creo que deba corresponder al amor de mi cónyuge”? ¿No será que a veces “creo”, es para nosotros sinónimo de me parece, en lugar de estoy convencido?

Una vez más: si este olvido lo padecen quienes procuran tener una fe viva y operativa, poco se podrá esperar de quienes dicen creer en Dios, pero sin permitir que Dios oriente sus acciones, o lo que es lo mismo, que sus convicciones religiosas moldeen su vida. Si no dejamos que Dios entre en nuestras vidas, y las transforme, más tarde o más temprano será la vida la que termina modelando nuestras creencias. Ya lo dijo Gabriel Marcel: “quien no vive como piensa, termina pensando como vive”. Y “quien deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa” (G. K. Chesterton).

“En la ética del hombre actual –dice el Cardenal Ratzinger en el libro “La Sal de la Tierra”- “Dios no existe, y de existir, no tiene nada que ver con nosotros”. Esa es, prácticamente, la idea general del mundo moderno: “¿Dios no se ocupa de nosotros? Pues nosotros tampoco nos ocuparemos de Dios”. Y consecuentemente para ellos la vida eterna tampoco importa. Las obligaciones que teníamos por nuestra responsabilidad ante Dios y ante el juicio divino, han sido suplantadas por las que tenemos ante la historia y la humanidad. Esto ha originado nuevas pautas morales que conducen a algunas conclusiones que podríamos calificar de ciertamente fanáticas; ahora se justifica la planificación familiar, por ejemplo, por el exceso de población o la conservación del equilibrio biológico. Pero esto significa, al mismo tiempo, que también se permite todo lo que no se oponga a ello. Y al no haber autoridad superior al juicio de la opinión pública (que, dicho sea de paso, es tremendamente cruel), las motivaciones de los ideales de vida de los hombres de nuestra época suelen carecer de significado. El valor de los ideales redunda en provecho de lo que está más bien lejos que cerca; porque, en el ámbito más próximo al individuo, abunda el egoísmo…”

Es por eso que yo, al menos, me pregunto si estoy absolutamente convencido de ser hijo de Dios, de ser amado por Dios, de ser hermano de Jesús, y en Él, de todos los hombres. Si vivo de acuerdo con mis convicciones, esa filiación divina debería manifestarse en mi conducta habitual. Si habitualmente no obro así, si no lo he hecho hasta hoy, Jesús me da una buena noticia: puedo arrepentirme, confesarme y ¡volver a empezar!

Si todos –empezando por mí- obráramos como si Dios existiera, si Dios informara nuestras vidas con su amor y con su verdad (la verdad es consecuencia del amor), cambiaríamos nuestras familias y la sociedad entera en pocas semanas. A fin de cuentas los católicos somos el cuarenta por ciento de la población… Obrar como tales, podría generar una revolución de dimensiones jamás vistas. Ni que hablar si con nuestro ejemplo y nuestra palabra, cada uno invitara a un vecino a ir por el camino del Amor de Dios. Ahí llegaríamos al ochenta por ciento en un rato. Y haríamos felices a todos.

Tengamos fe. Dios, nuestro Padre, mueve montañas. Y también, si lo dejamos, nuestros corazones.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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