El sábado 24 de octubre culminó el Sínodo de la Familia convocado por el Papa Francisco. El documento elaborado por los Obispos congregados en Roma, tiene aspectos sumamente positivos y esperanzadores. En palabras de Mons. Jaime Fuentes, integrante del Sínodo, la doctrina de siempre sobre el matrimonio “ha sido reforzada y mejor presentada. (…) Se ha acertado en destacar la belleza del plan de Dios, que quiso instituir el matrimonio para el hombre y la mujer: uno con una y para siempre, y haciéndolos partícipes de su poder creador.”

Mucho se habló sobre este sínodo y mucho se polemizó sobre las posturas de unos y otros acerca de ciertos temas controversiales. Algunos esperaban cambios en las enseñanzas de la Iglesia, sobre todo en lo referente a la recepción de la comunión por parte de los divorciados vueltos a casar.  Pero, como suele ocurrir con los pronósticos de los vaticanistas, “el que entra Papa sale Cardenal”: las enseñanzas de la Iglesia respecto del matrimonio y la familia no se mantienen intactas, sino que salieron fortalecidas del Sínodo. Para muestra basta un botón: cuando en la Relación final se abre un “camino de discernimiento” para los divorciados vueltos a casar, se indica claramente que los sacerdotes deben acompañar a los interesados según las enseñanzas de la Iglesia y las orientaciones del Obispo.”

A nuestro juicio, esto es lo que cabía esperar del sínodo, y esto por varias razones:

En primer lugar, porque para que cambiara la doctrina sobre la recepción de la Eucaristía por parte de los divorciados vueltos a casar, debería cambiar la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio.

En segundo lugar, porque la Iglesia no niega ningún sacramento a nadie. Simplemente, exige un mínimo de condiciones al receptor de los mismos. Si esos requisitos no se cumplen, no se pueden ni entregar ni recibir los sacramentos. Pero la responsable en estos casos no es la Iglesia, sino quien, por diversas causas, no cumple con los requisitos. En otros campos, esta lógica se usa a diario sin discusión alguna. Si uno no ha cumplido determinada edad, no puede votar. Si uno olvidó el recibo que debe entregar a cambio de un paquete, no lo puede retirar. En cierto sentido, aspirar a cambiar los requisitos básicos exigidos para la recepción de los sacramentos, es como pretender  ensanchar los límites de una cancha de fútbol, agrandar los arcos o cambiar la forma de la pelota, en medio de un campeonato.

En tercer lugar, porque el Papa viene insistiendo desde los primeros instantes de su pontificado en la necesidad de que los católicos tengamos un corazón misericordioso, a la medida del Corazón de Cristo. Y la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio, es una de las muestras más radicales y contundentes del Amor y de la Misericordia de Dios, que el mismísimo Jesús nos dejó en los Evangelios. Al ser interrogado sobre el divorcio por los fariseos, Jesús dice: “Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así.” Con lo cual, si el divorcio es consecuencia de la dureza del corazón de los hombres, la unidad de los esposos es una manifestación de misericordia. Promover el matrimonio indisoluble, equivale por tanto, a promover la misericordia entre los cónyuges y por extensión, entre todos los integrantes de la familia humana.

En efecto, si un matrimonio quiere permanecer unido “hasta que la muerte los separe”, debe procurar vivir a diario la misericordia. Los esposos debemos aprender todos los días a pedir perdón y a perdonar -¡ay del que crea que su matrimonio está seguro y que ya no debe luchar por mantenerlo vivo!-. Naturalmente, los hábitos de perdonar y pedir perdón se adquieren con mayor facilidad,  cuando los cónyuges acostumbran a confesarse habitualmente. Pues quien tiene la experiencia de pedirle perdón al Señor y de ser perdonado con frecuencia por sus pecados, tendrá  el corazón más dispuesto a pedir perdón y a perdonar al interior de su familia. El perdón (con toda la carga de amor y misericordia, de magnanimidad y de humildad que lleva implícito), es a nuestro juicio, un elemento clave de la unidad conyugal. Por su parte, la incapacidad de perdonar, o lo que es lo mismo, la incapacidad de vivir la misericordia dentro del matrimonio es, seguramente, una de las causas principales del divorcio.

La misericordia, además, no es fruto de un sentimiento espontáneo que hoy se tiene y mañana no. Como todo amor auténtico, es un acto de la voluntad. Dice Javier Hervada que el novio le diga a la novia “quiero casarme contigo porque te amo”. Pero una vez casados, lo lógica se invierte y los cónyuges se dicen uno al otro: “te quiero porque eres mi esposa”. El querer no depende ya del sentimiento espontáneo –que los roces de la convivencia diaria en ocasiones pueden llegar a adormecer- , sino de la voluntad de querer al otro por lo que es, o mejor dicho, por quién es: su cónyuge, aquel o aquella a quien uno se comprometió a amar hasta el fin de sus días.

Vivir este compromiso, requiere esfuerzo y entrenamiento continuo. Y mucha oración y gracia de Dios. Como dijo el Cardenal Sturla, los católicos no somos “el club de los perfectos”: si lo fuéramos, buscar la santidad en la vida matrimonial, sería muy fácil. Pero somos pecadores, del primero al último, y por eso nos cuesta. Es tarea ardua luchar contra nuestros defectos y ser pacientes con los defectos de los demás. Y donde más nos cuesta –porque es donde podemos ser nosotros mismos- es en nuestro hogar. El secreto está en no abandonar la lucha jamás. ¿Me equivoqué? Pido perdón. En casa y en la confesión. Me levanto y vuelvo a luchar. Lo importante no es no caer, lo que de verdad importa, es levantarse siempre. Disponer la voluntad para amar siempre y hasta el fin, implica perdonar y pedir perdón muchas veces. Tantas como sea necesario: “hasta setenta veces siete”… Vivir la misericordia en el matrimonio Implica vencer el egoísmo, sacrificar el amor propio, entregarse sin reservas. A veces, en grado heroico.

La buena noticia es que la recompensa, no sólo tenemos que esperarla en el Cielo: también aquí en la Tierra se puede experimentar. Quien pese a sus defectos y a los que ajenos, procura vivir la misericordia en familia, llegará a poseer, más tarde o más temprano, una gran paz en el alma. Una paz que le hará inmensamente feliz. Una paz que no querrá cambiar por nada, y que, de alguna manera, le hará entrever el Cielo en la Tierra.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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