El día 17 de noviembre el Diputado Aldo Lamorte presentó en el Parlamento un proyecto de ley con el fin de crear el “bono educativo”. La idea es darle a los padres un bono equivalente al costo en que incurre el Estado por educar a sus hijos, para que ellos libremente, puedan elegir a qué institución de enseñanza pública o privada los quieren enviar.
Conceptualmente, es un sistema muy similar al FONASA, que a nuestro juicio, puede contribuir a “salvar” dos materias pendientes que tiene el Estado uruguayo con la sociedad:
a. mejorar los resultados académicos de los alumnos; y
b. garantizar la auténtica laicidad, tal como lo indica la Constitución de la República

a. Resultados académicos

A poco de presentado el proyecto en la Cámara de Diputados, una docente de la Universidad de la República -ex funcionaria de ANEP y del IPA-, comentó en Facebook que se oponía enérgicamente a dicha propuesta legislativa. Los argumentos que esgrimía esta docente podrían resumirse así:
1. El bono escolar no es capaz de solucionar el fracaso escolar, porque con o sin bono, el problema central de la educación, es la formación docente.
2. Si bien admitió que los liceos Jubilar, Providencia e Impulso tienen buenos resultados académicos, ello se debería a que estos centros educativos seleccionan a sus alumnos, limitan el número de alumnos que reciben y pueden contratar y despedir a gusto a los docentes, administrativos, etc. Todo esto -me dijo- es imposible en el sistema educativo público tradicional.
3. Si estas limitaciones se superaran, todo funcionaría bien.
Es cierto que los centros de enseñanza mencionados tienen mayor libertad de acción que los públicos. Es cierto que la libertad de la que gozan contribuye al mejor desempeño académico de sus alumnos. Y es cierto que la formación de los docentes del sistema público deja mucho que desear.
Precisamente por esas razones, entendemos que si el país quiere mejorar la educación, debe apostar –entre otras cosas- al bono escolar:
1. Si en barrios de contexto crítico hay colegios públicos de gestión privada que obtienen resultados académicos muy superiores a los que se obtienen en los centros de enseñanza públicos, lo lógico es procurar que los que funcionan bien, se fortalezcan, se amplíen y/o se multipliquen. Es necesario reproducir a como de lugar las experiencias que funcionan.
2. Si en lugar de tres, hubiera treinta o sesenta centros educativos privados (o públicos de gestión privada) exitosos, y los padres pudieran enviar a sus hijos allí sin necesidad de hacer un gran sacrificio económico -el bono los ayudaría-, ello contribuiría notablemente a descongestionar el superpoblado sistema educativo público.
3. Si la inamovilidad de los docentes del sistema público es un problema porque no es posible despedir a los ineptos, y si ese problema no lo tienen los centros educativos de gestión privada pues cuentan con mayor libertad, pues entonces lo que hay que hacer, una vez más, es apoyar el fortalecimiento, ampliación y multiplicación de estos centros que sí funcionan.
4. Si el gran problema es la formación docente, el bono podría hacer una notable contribución a su mejora. En primer lugar, porque si los docentes quieren conseguir y conservar su trabajo en los centros de enseñanza “exitosos”, deben demostrar que tienen una buena formación y buenas aptitudes docentes. Y en segundo lugar, porque si los docentes de la enseñanza pública no quieren ser reasignados a tareas no docentes por falta de alumnos a los que enseñar, deberán tomarse su formación profesional muy en serio, lo cual redundaría en mejores resultados académicos y en una atención más personalizada en los centros educativos públicos.
5. Finalmente, lo que hoy no se puede hacer en la educación, porque no hay margen de maniobra, es apostar a “más de lo mismo”, porque es obvio que nada de lo que vaya en ese sentido funciona. Es necesario buscar otras opciones. Y en la situación actual, es poco menos que suicida decirles “NO” a ciertas alternativas antes de probarlas, antes de evaluar su funcionamiento en el terreno.

b. Laicidad

Con la docente mencionada, nos enfrascamos además, en un debate sobre la laicidad. Ella, defendía la postura “oficial” tradicional, a la que agregó algunos puntos que en lo personal, no había oído con anterioridad. Me decía:
1. Cuando los padres mandan a sus hijos a un colegio confesional, hacen su voluntad, no la de su hijo, a quien estarían privando de su libertad.
2. La religión se puede aprender en la parroquia, la sinagoga, etc. ¿Por qué el Estado debe pagar a quienes enseñan diversas religiones, filosofías, doctrinas, etc.? ¿Acaso lo que se quiere es que el Estado financie la enseñanza de la religión?
3. Los católicos reclaman que se enseñe religión en el sistema público pero en sus colegios no enseñan nada sobre otras religiones.
4. Es posible enseñar respeto, sensibilidad social, sentido de justicia, sin ligar esa educación a un conjunto de tabúes religiosos.
5. En el sistema educativo público, no se dictan clases de ateísmo, ni se habla en contra de las creencias religiosas.
En mi opinión -le dije-, en Uruguay la laicidad brilla por su ausencia: lo que ocupa su lugar, en el mejor de los casos, es el laicismo. Y a sus argumentos, respondí -más o menos- del siguiente modo:
1. El Artículo 26. 3. de la Declaración Universal de Derechos Humanos, dice que “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.” Por tanto, el sentido común indica que los padres tienen tanto derecho a educar a sus hijos en sus propias convicciones religiosas, como en sus preferencias futbolísticas. Si después el hijo crece y del catolicismo se convierte al islamismo, o si de ser “manya” pasa a ser “bolso”, es otro problema.
2. Según el Art. 68 de nuestra Constitución, “Queda garantida la libertad de enseñanza”, y “Todo padre o tutor tiene derecho a elegir, para la enseñanza de sus hijos o pupilos, los maestros e instituciones que desee.” Lo que procura –entre otras cosas- el bono educativo, es que esta libertad se respete, se haga efectiva. Pues es evidente que en el mundo real, un matrimonio de escasos recursos, no puede enviar a sus hijos a un colegio privado donde enseñen religión (católica, judía, metodista), o idiomas (inglés, francés, alemán), u otras materias que el sistema público o bien no enseña, o bien enseña muy mal. El bono educativo puede generar un gran impacto social, sin que sea necesario incrementar el gasto estatal en educación. Es por tanto una medida popular, sin ser populista. En síntesis, si bien es cierto que la religión se puede aprender en la parroquia o en la sinagoga o en la casa paterna, el sistema educativo existe para educar en las materias más diversas. Y hay importantes aspectos de esa educación que la Constitución garantiza, pero que en la práctica no se contemplan.
Un tema relacionado que daría para escribir un libro entero, o quizá varias bibliotecas, es el de la currícula: ¿qué materias deben incluírse?, ¿por qué estas materias sí y por qué estas no?
En este sentido, es cuando menos curiosa, la dualidad de criterios que en algunos temas, se observa en quienes defienden el sistema educativo público tradicional. Porque mientras excluyen la religión de la enseñanza pública, por considerarla un asunto privado, incluyen la educación sexual, cuando la sexualidad toca la fibra más íntima de la persona. Entre paréntesis, cabe señalar, para que nadie se confunda, que en mi opinión el problema no es “educación sexual si” vs. “educación sexual no”, sino “qué educación sexual”. En este sentido, pienso que buena parte de la educación sexual que reciben nuestros niños y adolescentes en el sistema público tradicional, deja mucho –muchísimo- que desear.
3. Es por demás evidente que un colegio católico, tiene derecho a enseñar la religión católica, un colegio judío la religión judía, un colegio francés la lengua francesa, y un colegio alemán la lengua alemana. Si uno envía a sus hijos a un colegio caracterizado por la enseñanza del inglés, no puede pretender que además, les enseñen ruso, armenio, árabe y mandarín… El Estado, como vimos, garantiza a los padres en la Constitución de la República, la elección de la enseñanza que crean más conveniente para sus hijos, y por tanto debe facilitarles el acceso a ella. El bono escolar, “por el mismo precio”, permite a los padres acceder más fácilmente a una educación que de otro modo les sería prácticamente inaccesible.
4. Es cierto que se pueden enseñar muchas virtudes y valores sin referirlas a unas enseñanzas religiosas. Ahí está la Ley Natural para demostrarlo, desde los tiempos de Cicerón. Pero también es cierto que el sentido de trascendencia es, en último término, el que da fundamento y motivo para hacer propias esas virtudes y esos valores, y para incorporarlos a nuestra vida. Si existe un Dios, si ese Dios es nuestro Creador y nuestro Padre (como creemos los católicos), entonces ya no puedo tratar al otro como si fuera una cosa, como si fuera un peldaño al que puedo pisar para subir sin importar que le ocurra. Debo tratarlo más bien como a un hijo de mi Padre, que algún día me pedirá cuentas por cómo traté a mi hermano. Nada más lejos de un “conjunto de tabúes” – nada más humano…- que preocuparme por la felicidad de mis hermanos, con la esperanza de pintar una sonrisa en el rostro de mi Padre.
5. Es cierto que en el sistema educativo público no se dan clases de ateísmo. Y quizá sea cierto que no se habla en contra de las creencias religiosas. Pero no hacer mención alguna al hecho religioso, es “ningunearlo”. Y es evidente que el indiferentismo religioso, desemboca quiérase o no, en el ateísmo práctico, en el desconocimiento absoluto de lo que –en opinión de muchos, desde el Papa Francisco al Dalai Lama- debería ocupar el primer lugar en la vida del hombre.

Conclusión

A nuestro juicio, el proyecto del “bono educativo” presentado por el Arq. Lamorte tiene dos grandes virtudes.
La primera de todas, es que contribuye a avivar el debate sobre la educación. Ayuda a sacarlo de la noria, cada vez más “embarrada”, donde el tranco se hace cada vez más lento y donde cada vez se hunden más los que dan vuelta en círculos, recitando siempre el mismo mantra: “hay que mejorar la educación, hay que mejorar la formación de los docentes”… Siempre con las mejores intenciones, pero sin resultados visibles. Las orejeras, además, no les permiten a menudo, considerar otras alternativas. “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein…
La segunda gran virtud, es que es una alternativa real –probada con éxito en otras latitudes- que le da al país la doble ventaja de contribuir a la mejora de los resultados académicos, y de avanzar notablemente en materia de laicidad, de libertades públicas, de inclusión, y en definitiva, de democracia.
Álvaro Fernández Texeira Nunes

 

 

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