Aristóteles decía que hay tres formas de gobierno puras (la monarquía, la aristocracia y la democracia); y tres impuras (la tiranía, la oligarquía y la demagogia). Análogamente, a la laicidad, que podría considerarse como una forma “pura” de entender la convivencia en sociedades pluralistas, se le podría oponer el laicismo, como forma impura o corrupta. Así, mientras la laicidad procura ser ciega e imparcial desde el punto de vista confesional, el laicismo siempre es parcial, pues en lugar de facilitar y alentar la necesidad espiritual inherente a la dignidad humana, la solución que propone –o más bien impone- es cercenar a los ciudadanos la libertad de manifestar públicamente su fe, y de establecer un dialogo fecundo y constructivo con personas que profesan otras religiones distintas a la suya.

El Dr. Sanguinetti, luego de haber defendido la instalación de la cruz del Papa, parece haberse convertido en un fervoroso defensor de esta visión corrupta de la laicidad, es decir, del laicismo. En una carta abierta manifestó su temor a que el terreno anexo a la Aduana de Oribe se transforme en una “iglesia al aire libre”.
¿Cuál es el significado de la palabra “iglesia” según el Diccionario de la Real Academia Española? La primera acepción dice: “Congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo.” Congregación, es sinónimo de reunión. Pues bien, el derecho de reunión está consagrado en el Artículo 38 de la Constitución de la República: “Queda garantido el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no podrá ser desconocido por ninguna autoridad de la República sino en virtud de una ley, y solamente en cuanto se oponga a la salud, la seguridad y el orden públicos.” Si los fieles cristianos en virtud del bautismo nos reunimos en un espacio público, al aire libre, ¿cuál es el problema? ¿Piensa negarnos ese derecho el Dr. Sanguinetti? ¿O estará queriendo retroceder a tiempos que todos queremos olvidar? Si es por el costo, puede estar tranquilo, que esa iglesia a cielo abierto, al Estado no le costará un peso. Si es por la ecología, tampoco debería preocuparse, porque a diferencia de quienes se reúnen por las mismas fechas que nosotros a venerar a Iemanjá en la Playa Ramirez, el predio que utilizamos, queda limpio. Lo recuerdo sin ánimo de ofender a nadie. Solo quiero dejar claro que los católicos no generamos ni problemas ambientales, ni costos para la IMM con nuestras reuniones al aire libre. Todo el dinero sale de nuestros bolsillos.
En ese lugar, además, se realiza sólo una reunión pública por año, a fines de Enero, para rezar el Rosario. La ejemplaridad de las reuniones que se vienen celebrando desde hace ya cinco años en la Aduana de Oribe, se debe en muy buena medida, a que quien convoca, es la Virgen. ¿Parece tan injusto pretender que quede en ese lugar una imagen fija, como está la de Iemanjá al lado de la Sede del Mercosur? ¿Acaso existe el temor de que el pueblo uruguayo empiece a ver que hay un lugar en nuestra Patria, en el que miles de personas de distinta extracción social, ideología política, nivel socioeconómico, etc., se pueden congregar en paz para rezar, para elevar el alma a Dios? ¿Qué mal hay en ello?
A propósito de Iemanjá, el Dr. Sanguinetti dice que “no es un lugar de culto”. Si como él afirma no lo es, cabe preguntarse por qué razón cada 3 de Febrero, aparecen en la playa todo tipo de ofrendas: velas, flores, perfumes, frutas, collares, pulseras, gallinas, etc. Y en cuanto a que Iemanja “no posee la carga simbólica de la Iglesia Católica”, parece bastante aventurado opinar sobre la carga simbólica que cada persona le da o le deja de dar a su religión… El problema, por tanto, no parece ser con “las religiones”, sino con una religión en particular: la católica. La misma religión, la misma Iglesia que lo invitó a exponer sus ideas en el Atrio de los Gentiles a fines de 2016.
Como muy bien dijo hace poco un sacerdote en un artículo publicado en facebook, si la imagen de la Virgen hiere la neutralidad e imparcialidad del Estado ante las diversas concepciones religiosas, pues entonces también hieren la neutralidad e imparcialidad del Estado ante las diversas concepciones políticas, los monumentos a Batlle y a Saravia, a Luis Batlle y a Luis Alberto de Herrera, a Oribe y a Rivera… Pero están allí porque pese a que a los del partido contrario no les gusten ciertos personajes, son parte de nuestra historia. Sería un pésimo ejemplo de civismo negar el debido homenaje a los hombres que protagonizaron nuestra historia, de un lado y de otro, para no herir sensibilidades partidarias.
La Virgen, guste o no al Dr. Sanguinetti, también es parte de nuestra historia. Ante la imagen que hoy se venera en la Catedral de Florida, se arrodillaron los héroes de nuestra Independencia antes de emprender la Cruzada Libertadora.
Nada tiene de extraño, por tanto, que los montevideanos –siguiendo el ejemplo de los floridenses, que además de la imagen original, tienen un enorme monumento en honor a la Virgen en la entrada de su ciudad capital- queramos instalar en la Rambla, una imagen de gran tamaño de Nuestra Señora.
Cabe preguntarse además –según el criterio del Dr. Sanguinetti- qué habría que hacer con las imágenes religiosas que están en las fachadas o en los techos de los templos católicos, expuestos a la vista del público. O con la fuente de la Plaza Matriz y otros muchos edificios de nuestra ciudad, que ostentan símbolos masónicos… ¿Considera el Dr. Sanguinetti que habría que revestir de frío cemento todas esas estructuras, para ocultar sus imágenes de contenido simbólico o religioso? Parece ridículo.
Para terminar, una imagen de la Virgen María en la Aduana de Oribe, resulta ser una iniciativa de justicia histórica. Porque fue el Brigadier General Manuel Oribe quien le regaló a la Virgen de los Treinta y Tres, la corona que ostenta la imagen que se conserva en la Catedral de Florida. Y que conste que Oribe era masón: señal de que no siempre el retroceso mental se encuentra al mirar hacia atrás. A veces se hallan edificantes ejemplos de tolerancia y apertura, que sería bueno ver más a menudo en nuestros días.
Álvaro Fernández Texeira Nunes
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