Hoy, por lo general, los partidos políticos se forman con la intención de alcanzar el poder y gobernar a los pueblos de los que proceden. Algo de eso hubo cuando el 10 de agosto de 1836, el Brig. Gral. Manuel Oribe, mandó estampar en las divisas del Ejército Nacional, la leyenda “Defensores de las Leyes”, pero en este caso, no fue lo principal. Oribe no tuvo intención de formar un partido, pues ya estaba ejerciendo la Presidencia de su país. Necesitaba sí, defenderse de ciertos ciudadanos que, luego de haber administrado muy mal los recursos del pueblo, encima pretendían tirar abajo todas las reformas que se habían hecho y el orden impuesto en la administración pública. Y todo para seguir gozando de sus privilegios.

Ya antes de la fecha en que los blancos conmemoramos la fundación del Partido Nacional -y que en los hechos es la fecha de institución de la divisa blanca-, Oribe protagonizó dos actos magnánimos, de esos que sólo pueden provenir de un auténtico patriota y un convencido republicano: por dos veces, se negó a apoyar al Libertdor Gral. Lavalleja, en sus levantamientos contra Rivera. Por supuesto que Oribe estaba de acuerdo con Lavalleja en que el gobierno de Rivera –o mejor dicho, el desgobierno de los “cinco hermanos”, que eran quienes de hecho mandaban- era desastroso. Pero por la paz de la República, y con la intención de darle una carta de crédito al gobierno legítimamente establecido, se negó a ir a la guerra y a derrocarlo por la fuerza. Rivera, sin embargo, sí se alzó contra el gobierno de Oribe. Y para derrotarlo, se alió con los brasileros, que habían sido gravemente perjudicados por Don Manuel cuando este decretó –en otro magnánimo gesto- la abolición de la esclavitud en todo el territorio nacional, que determinó, como es natural, la fuga de una enorme cantidad de esclavos hacia nuestro pago.

Una última anécdota completa el bosquejo. Cuando a la viuda de su viejo amigo, Don Norberto Larravide, gran promotor de la Villa de la Restauración, terminó casi en la miseria junto a sus diez hijos, Oribe, ya muy enfermo, se presentó en su casa y le dijo: “Disponga de mis bienes como si fueran suyos”.

Más tarde, el “patético 2 de enero” de 1865, Leandro Gómez se sacriificaría en defensa de la soberanía nacional en la heroica Paysandú. Si al finalizar el combate, se hubiera entregado a los brasileros, habría salvado su vida. Pero prefirió entregarse a sus compatriotas, los orientales de Flores, antes que al Imperio. Y murió fusilado, junto a varios de sus oficiales, a manos de Gregorio Suárez, más conocido como “Goyo Jeta”.

De alguna manera, estos fusilamientos fueron consecuencia no esperada de la magnanimidad de otro gran blanco… En setiembre de 1863, el General Timoteo Aparicio estaba muy cerca de vencer a las fuerzas de Venancio Flores comandadas por Gregorio Suárez en una batalla que se desarrolló cerca del Cerro del Pedernal. Viéndose casi derrotado, Goyo Jeta le propuso a Timoteo batirse en un duelo a lanza. Timoteo lo bajó del caballo de un lanzazo y tuvo en sus manos la decisión de matarlo, o perdonarle la vida. Y este gran blanco, misericordioso, magnánimo, optó por lo segundo. Goyo Jeta demostró meses más tarde, no haber estado jamás a la altura de su enemigo.

Son incontables las anécdotas sobre la generosidad a manos llenas de Aparicio Saravia, tanto en la paz como en la guerra, al punto que ofreció los títulos de sus campos para financiar la revolución. El hombre que en batalla llegó a atravesar a dos enemigos de un solo lanzazo, al final de una batalla, viendo a un bravo colorado con el facón en una mano y el poncho enrollado en el antebrazo opuesto, rodeado por varios blancos, ordenó que lo dejaran en paz. Ante el asombro de los suyos, Aparicio explicó que no es bueno para la Patria matar a un hombre valiente, dispuesto a pelear en inferioridad de condiciones. Esta actitud denota, además de magnanimidad, la coherencia de Aparicio consigo mismo.

Porque las primeras órdenes generales en la revolución de 1904, escritas de puño y letra por Aparicio, dicen así:

O. g. n. 1. Para conocimiento de los Sres. Jefes, oficiales y tropa, se hace saber que todo individuo del ejército que en acción de guerra o fuera de ella atente contra la vida o infiera innecesariamente malos tratamientos a enemigos rendidos, será sometido a consejo de guerra.”

O. g. n. 2 Art. 1 Queda terminantemente prohibido registrar bajo pretexto alguno, casas y galpones, y hacer a sus dueños o encargados exigencias de cualquier especie (…) Art. 3º. Los infractores de estas disposiciones serán aprehendidos por cualquier jefe y entregados para su castigo a los Jefes de las Divisiones que sirvan. Cuartel General, febrero 6 de 1904.

Aparicio Saravia

Y es sabido que si bien Don Carmelo Cabrera construyó más de un puente provisorio para que las tropas pudieran cruzar ríos y arroyos, Aparicio nunca voló un puente, aún sabiendo que el gobierno se servía de ellos para enviar municiones y tropas a combatir contra él.

Otra anécdota sobre la magnanimidad de Saravia, fue contada a Don Jorge Pelfort por un colorado, Don Atanasio Delgado, que fuera caudillo batllista durante medio siglo en la zona de Cerro Colorado. Parece que ambos estaban en una feria de ganado en Reboledo, cuando Delgado descubrió una calcomanía con la imagen de Aparicio en la camioneta de Pelfort. Empezaron a conversar y Delgado le contó que siendo adolescente, había conocido a Aparicio. Según cuenta Pelfort, un buen día, durante la revolución de 1904, Aparicio llegó hasta la estancia de su familia “para preguntarle a mi padre si tenía alguna queja de su gente y si venían carneando y quemando postes de alambrado parejo a blancos y colorados, como era su orden… Mi padre contestó que así era, en efecto, que por el momento no tenía ninguna queja que formular. Después de recomendarle que si la tuviera no vacilara en hacérselo saber, saludó muy cortésmente, montó y se alejó al frente de los suyos… Sí, mi amigo -concluyó don Atanasio- yo conservo gran respeto por la figura de Aparicio Saravia”.

Ningún caudillo blanco, en 180 años de existencia del Partido, hizo una revolución para hacerse con el gobierno y desde él, ejercer el poder. Todos pelearon por la libertad, por el cumplimiento de los pactos, por el voto secreto… Basta recordar el episodio de “La Cerrillada”, ocurrido tras las elecciones de 1926. Durante el conteo de votos, se verificaron irregularidades que ameritaban la impugnación de la elección. Batlle, concentró las fuerzas del ejército en Los Cerrillos, y estaba pronto para enfrentar una revuelta popular. Hasta que apareció el blanco generoso y magnánimo del momento: para evitar un desenlace fatal, Luis Alberto de Herrera sentenció, en frase que se hizo famosa, “que se lo lleven todo, menos la paz de la República.”

Años más tarde, Wilson, el odiado Wilson, el “loco” Wilson, del que se decía que a su regreso, iba a llamar a los blancos poco menos que a las armas, a horas de ser liberado de la más injusta prisión sufrida por político alguno en suelo oriental, salió a hablar de “gobernabilidad”. Y se comprometió “a votarle en el Parlamento al Gobierno que presidirá el Dr. Sanguinetti todo aquello en lo que coincidamos -y a condición de que no comprometa principios esenciales-, todo lo que, aunque no coincidamos, resulte indispensable para proporcionarle al nuevo Gobierno la posibilidad de moverse, de gobernar.” Y ello a sabiendas de todo el “circo” previo (el mantenimiento de su proscripción y su prisión) se armó para asegurar que el Presidente electo fuera Sanguinetti.

Wilson se “bancó” la rastrera jugarreta del Club Naval. Wilson se •”bancó” la Ley de Caducidad (fruto directo del Club Naval), y las críticas de sus propios compañeros por apoyarla, aunque no fuera de su agrado. Wilson creó las leyes y las instituciones que permitieron al país un despegue productivo que llegó varios años después de su muerte. La magnanimidad de Wilson para con el país, no tuvo límites, al punto que muchos opinan que su muerte, se debió a los grandes sufrimientos padecidos en su lucha POR LA PATRIA. Es que un gigante como Wilson, no podía morir de otra manera.

El tiempo siguió pasando y llegó el día en que un legislador del Frente Amplio, presentó unos faxes “truchos” como prueba para acusar de corrupción a un Ministro del Partido Nacional. Ese legislador, habría terminado con sus huesos en la cárcel si el acusado -el Dr. Guillermo García Costa- y el Directorio del Partido, hubieran decidido iniciar acciones legales en su contra. Pero fueron magnánimos, y Leonardo Nicolini quedó libre. Como suele suceder, para seguir falsificando documentos…

El Partido Nacional, ha sido siempre el partido de la magnanimidad, del alma grande y generosa hasta el límite de sus fuerzas. Es el Partido que tradicionalmente ha pensado más en el bien común que en el de sus dirigentes o sus militantes. Los blancos de hoy, tenemos el deber ineludible de honrar esa tradición, que es parte de nuestra identidad. Tan es así, que esa magnanimidad es lo que el pueblo siempre espera de los blancos. Y es por eso que con los blancos, cualquier gobierno puede contar cuando se trata de construir.

Un auténtico blanco, es algo más que un votante, un militante o un dirigente del Partido Nacional, que pueden ser más o menos blancos, o no serlo en absoluto: un blanco, es alguien que se la juega siempre por la libertad, con el único límite de la Constitución; es alguien que cuando de exigir justicia se trata, es capaz de ofrecer misericordia; es alguien que cuando el rival político está en el suelo, prefiere tenderle la mano que hacer leña del árbol caído; es alguien que es capaz de renunciar a lo que en justicia le corresponde por el bien de la patria; es alguien que defiende a muerte las autonomias locales y regionales, pero que piensa el Uruguay como parte de una patria más grande; es alguien demasiado generoso como para pensar en su carguito o en el beneficio que a sí mismo le pueda reportar la aprobación o el rechazo de una ley. Y es alguien que aprobada una ley, mientras no vaya en contra del espíritu y la letra de la Constitución, le guste o no le guste, la respeta.

Hoy, 10 de Agosto de 2016, le pido a Dios que se siga acordando de este viejo, querido y sufrido Partido Nacional. Que sigan engrosando sus filas votantes, militantes y dirigentes, de los que salgan los caudillos probos, sabios, generosos y valientes, capaces enfrentar con magnanimidad los desafíos que la hora exige. Que estos hombres y mujeres, piensen de verdad –y no solo “para la tribuna”-, primero en el país, luego en el Partido y por último en sí mismos. Como decía el Esc. Dardo Ortiz, “lo que es bueno para el país, es bueno para el Partido Nacional”. Y lo que es bueno para el Partido, es bueno para cada uno de los que lo integramos y para los orientales todos. Que la gracia obre en las almas de los blancos para que no olvidemos jamás que nuestra vocación es servir a la Patria. Cueste lo que cueste.

¡¡¡FELICES 180 AÑOS, VIEJO Y QUERIDO PARTIDO NACIONAL, VIVAN LOS BLANCOS, CARAJO!!!

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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