Nací en una familia que celebraba la Navidad con arbolito, pero sin pesebre. Con Papá Noel, que traía regalos, pero sin Jesús. Con mucha comida rica, pero sin Misa de Nochebuena. Con abundancia de fuegos artificiales, pero sin fuego de Dios en el alma.

Mamá era católica, pero no practicaba mucho. Papá no era creyente y ella respetaba tanto sus creencias, que guardaba las suyas en su intimidad. Eso sí: a mí me bautizó un mes y medio después que nací, y me enseñó a rezarle a la Virgen de Lourdes -de la cual era devota-, desde muy temprana edad. También me llevaba a la Gruta de Lourdes algunos domingos. No íbamos a Misa. Domingo por medio papá se iba a la Parva Domus y mamá y yo comíamos ravioles. Así era su vida, esas eran sus creencias. Siempre los respeté y siempre los quise por lo que eran: mis papás. Un día empecé a pensar diferente en algunas cosas. Pero nunca dejé de quererlos… Muy por el contrario, empecé a quererlos más. Mucho más.

Porque un buen día, un amigo al que quiero mucho y veo poco, me invitó a una meditación con un sacerdote católico. Fui una vez, dos veces… La segunda, más retobado que la primera… Pero el cura me “quebró”, y me enganché. La Navidad de ese año 1989, a dos meses de cumplir 26 años, armé mi primer pesebre. Lo puse en un lugar de la casa poco concurrido; y por eso mismo, llamaba al recogimiento.

Cinco años más tarde me casé. Había llegado el momento de poner el pesebre en el lugar más destacado de mi hogar. De nuestro hogar. Nos ilusionaba ir consiguiendo nuevas piezas con el pasar de los años. Y también ver algún día a nuestros hijos armando el pesebre.

Dios tenía para nosotros otros planes. Nuestro único hijo se fue al Cielo antes de nacer. Falleció un 2 de diciembre. Desde ese entonces, un bebé visita nuestro hogar todos los años para estas fechas: es el Niño Jesús. Y procuramos recibirlo siempre con inmenso cariño…

Pasaron los años y el pesebre de muchas piezas se volvió casi inmanejable. Lo regalamos. Ahora, tenemos otro compuesto por Santa María, con el Niño en brazos y San José, en una pequeña capilla. Junto a ellos, los Tres Reyes Magos. Es de una increíble belleza. Nos lo regaló una amiga, que lo hizo con sus propias manos. Tiene el encanto de lo casero y la elegancia de una obra de arte clásica. Llama a la oración.

Desde hace años, nuestras reuniones familiares son muy reducidas. Este año, echaremos de menos a mi suegra, que en noviembre partió a la casa del Padre. Estaremos Magdalena, mi suegro y yo. María, José, Jesús, Melchor, Gaspar y Baltasar. Y a falta de un buey y un burrito, estarán Manolo –nuestro Labrador- y el Ratón –nuestro Scottish Terrier-…

En Nochebuena, luego de asistir a Misa, tenemos por costumbre cenar algo especial, pero sencillo,. Nada muy elaborado. Por lo general, sándwiches y helado. Tampoco nos matamos con los fuegos artificiales… Los vecinos los compran por nosotros y, la verdad sea dicha, son más generosos de lo que conviene a los oídos de nuestros perros. Papá Noel, no entra por nuestra chimenea y por tanto, no trae regalos.

Pero tenemos a Jesús, a María y a José. Tenemos al Niño Dios representado en una figura de yeso, que nos pregunta inerme desde los brazos de María: “El año que viene… ¿me vas a querer más? Porque Yo, a pesar de tus miserias, siempre te quise, te quiero y te querré con locura. ¡Sabelo!”

En Navidad… ¿se puede pedir más?

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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