No estoy de acuerdo con el “muro de Trump”. O mejor dicho, con el muro que otros, silenciosamente empezaron y que Trump, bulliciosamente, quiere terminar. La razón por la cual no estoy de acuerdo, es que en pleno siglo XXI, un muro es más un símbolo que una barrera física, ya que puede ser violado y evadido de mil formas distintas. Aún no termino de decidir si es peor como símbolo o como barrera física…
Pese a ello, pienso que el muro de Trump no es el peor de los muros: los seres libres que se mueven en su entorno, pueden decidir si intentarán cruzarlo o no, pueden decidir si tratarán de evadirlo por aire o por vía subterránea, o si tratarán de ingresar a los Estados Unidos por mar, por la frontera de Canadá, etc. Hay otro muro, sin embargo, en el que la decisión de cruzarlo o no, no depende de uno, sino de otro; y la decisión de no dejar cruzar a quienes lo intentan, está amparada por ley en los Estados Unidos desde 1973: es el muro del aborto, al que la Sra. Clinton y sus secuaces, querían seguir agregando ladrillos de carne humana…

Si el muro de Trump en la frontera con México es estúpido, el muro del aborto es infinitamente peor, porque es un muro letal, equivalente a una cerca electrificada de forma permanente. Por eso me alegra que el Sr. Trump y el Sr. Pence hayan manifestado su postura contraria al aborto legal y al subsidio de la “multinacional del aborto”, Planned Parenthood.

En Enero de 2013, se estimaba que desde la legalización del aborto en 1973, en los Estados Unidos de América registraron unos cincuenta y seis millones de abortos. Como la cifra de los últimos años se estima menor al promedio general (un millón cuatrocientos mil abortos por año), podemos suponer que a la fecha, la cifra de abortos ronda los sesenta millones.
Sesenta millones de seres humanos que no han llegado a ver la luz. Sesenta millones de seres humanos a los que no se les preguntó si querían vivir o no. Sesenta millones de seres humanos que en algún momento de su gestación, se toparon con un muro ideológico – jurídico – tecnológico, infinitamente más inexpugnable que el famoso muro del Sr. Trump, quizá por estar sostenido con una argamasa muy particular: la sangre de los -y las- inocentes.
Claro, después resulta que “el nuevo Hitler” es el Sr. Trump. Y la Sra. Clinton es poco menos que Blancanieves. Hay que tener una mente muy pequeña para no darse cuenta de que si el muro de Trump es malo, el muro del aborto es mucho, muchísimo peor. Sesenta millones de seres humanos… Veinte veces la población del Uruguay, asesinada y tirada a la basura. Pero claro, los Carter, los Clinton, los Obamas, no son Hitler… Sesenta millones de homicidios dentro de la legalidad, perpetrados en cientos de clínicas perfectamente esterilizadas y al amparo de la ley, no son diez holocaustos… Para nada… Ellos no son Hitler, no: son Blancanieves…
Lo peor, por tanto, no son los sesenta millones de niños muertos. Lo peor es la hipocresía de cientos de millones de adultos vivos que ahora se rasgan las vestiduras ante la puesta en práctica de políticas migratorias aprobadas hace muchos años, pero que no fueron capaces en el pasado, de alzar su voz ante el homicidio de seres inocentes e inermes, carentes de la voz y la fuerza física necesarias para hacer valer su derecho a la vida, su derecho a nacer, su derecho a existir.
Precisamente hoy, se leyó en la Santa Misa un pasaje del Génesis en el que Dios dice: “Yo pediré cuenta de la sangre de cada uno de ustedes: (…) pediré cuenta al hombre de la vida de su prójimo.” (Gn 9 1-13.) A mí no me cabe duda que Dios pedirá cuenta a Trump por su muro. Pero no quiero imaginar la cuenta que le pedirá a quienes promovieron el aborto. Y a quienes no se opusieron, debiendo hacerlo. Y a quienes invirtiendo la jerarquía, colaron un mosquito… y se tragaron un camello.
Álvaro Fernández Texeira Nunes
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