Cerró los ojos. Al rato los abrió de nuevo. Cansado y presa de una rara sensación se levantó de la cama, se arrodilló junto a ella y agradeció al Señor por el nuevo día. Al levantar la vista, observó que en su cama, de espaldas, estaba Olga, su antigua compañera de la infancia. Con ella había iniciado un noviazgo años atrás, antes de hacerse sacerdote.

Se bañó, se vistió y al salir del baño, volvió a mirar la cama. Olga seguía allí. Un tanto perplejo, fue a hacer el desayuno. Sacó dos tazas del modesto armario y preparó café con leche para dos. Cuando fue a calentar las tostadas vio que quedaban tres en el paquete. Tomó para sí la más “flaca”, y puso en el plato de Olga las otras dos. Desayunó sólo en la mesa de la cocina, como todos los días. Y le dejó preparado el café a su esposa…

Se levantó de la mesa procurando no hacer ruido. Tomó su viejo maletín, se puso su gastada campera y salió a la calle. Caminó cuatro cuadras bajo una llovizna penetrante hasta alcanzar la parada del ómnibus. Eran las 7:15. Tenía que celebrar Misa a las 8:00 en un convento de monjas. Llegó a tiempo, celebró la Misa y tras ella, como ese día tocaba, pasó una hora confesando a las monjas… que eran seis.

También confesó, a Matilde, la empleada de la limpieza. Era una mujer mayor, divorciada y con un hijo drogadicto y una hija madre soltera. El sacerdote la quería mucho, pero era bravo cortarla cuando empezaba a contarle sus cuitas. Él siempre tenía tiempo para Matilde, y si no lo tenía, se lo hacía, pero ese día tenía que tomar unos exámenes del Curso de Teología Moral que estaba dando a un grupo de laicos en la Facultad. Mientras Matilde le contaba por quinta vez que ayer su hijo le había robado el bolso entero para comprar droga, al cura le vino a la mente Olga, su esposa, tirada en su cama, y de nuevo lo invadió una sensación de inquietud.

Tras media hora en el confesionario, una monja llegó en auxilio del cura, tocó en el hombro a Matilde y le dijo que la precisaba para ir a hacer un mandado. El sacerdote le dio la bendición a la buena mujer, tomó su maletín, saludó a las monjas y se fue a tomar el ómnibus. Llegó a la Facultad cerca de las 11:00, con el tiempo justo para ordenar sus papeles, tomar un vaso de agua y dirigirse al salón de clase. En el curso había diecisiete alumnos, de los cuales trece eran mujeres. El examen se desarrolló con normalidad, y cuando terminó, una de las alumnas, de unos treinta años, le preguntó si podía hablar con él. De hecho era una de las tantas alumnas a las que además de clases, les daba dirección espiritual. La mujer le contó sus problemas, tenía algunas dudas de fe, no sabía si su novio era o no el adecuado, no sabía si seguir adelante con el curso o si debía iniciar la carrera de Ciencias Sociales…

El cura le dedicó media hora y la aconsejó lo mejor que pudo. Comió un sándwich y un flan en la cantina de la Facultad, levantó su maletín de la sala de profesores y salió rumbo al hogar de ancianos, donde lo esperaban veinte mujeres y cinco hombres, a los que atendía espiritualmente. Del hogar salió a las cinco y media de la tarde con el tiempo justo para tomar el ómnibus y trasladarse hasta una casa de pompas fúnebres al otro lado de la ciudad, donde lo esperaba una amiga de la juventud que acababa de perder a su madre. El cura tenía aún mil problemas que resolver esa tarde, pero con su viejo celular Nokia canceló algunas citas por teléfono y se hizo un tiempo para celebrar una Misa por el alma de Mirta, en cuya cocina había comido tantas veces tostadas con manteca y azúcar… Pobre Mirta. Cuando terminó la Misa, Mirtita, su amiga, le agradeció el cariño que había puesto en la celebración y le preguntó:

-¿Y Olga? ¿Anda bien? Hace tiempo que no veo a tu mujer…-

-Bien…- dijo el sacerdote. Pero le invadió de nuevo el sentimiento de inquietud.

Del velorio, volvió a su parroquia y se reunió alternativamente con cinco mujeres del grupo de Biblia, y con cuatro del grupo de Liturgia. Finalmente confesó a seis de esas mujeres. A las diez y media de la noche, llegó a su casa, un minúsculo apartamentito pegado a la parroquia. Allí lo estaba esperando Olga, con su comida preferida. Se había puesto un vestido rojo, estaba muy bien maquillada y peinada de peluquería. Terminado el banquete, Olga le preguntó a su marido:

-Gordo, sabés que hace un rato pasé por la parroquia y ví que en la cola de la confesión, estaba Elena… ¿Cómo anda, tanto tiempo que no la veo? Me contó Alicia que últimamente andaba mal con su marido… Me preocupa por los nenes…

-Querida, no puedo…- contestó el cura.

–Ufa, ya sé, ya sé, secreto de confesión. Pero con tu mujer, ¡no podés tener secretos! ¿No somos una sola carne? ¿No dijiste eso el otro día en el curso de novios? ¡Dale, gordo, contame, no seas así! Igual, tarde o temprano me voy a enterar. ¿Qué daño puede hacer?

–Vos sabés bien que no puedo, de verdad…- repitió el cura. –Sabés como es esto…-

–¿Así que no podés, eh? Claro… el Sr. habla con todas las mujeres del barrio, menos con su esposa. Mirá que lindo… ¿Quién se va a morir porque me cuentes un poquito, eh? ¿Pero sabés qué? Está bien. Está bien. Lo voy a tener en cuenta. Hasta mañana.-

Dicho esto, se dio media vuelta y se fue a dormir, enfurruñada… El cura quedó en vela hasta las dos de la mañana, imaginando cómo podría arreglar la situación. A las seis y media sonó de nuevo el despertador y volvió a las rutinas mañaneras del día anterior. Poco después iniciaba sus múltiples actividades: celebración de la Santa Misa y confesiones en otro convento de monjas; reunión con las mujeres de la Milicia de María; reunión con el grupo de Lectura Meditada de la Biblia; reunión con las catequistas; reunión con el grupo de Confirmación, reunión con el grupo de novios, con la secretaria de la Parroquia, con la encargada de la limpieza…

Esa noche, después de confesar a siete mujeres, llegó a casa, más tarde que de costumbre y Olga no estaba de tan buen humor como la noche anterior:

-¡Otra vez llegando a las once de la noche? ¿Para qué te casaste? ¡Hubieras permanecido célibe! ¡No tenemos vida! ¡Te pasás resolviendo problemas de otras mujeres por acá y por allá… y tu esposa??? ¿Qué soy yo? ¿El felpudo de la parroquia? El burlete de la puerta de la cocina, lo tuve que poner yo, ¡porque vos nunca tenés tiempo para nada! Además, ¡no tenemos un peso partido por la mitad! Mi amiga María Laura se fue a Europa con Jorge, Josefina se fue con Juanjo al Caribe… ¿Y vos me proponés veranear en la Parroquia de Villa Carlitos, donde en verano hay 55 grados a la sombra? ¡Sos la caída! ¡Quién me mandó casarme contigo! Espero no quedar embarazada hasta que te salga un traslado a Alemania, mirá… Con la miseria que ganás acá, es imposible vivir dos personas. ¡¡¡imaginate mantener un hijo!!! Solo Dios sabe como sos capaz de aguantar esta vida…

-Es mi vocación- respondió el cura.

-¡Pero la mía no!- estalló Olga.

El cura estuvo a punto de responder “¡Se nota!”, pero se mordió la lengua. Se fueron a dormir como a las doce y de repente, como entre sueños, el cura sintió unos lambetazos en la nariz.

-¡Olga, no, pará…! ¿Qué te pasa mujer?-

El sacerdote abrió los ojos y era su perra, Candy, que lo estaba despertando para que le abriera la puerta del patio.

-¿Eh? ¿Cómo?- dijo medio dormido… Se dio vuelta, y la segunda plaza de la cama, con Olga y todo, habían desaparecido como por arte de magia… Estaba solo, como siempre, en su modesta cama.

-¡Dios mío!- gritó el cura lanzando un fuerte suspiro- ¡Gracias, gracias, gracias, Dios mío! ¡Qué pesadilla! ¡Bendito seas! ¡Bendito sea el celibato sacerdotal! ¡Era obvio! ¡¡¡Por lo absurdo, tenía que ser un sueño!!! ¡Ahhhh… que alivio! ¡Gracias Dios mío! ¡Gracias!

Ese día, el cura tuvo muchísimo trabajo. Llamó a Mirta, para confirmar que seguía viva y al oír la inconfundible voz de la madre de su amiga, le dijo:

-¡Hola Mirta, soy el cura, te quiero mucho, jajaja!-, y colgó, ante el asombro de la mujer.

En todos lados se lo vio radiante ese día… y los siguientes. Andaba para acá y para allá con una sonrisa de oreja a oreja. Algunos lo escucharon en la cocina, en el baño, en el salón de clase, en el patio, dar gracias a Dios y reírse solo… Otros lo vieron bailando con su perra en brazos, loco de la vida mientras Candy le lamía los cachetes. Una señora le dijo:

-¡Padre, qué contento se lo ve! ¡Parece que estuviera enamorado!-

-Si Juanita, sí… ¡De Jesús, como siempre! Pero después de la otra noche, más que nunca de Él, ¡y sólo de Él!-.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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