Leyendo la excelente biografía de Andrés Vázquez de Prada sobre Santo Tomás Moro, me encontré con un pasaje en el cual, el autor, refiriéndose a quien fuera Lord Canciller de Inglaterra, dice:

“Han tenido que correr varios siglos y alzar la voz muchos enamorados de su persona —anglicanos y católicos—, y muchos estudiosos ganados por su cariño para que el juez, el humanista y el cristiano ocupe de nuevo su justo sitio en la historia del pensamiento europeo. Pero queda aún por meditar su dulce y recia lección. A saber: que la santa intransigencia se aviene perfectamente con la cristiana tolerancia.”[i]

Santo Tomás Moro vivió en una época turbulenta (nada más ni nada menos que en los tiempos de la reforma, a la cual en Inglaterra, se sumó “el problema del rey” (la imposibilidad de tener un heredero varón con su legítima esposa, Catalina de Aragón). Pero según demuestra el autor del libro logró compaginar perfectamente ambas virtudes.

Cristiana tolerancia y santa intransigencia

La “cristiana tolerancia” de Moro, se destaca, por ejemplo, en este pasaje de sus “Trabajos”, citado por Vázquez de Prada: “Por lo que toca a los herejes, odio su vicio y no sus personas; y bien quisiera que se destruyese aquel y se salvaran éstas. Por muy vocingleramente que me detracten estos benditos hermanos, profesores y predicadores de herejía, no me anima otra intención. Y si se conocieran los favores y misericordia que con ellos he usado para corregirles, os aseguro que eso quedaría palmariamente de manifiesto.”[ii]

Su “santa intransigencia”, queda establecida también por biógrafo del santo inglés, al citar un pasaje de una carta enviada por él a su entrañable amigo, Erasmo de Rotterdam: “Con arrogancia consigné lo que declaro en el epitafio sobre haber causado malestar a los herejes[iii]. Porque tanto aborrezco a ese tipo de personas que a nadie mostraría mayor hostilidad, a no ser que se corrijan. Y cada día que pasa me doy cuenta de que son tales, que presiento con terror el mal que van a ocasionar al mundo.”

A primera vista, parecería que Moro aborrece a determinadas personas, pero como queda demostrado en la cita anterior –y en el conjunto de la vida y obra del Santo Patrono de los Políticos-, que lo que en realidad aborrece, es el pensamiento, las ideas de esas personas por el mal que pueden ocasionar al mundo, y no a las personas mismas. De hecho, se muestra dispuesto a cesar su hostilidad apenas se corrijan de sus errores. Con lo cual queda claro que si bien tolerancia e intransigencia se pueden compaginar, no es algo fácil ni sencillo y hay que hilar muy fino para entender la diferencia y llegar a vivir ambas virtudes como corresponde.

Pocos pondrán en duda en la época actual, que la tolerancia, es una virtud. Pero muchos se preguntarán si la intransigencia, puede llegar a serlo… Conviene, en primer lugar, revisar la definición de la Real Academia Española sobre el término intransigencia. Dice así: “Actitud de la persona que no acepta los comportamientos, opiniones o ideas distintas de las propias o no transige con ellos.” ¿Puede ser esto una virtud? La respuesta es afirmativa, siempre y cuando los comportamientos o ideas con los que no se transige, tengan que ver la preservación de las fronteras del bien y la verdad. Pensemos si no, en lo intransigentes que somos todos con los curas procesados por el delito de pedofilia. En esos casos, nuestra radical intransigencia, obedece a que tenemos la certeza absoluta de que el bien y la verdad, han sido gravemente ofendidos por los actos de esas personas. ¿O acaso alguien estaría dispuesto a aceptar como bueno y verdadero, o al menos opinable, el comportamiento de un abusador sexual de niños?

¿Qué significa, por su parte, “tolerar”? Según la Real Academia Española, “tolerar” significa “Llevar con paciencia.” “Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.” “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.”

En definitiva, cuando hablamos de tolerar o de tolerancia, no hablamos de aceptar esas ideas como buenas, sino de soportar “con paciencia”, sin exasperarnos, ideas, creencias o conductas distintas o contrarias a las nuestras. Y eso es algo que está muy bien, y por eso no dudamos en calificarlo como virtud.

¿Cómo compaginar tolerancia e intransigencia?

Llegados a este punto, un podría preguntarse si todas las ideas, creencias o prácticas de los otros, que son diferentes a las propias, son igualmente tolerables.

Antes de dar una respuesta, es necesario distinguir claramente entre los distintos juicios humanos: duda, opinión y certeza.

Duda le llamamos a esa sensación de inseguridad que experimentamos los seres humanos cuando –por ejemplo-, no terminamos de decidir entre ir a comer a un restaurante caro pero muy bueno, o a un restaurante barato, pero regular. La opinión surge cuando finalmente decidimos ir al restaurante regular, sin tener absoluta certeza de que nuestra decisión fue la mejor entre todas las posibles. Tras una mala noche con retorcijones de estómago, llegamos a la certeza de haber tomado una decisión equivocada. En consecuencia, la próxima vez que alguien nos sugiera volver a ese restaurante, probablemente contestemos con una intransigente negativa.

En síntesis, hay ideas, acciones y creencias opinables, y hay ideas, acciones y creencias, que no lo son, porque existen certezas. Y la certeza, es un juicio superior a la opinión. Esto queda muy claro cuando al analizar el caso del pedófilo, tenemos la absoluta certeza de que obró de forma execrable y penalmente condenable.

Juzgar personas y juzgar ideas

Pero… una persona que abusa de un niño, ¿merece vivir? ¿es digno de respeto quien tiene esas ideas y se comporta de esa forma? En principio, no podemos evitar que tales personas nos resulten repulsivas. Sin embargo, las personas, aún las que cometan actos aberrantes, siguen teniendo dignidad de tales. De ahí que exista un corpus legal sobre el trato a los reos que cumplen condenas en prisión: la dignidad, es inherente a la personalidad humana, no a conductas coyunturales de la persona.

¿Ello quiere decir entonces que hay que tolerar lo que un violador de mujeres o un abusador de niños piensa o hace? No. Lo que debe quedar claro, es que si bien todas las personas tienen una dignidad inherente a personalidad, a su humanidad, y que por ello deben ser respetadas, no todas las ideas, creencias o prácticas de esa persona deben ser toleradas en la sociedad. Algunas podrán serlo, otras no.

¿Pero cuál es el criterio para diferenciar qué ideas y acciones se deben tolerar y cuáles no? En general, ese criterio es la certeza, que según la R.A.E significa “cocimiento seguro y claro de algo”, “firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar.” Esta definición se parece mucho –y no por casualidad- a la definición de verdad, que es la adecuación del entendimiento a la realidad.

La virtud de la justicia –que en su versión original significa “dar a cada uno lo suyo”, y que mucho tiene que ver con la verdad– está precisamente en saber discernir, auxiliados por la virtud de la prudencia, que es lo opinable y lo tolerable -aunque yo no esté de acuerdo-, y qué es lo cierto, lo verdadero y por tanto, inobjetable y no opinable –al menos con los datos de que dispongo en ese momento-.

Ejemplo de tolerancia, es por ejemplo el de unos padres que, luego de formar a su hija en una religión determinada, al abandonar la joven la religión y casarse con una persona con valores muy distintos a los que sus padres le inculcaron, la siguen tratando con inmenso amor durante toda su vida. O el de unos padres que luego de recibir la noticia de que su hija adolescente está embarazada, sin aprobar su conducta, procuran poner todos los medios para que traiga su hijo al mundo y para ayudarla a criarlo.

Ejemplos de intransigencia (de cosas que no se toleran), hay muchos en nuestra sociedad. Por ejemplo, no se tolera el robo, el homicidio, el secuestro, la estafa, el chantaje, la extorsión, el incesto, la bigamia, la pedofilia, el plagio… Las democracias liberales de occidente, consideran también intolerable, toda forma de totalitarismo, toda limitación a la libertad de expresión, a la libertad religiosa, y en general, todo obstáculo a la libertad de las personas, siempre y cuando no obren fuera de la Constitución y la ley. Se es intransigente con el delito y con ideologías contrarias a la dignidad humana, porque dichas conductas son intolerables para la sociedad.

Cuando la intransigencia es necesaria

En prácticamente todos los países occidentales, se ha expandido como un incendio la ideología de género. Su significado, sus causas, sus “peligros y alcances”, han sido tratados por prestigiosos especialistas en la materia, con lo cual, aquí vamos a ir directo al tema que nos interesa: ¿es algo que la sociedad debe tolerar, o hay que ser intransigente? ¿La intransigencia, implica homofobia, conservadurismo, fundamentalismo y demás ismos que se atribuyen a quienes discrepan con dicha ideología?

Como se explicó más arriba, hay que separar dos cosas: por un lado está la persona, a la que siempre, piense lo que piense, haga lo que haga y crea lo que crea, debemos respetar por el sólo y simple hecho de ser persona. Esto es algo que no está en discusión: es una certeza, basada en una verdad antropológica. Es la única actitud que cabe ante las personas que promueven la ideología de género, la “diversidad”, el feminismo radical, etc., porque es la única actitud que cabe ante cualquier persona. Dicho de otro modo, una lesbiana no es digna de respeto porque sea lesbiana, ni porque sea mujer, sino porque es persona. No tiene por tanto ni más ni menos derechos que el resto de los mortales. Tiene exactamente los mismos derechos y las mismas obligaciones que todos. Y por eso es falsa cualquier acusación de homofobia cuando no se está de acuerdo en hacer leyes especiales para estos “colectivos”.

En cuanto a las ideas, comportamientos y creencias de las personas que promueven la ideología de género, es necesario separar lo privado de lo público.

La relación sexual libre, consentida, entre dos personas adultas de igual o distinto sexo, en principio es algo privado, y por tanto debe ser tolerado.

Sin embargo, la promoción y difusión de ideas, comportamientos y creencias en nuestras sociedades, sí entra en el terreno público. Como dijimos, a nadie escapa la pertinaz insistencia con que se viene propagando la ideología de género en todos los ámbitos de la vida social (educación, cultura, salud, legislación, etc.). Por tanto, más allá del acuerdo o el desacuerdo que se tenga con las ideas y conductas de estas personas, lo que está en tela de juicio es la imposición totalitaria de esta ideología.

Una de las primeras cosas que reclaman siempre estos grupos, es tolerancia, al tiempo que rechazan la imposición de ciertas ideas y formas de vida que consideran “hegemónicas”. También rechazan, como es evidente, todo tipo de burlas y actitudes de desprecio hacia sus ideas.

El problema, no es lo que piden, sino lo que no dan. Porque ninguno de estos grupos parece estár dispuesto a ofrecer a la sociedad lo mismo que reclama: ni tolerancia, ni pluralismo, ni respeto.

Si fueran tolerantes, en la educación solo pedirían un espacio para enseñar sus teorías, a los niños cuyos padres estén de acuerdo con ellas. Si tuvieran una actitud abierta, plural, respetuosa de la libertad y las ideas ajenas, no procurarían imponer en forma hegemónica, en todo el sistema educativo público, la ideología de género, relegando al ámbito privado, otras visiones filosóficas y antropológicas que, dicho sea de paso, han predominado en mundo occidental durante los últimos dos mil quientos años.

Si supieran vivir en una sociedad pluralista, si respetaran la libertad de quienes no piensan como ellos, no tacharían de homófobo, fascista o fundamentalista al primero que dice discrepar con el denominado “matrimonio” igualitario. En lo personal, no discrepo con dicha ley por un sentimiento odio o desprecio hacia una forma de vida que evidentemente no es la mía. Si no estoy de acuerdo con la ley de “matrimonio” igualitario, es porque la Constitución de mi país no regula, protege y ampara al matrimonio y a la familia porque los esposos tengan un “derecho a amarse”, o un “derecho a casarse”, sino exclusivamente, por el bien superior de los hijos. Y como las uniones homosexuales no engendran hijos, no es posible equiparar esas uniones –que ya estaban reguladas por la ley de unión concubinaria- al matrimonio. ¿Es esto homofobia? En absoluto. Tampoco estaría de acuerdo con una ley que otorgase dos años de licencia paga a una mujer que tuvo un hijo, y ello no significa que esté contra la maternidad.

Por último, si no estuvieran de acuerdo con las burlas hacia quien piensa distinto, no pondrían imágenes religiosas como la del Sagrado Corazón de Jesús en la propaganda oficial del “día de la diversidad”. Si fueran coherentes con su política de rechazo a las burlas y al desprecio de quien piensa distinto, tampoco se verían en las marchas de “la diversidad” o del “orgullo gay”, hombres disfrazados de monjas.

En pleno siglo XXI, tras haber padecido dos guerras mundiales, y la opresión del fascismo, del nazismo y del comunismo en el siglo XX, deberíamos haber aprendido a identificar  los signos de los totalitarismos para desterrarlos a tiempo. ¿Qué hace falta para que nos percatemos del grado en que se está desconociendo la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de los padres a elegir la educación de los hijos? ¿Qué hace falta para que veamos la sistemática burla de que es objeto la Iglesia Católica y algunas iglesias evangélicas que dan la cara, a manos de los ideólogos de género? ¿Qué hace falta para reconocer que esto ya no se trata de unas ideas que unos grupitos vienen propagando, sino de una auténtica imposición ideológica que pretende adueñarse del débil pensamiento común de nuestras sociedades? ¿Tiene que bajar un ángel del Cielo y decirlo por “cadena nacional”? ¿O tenemos que dejar de lado la cómoda corrección política en la que vivimos y veamos  las cosas como realmente son?

La tolerancia está muy bien, es una virtud, y en lo personal, procuro vivirla. Tengo claro que mi deber es respetar profundamente a toda persona. Pero cuando veo que me quieren obligar a dejar de lado los principios sobre los que construí mi vida, y a dejar de lado la fe que los cimenta, creo que es hora de decir ¡basta! Porque una cosa es respetar los derechos de las minorías, y otra admitir que las minorías impongan su modo de pensar a las grandes mayorías. Ya no se trata de tolerar ciertas conductas privadas de las personas, con lo cual no tengo ningún problema. De lo que se trata es de no claudicar ante la imposición obligatoria de determinadas ideas y leyes, en una sociedad en la que se supone, está garantizada la vida en libertad. En tales circunstancias, lo único que cabe, es actuar como hemos actuado siempre los hombres libres frente a los totalitarismos: con absoluta intransigencia.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

[i] Sir Tomás Moro – Lord Canciller de Inglaterra, Andrés Vázquez de Prada.

[ii] Works, pág. 925. Los argumentos de Moro sobre la necesidad de reprimir la herejía y el derecho de la Iglesia para relegar los herejes al brazo secular quedan ampliamente expuestos en Works, págs. 274 y sigs.

[iii] En el epitafio que Moro escribió para poner en su tumba, se encuentra la siguiente leyenda: «En el desempeño de estos oficios y honores fue tal la conducta (de Moro) que ni el príncipe desaprobó sus acciones, ni se hizo odioso a los nobles, ni desagradable al pueblo. Causó pesar, en cambio, a los ladrones, a los homicidas y a los herejes».

 

Anuncios