Caraguatá, 6 de mayo de 1897. Señor comandante don Basilicio Saravia.

Presente:

Mi querido hermano:

He recibido tu larga nota, leyéndola dos veces con profundas angustias de corazón. Voy a responderla, procurando expresar en párrafos brevísimos, las muchas y muy obvias observaciones que ella sugiere. Es mi conciencia la que hablará por mí: esa conciencia que se formó al calor de las santas oraciones con que nuestra madre nos adormía y se agrandó admirando las humildes pero augustas virtudes del que nos legó tu apellido y el mío. Responda a mi conciencia un eco de la tuya y nuestro debate habrá concluido a pesar del respeto que profesas por tu carrera y de la divisa color encarnado con que adornas tu lanza.

Me dices en tu carta que la Revolución, a cuyo frente vengo, arruina al país. Eres injusto, hermano; pues pesa sobre este suelo que adoramos los dos, la huella que han dejado los gobiernos que crees gobiernos de orden y que han sido gobiernos de licencia.

Es por eso, hermano, que estoy en donde estoy, y aquí estaré al morir. En el bando de los administradores de buena fe; en el partido de las probidades presidenciales, junto a aquellos que suben y bajan pobres del poder. Donde nuestro padre que no sabía manchar sus canas hubiera estado en la hora de las grandes y las supremas crisis en la conciencia pública.

Yo no puedo tener remordimientos. no soy yo, hermano, ni es mi Partido el causante cruel de esta guerra civil. No soy yo, hermano, ni es mi Partido los que hemos convertido en sistema el fraude electoral, los que hemos engendrado el utilitarismo en el cuartel y en todas las fases de su vida cívica. Son otros y a esos debes dirigir tu carta, que ha venido equivocada de dirección.

¿Tú crees servir a la Patria en el puesto que ocupas? Pues no la sirves, la Patria es algo más de lo que tu supones. La patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas; la patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; La patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo; la patria no es el grupo de mercaderes y de histriones políticos que hace de las prerrogativas del ciudadano nubes que el viento lleva, y que se sientan hoy en donde se sentaban próceres y adalides en los tiempos heroicos de nuestra historia.

¿Dices en fin, que la voz de la sangre no ha enmudecido en ti y que ella inspira aún las efusiones de tu corazón?. También en mí la siento que grita y se queja. Hay una sombra amada que no olvidaré nunca; la sombra de Chiquito, de mi heroico Chiquito que me habla del deber y me habla del honor en medio de la noche y cuando todo duerme en las carpas tranquilas. Esa sombra me dice cuando todo calla y el corazón dialoga con los recuerdos, que debo a su memoria el honor de creer que murió como bueno; por un ideal santo, aquel bizarro mozo que llevó mi apellido, que amamantó mi madre con mieces de su seno y se sentó en la mesa de mi familia al lado de mi padre y al lado de mis hijos.

Abandonar la empresa, juzgar mi causa mala, ¿sabes lo que sería? Injuriar la memoria de este muerto adorado, que compartió risueño nuestros juegos de niños y adoró la bandera del Partido en el que estoy. Por eso cuando miro mi poncho color negro, medito que no debo profanar el luto de mi alma, claudicando ó cediendo, y sigo mi camino, respondiendo a los que salen a mortejarme, lo que Esquilo respondía a los que por blasfemo le apedreaban; está bien; ¡al tiempo por venir!

Por último, debo advertirte de la conducta ilógica por ti observada en este doloroso drama. Antes de ahora pensabas, y pensabas bien, que el gobierno encarnado en la personalidad de don Juan Idiarte Borda, era ejemplo de un sistema corrompido y corruptor por la misma representada. Hoy piensas de otro modo. Tu sabrás las razones.

Yo no puedo, ni debo, ni quiero juzgarlas, que el grito de la sangre me lo prohíbe y la voz del cariño no lo permite, más deseo en cambio, hacerte saber lo mucho que me duele y lo harto que me pesa verte luchar en pro de una camarilla sin ley ni Patria, contra los más dignos anhelos y las más legítimas aspiraciones del alma de esta tierra de desventuras.

Tu me dices que eres soldado de un ejército constituido; olvidando que lo fue mal. Yo te preferiría soldado de la nación, del derecho, de la libertad, de la honradez administrativa; lo que no obsta para que bien te quiera quien no olvidará nunca los vínculos sagrados que a ti le unen. Es tuyo siempre:

Aparicio Saravia

 

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