Desde las Torres Gemelas al 11M en Madrid, desde el asesinato de Líber Arce en Montevideo en 1968 hasta el fallecimiento de Santiago Maldonado en Argentina, se pueden mencionar innumerables casos de utilización política de la desgracia.

Ante todo, están los atentados con claros fines políticos o de fundamentalismo religioso, como los del ISIS en diversas partes del mundo. Ponen una bomba, mueren decenas de ciudadanos, y lo primero que hace la oposición, es acusar al gobierno de no haberlo prevenido; mientras, el gobierno, acusa a la oposición de simpatizar con los autores del atentado…

En casos como el de Santiago Maldonado, que recientemente sacudió a la Argentina, parece poco republicano y nada prudente, salir a hacer acusaciones sin pruebas, con el fin de acarrear agua para el molino propio. Ni los de la “izquierda” ni los de la “derecha” tienen derecho, a juzgar políticamente, lo que aún no fue juzgado por la Justicia. Si bien aún no están los resultados definitivos de la autopsia, parecería que Maldonado murió ahogado y sin lesiones en su cuerpo, lo cual echaría por tierra la teoría del asesinato por motivos políticos. Además, minar la independencia de la Justicia, quitarle libertad, ejercer coerción con el objetivo de obtener un rédito político, no parece el camino adecuado para garantizar su imparcialidad. Ni para promover el bien común de la sociedad.

Otras veces, lo “trágico” puede ser simplemente, la muerte natural de un personaje conocido e identificado con determinado sector político. Por ejemplo, Fidel Castro. Su solo fallecimiento dio lugar a que unos saltaran y bailaran sobre su tumba, y a que otros deploraran semejante comportamiento. Lo curioso es que cuando el muerto es del otro bando, pasa exactamente lo mismo, pero al revés. Los que se quejaron de los festejos por la muerte de Fidel Castro, algún día celebrarán alegremente la muerte de Trump (a todos nos tocará morir algún día). Y serán los otros quienes señalen con el dedo, la barbarie que tal acto implica.

Por eso conviene recordar siempre que la Justicia tarda pero llega, en esta vida o en la otra. Y que no hay juicio más implacable que el juicio de la Historia. Por tanto, si bien en muchos casos pueden hacerse críticas muy justas sobre ciertas personalidades recién fallecidas, no parece oportuno hacerlas mientras el cadáver aún está caliente. Del otro lado, esos juicios inoportunos, no deberían tomarse como algo distinto de lo que son: juicios inoportunos, sin mayor trascendencia que una simple y penosa desubicación, no tragedias nacionales…

La responsabilidad que todos tenemos como ciudadanos, como padres, como educadores, como referentes de otras personas que observan nuestro comportamiento, debería interpelarnos. En algunos casos, ¿no sería mejor esperar que la justicia juzgue antes de acusar y juzgar nosotros? ¿No sería mejor callar ante la muerte del enemigo –no estoy hablando de hacer hipócritas panegíricos, ni nada por el estilo- y esperar a que pasa un tiempo para emitir un juicio sereno y meditado? ¿No será mejor evitar, de uno y otro lado, que impulsivas manifestaciones de odio y desprecio sigan ahondando innecesariamente la brutal fractura que hoy divide a nuestras sociedades?

La crítica política es buena y necesaria. Pero también es necesario cuidar el tono, los argumentos, los motivos, la oportunidad. Se puede ser claro sin ser cerril. Se puede ser firme sin ser rígido. No toda forma de criticar es conveniente, ni todo momento es oportuno. Encontrar el equilibro, es un arte.  Pero si no nos proponemos ser artistas de nuestra vida, entonces no nos quejemos de la ordinariez ajena.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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