El Parlamento uruguayo debate el proyecto de una “Ley integral para personas trans”, que declara “de interés general” promover la equidad de género y combatir la discriminación, mediante políticas públicas. Esto avivó un debate que atraviesa a toda la sociedad. Un grupo de endocrinólogos invitó a Uruguay al Dr. Paul Hruz, especialista en endocrinología pediátrica de la Universidad de Washington, St. Louis, Estados Unidos.El “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”, define la “disforia de género” o “trastorno de identidad de género” cómo un diagnóstico psiquiátrico que designa a las personas que sienten una discordancia entre su identidad de “género” y su sexo biológico, con el que no se identifican ni sienten como propio.”

Este trastorno de identidad afecta en Uruguay a 937 personas (0,027 % de la población del país).

Hasta hace unos años, esta realidad se abordaba desde el punto de vista psiquiátrico. Se buscaban las causas que originaban el problema y se procuraba revertir con tratamiento, o sin tratamiento alguno, ya que hay niños que tras una etapa de identificación con el sexo opuesto, naturalmente realinean su identidad percibida con su sexo biológico.

Hoy el enfoque tradicional se está dejando de lado, al punto que en algunos países el tratamiento psiquiátrico de estos casos se considera un delito. Lo que recomienda el paradigma actual –ideología de género mediante-, es satisfacer los sentimientos y deseos de aquellos niños que se identifican con el sexo opuesto al suyo.

La única solución que se da hoy a estos niños, es medicarlos para cambiar su apariencia. Por eso se habla de “transgénero”: porque el sexo no se puede cambiar: sólo la apariencia externa de la persona.

El proyecto de ley 

En 2017 entró en el Parlamento el proyecto de “Ley integral para personas trans”. El mismo sostiene en su Artículo 1º que es de interés general promover la equidad de género y combatir la discriminación, mediante el establecimiento de políticas públicas dirigidas a proteger a estas personas. Luego, el proyecto da una serie de definiciones sobre identidad de “género”, expresión de género, persona trans, mujer/niña trans y varón/niño trans, y asume que la ideología de “género” es universalmente aceptada por todos los actores políticos.

Más adelante, el Art. 5 establece, en grandes líneas, que los menores de 18 años podrán solicitar la “adecuación registral de nombre y sexo”. Y el Art. 17, que podrán “acceder a tratamientos integrales hormonales para adecuar su cuerpo, incluida su genitalidad, de acuerdo con su identidad de género autopercibida sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa”. Si los padres o los representantes legales de los niños no están de acuerdo, los menores podrían recurrir por vía judicial y obtener la autorización correspondiente.

Principales cuestionamientos al proyecto de ley

Lo primero que cuestionan los críticos de este proyecto de ley, es que se basa en la ideología de “género”, la cual ni es universalmente aceptada, ni tiene fundamento científico alguno. Es más, muchos de sus postulados contradicen la evidencia científica disponible.

Lo segundo que se critica es que se permite a niños y adolescentes cambiar oficialmente de sexo y de nombre, y sobre todo, recibir tratamientos hormonales con el fin de “adecuar su cuerpo a su identidad de género autopercibida”.
Los críticos locales fundan buena parte de sus objeciones a los tratamientos hormonales, en argumentos como los aportados por el Dr. Paul Hruz, especialista norteamericano que brindó varias conferencias en nuestro país:

  1. Cuando se inicia un tratamiento hormonal –dice Hruz-, hay que tener claro que no es lo mismo dar estrógenos a una mujer que a un varón. Tampoco es lo mismo dar testosterona a un varón que a una mujer.
  2. Hay pocos estudios, basados en muestras pequeñas y “sin control” o “testigo”, sobre el uso de hormonas en niños. La mayoría de los tratamientos hormonales se basan en resultados obtenidos en adultos. La evidencia científica que sustenta los tratamientos hormonales en niños es débil y no brinda seguridad alguna sobre sus eventuales beneficos futuros.
  3. Las hormonas que se usan no están aprobadas por la FDA para tratar “disforia de género”, sino otras afecciones (p. ej.: pubertad precoz). La FDA es la agencia del gobierno de Estados Unidos responsable de la regulación de medicamentos, entre otros.
  4. Algunos tratamientos buscan retrasar la pubertad, para evitar que el desarrollo empeore el problema y dar más tiempo a los niños para decidir qué hacer con sus cuerpos. El problema es que, pasada la pubertad, el efecto de las hormonas, aunque se abandonen, puede ser irreversible.
  5. Algunos efectos de estos tratamientos hormonales pueden ser: infertilidad irreversible, paro cardíaco, diabetes, presión alta, acné severa y algunos tipos de cáncer. A largo plazo no se evita la depresión, y los suicidios pueden aumentar significativamente. En el caso de la infertilidad, aunque el médico informe al niño que esto puede ocurrir, éste no tiene ni los elementos ni la madurez suficiente para tomar decisiones que afectarán el resto de su vida.
  6. Uno de los problemas más graves al aplicar estos tratamientos, es que la evidencia prueba que el 85% de los niños que se autoidentifican con el sexo opuesto, cuando llegan a la adultez, realinean su identidad percibida con su sexo biológico original. Y no hay evidencia alguna que permita determinar cuáles niños realinearán naturalmente su identidad percibida con su sexo original, y cuáles no.

En términos generales, a los críticos de este proyecto les parece imprudente e irresponsable suministrar  tratamientos hormonales –a menudo inseguros y capaces de provocar efectos irreversibles-, a niños que no están en condiciones de tomar decisiones a largo plazo. Si lo que se procura es el proteger el “interés superior del niño”, lo más prudente y responsable, será retrasar la decisión del cambio de identidad hasta la edad adulta.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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