“¿Qué es la verdad?” (Jn, 18, 38). No son pocos los que en pleno siglo XXI, se siguen haciendo la pregunta que Poncio Pilato hiciera a Jesús al comienzo de nuestra era. ¿Existe la verdad?

La definición clásica dice que la verdad es “la adecuación del entendimiento a la realidad.” Es decir que si estoy ante una mesa, no estoy ante un árbol, ni ante un montón de maderas, ni ante una escalera, aunque la mesa sea de madera extraída de un árbol, y me sirva alguna vez, para pararme arriba y cambiar una bombita.Al decir de Federico Suárez[i], “Las cosas son como son, independientemente de la subjetiva apreciación de cada uno. Si lo que uno opina está de acuerdo con la realidad, muy bien; si no lo está, mal asunto. Ante preguntas que se refieren a verdades, si uno sabe, dará las respuestas adecuadas; si no sabe, y además no se calla, probablemente dirá tonterías. Existen verdades objetivas, y si «mi verdad» no está de acuerdo con la realidad, no es tal verdad aunque sea mía: es un error.”

¿Existen verdades objetivas? Si. En medio de muchísimas dudas, y de muchas cosas que son perfectamente opinables y relativas –la mayoría de las cosas son relativas-, hay certezas.  Somos capaces, con nuestra inteligencia, de conocer cosas, de descubrir verdades, de captar evidencias. Somos capaces, con nuestra voluntad, de adherir a ellas. Muchos han sido capaces incluso –con la gracia de Dios-, de morir por algunas de esas verdades.

No siempre se puede conocer la verdad sobre hechos o realidades, no siempre se puede decir que uno ha alcanzado a conocer la verdad última. Pero de ello no se deduce que no existan algunas verdades, algunas certezas. Nuestras limitaciones humanas no son tan graves como para no alcanzar conocimientos ciertos, verdaderos, objetivos, que no dependen de nuestro punto de vista o estado de ánimo, sino de la realidad.

Los relativistas sostienen que nadie puede ser dueño de la verdad. “Cada uno –dicen- tiene su verdad”. Pero si nadie puede ser dueño de la verdad, ¿cómo puede alguien poseer su propia verdad? En síntesis, la verdad pertenece a todo aquel que, adecuando a ella su entendimiento, la acepte. La verdad se impone por sí misma, se ve, se palpa, se capta por los sentidos y se comprende por la razón. Entonces… ¿cómo se explica ese miedo a la verdad, esa renuncia a buscarla, esa negación de su existencia?

Parte de la explicación se puede encontrar en el paulatino olvido y negación de Dios. Si Dios no existe -si “Dios ha muerto”, dirá Nietzsche-, no hay punto de referencia posible, no hay nada que fundamente una jerarquía de valores. Como expresa Dostoievski, “si Dios no existe, todo está permitido”. Si Dios no existe, no hay mal ni bien. No hay verdad ni mentira. En ausencia de Dios, es el hombre –el superhombre nietzscheano- quien deberá establecer arbitrariamente, una escala de valores. Y esto es problemático, porque como bien dijo Chesterton, “la principal consecuencia de no creer en Dios, es que se termina creyendo en cualquier cosa.”

Sin embargo, los seres humanos tendemos naturalmente a lo absoluto: si se quita a Dios de en medio, otro “absoluto” debe ocupar su lugar. Así surgieron en el siglo XVIII, la Ilustración, que absolutizó la razón, y como reacción a ella, el Romanticismo, que absolutizó los sentimientos.

Entendámonos: el recurso a la razón para resolver problemas técnicos y humanos, es algo muy bueno; también el recurso al corazón, es algo muy bueno, pues los hombres tenemos razón y corazón. El problema surge cuando en lugar de integrar razón y corazón, se absolutiza uno u otro. Y como nada es simple en la vida y en la historia humana, los reduccionismos, que invariablemente pecan de soberbia, fracasan estrepitosamente en sus promesas de crear para el hombre, el paraíso en la Tierra.

Todos hemos tenido decepciones en la vida, tras depositar excesiva confianza en alguien o en algo. El problema no es la confianza, sino el exceso, de confianza y de expectativas. En el campo de las ideas, ocurre algo similar. La excesiva confianza en la razón o en los sentimientos, decepcionaron a muchos. A ello hay que agregarle el rastro de horror que algunos dejaron en su pretensión de imponer sus ideas como si fueran verdades absolutas. En un mundo sin Dios, el escepticismo generado por semejantes fracasos y tragedias, ha llevado a muchos a buscar durante este fugaz paso por la tierra, el máximo de placer y el mínimo de dolor. El máximo cumplimiento de caprichos con el menor esfuerzo posible, o mejor, sin sufrimiento ninguno. Se absolutiza el placer, y ya se ven, aquí y allá, las consecuencias… Nada placenteras, por cierto.

¿Qué podemos hacer los católicos ante este panorama? Ante todo, no “balconearla”. Además de procurar ser coherentes con nuestra fe, podemos tratar de integrar en nuestra propia vida, razón y corazón; libertad y responsabilidad; inteligencia y voluntad, sin absolutizar nada, a excepción de Dios. Podemos compartir con otros, con humildad y paciencia, las verdades naturales y sobrenaturales que hemos tenido el privilegio de conocer. Podemos recordar a nuestros seres queridos que todo lo bueno, todo lo bello, todo lo verdadero, proviene de las manos de Dios. Si pudiéramos devolver a la verdad su auténtico valor, devolveríamos a muchas almas el sentido de la vida. Porque iluminar el camino que lleva a la verdad, es iluminar el camino que lleva a Dios. Y a la felicidad.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Nota publicada en el Quincenario Entre Todos – 21 de Abril de 2018 – Nº 424

[i] “Que los buenos no hagan nada”, Federico Suárez, Ed. Rialp

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