“Justicia” no es dar a todos lo mismo, sino dar a cada uno lo que le corresponde. De ahí que se represente ciega y sosteniendo una balanza de dos platos.

¿Quién puede estar en desacuerdo cuando unos reclaman “igualdad”? ¿Y quién puede estar en desacuerdo cuando los mismos -u otros- reclaman “justicia”? A priori, todos nos identificamos con esos reclamos, y a priori, está muy bien hacerlos.

En efecto, siempre y cuando los reclamos de “igualdad” y “justicia” se hagan en el sentido en que la Real Academia Española define estos términos, dichos reclamos serán lícitos. Veamos:

Igualdad: “Principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones.”

Justicia: “Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece.”

El problema surge cuando algunos empiezan a pensar que la “igualdad” debe ir más allá de los derechos y obligaciones. En otras palabras, cuando se pretende igualar lo que por naturaleza no es igual. Cuando esto ocurre, se atenta contra la justicia, porque mientras a unos se les da lo que les corresponde o pertenece, a otros se les da lo que no les corresponde ni pertenece.

Por ejemplo, todos los ciudadanos tenemos derecho a jugar al fútbol. ¿Qué padre futbolero, no ha soñado con que su hijo llegue a vestir la celeste? Sin embargo, si bien todos tenemos igual derecho de jugar en la selección, el técnico de turno “se reserva el derecho de admisión”, porque no todos tenemos las mismas habilidades. Nadie estaría de acuerdo con que el Maestro Tabárez, para ser “inclusivo”, pusiera un manco de golero.

¿Esto es justo? Si nos atenemos a la definición de justicia, sí lo es, porque “justicia” no es dar a todos lo mismo, sino dar a cada uno lo que le corresponde. De ahí que se represente ciega y sosteniendo una balanza de dos platos: si en uno de ellos se pone un kilo, para equilibrarla, en el otro se debe poner un kilo. Del mismo modo, para jugar partidos extraordinarios, se necesitan jugadores extraordinarios.

Y eso… ¿no va en contra del principio de igualdad? No, porque la igualdad, por definición, es de derechos y obligaciones. Un “patadura” pasado de edad y con artrosis, como el autor de esta nota, tiene el mismo derecho que Luis Suárez a jugar en la selección; la diferencia estriba en que los talentos y virtudes de uno y otro para jugar al fútbol, son radicalmente distintos. El Art. 8 de nuestra Constitución lo expresa con toda claridad: “Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.”

Pero…, seleccionar a una persona y no a otra porque tiene determinados talentos y determinadas virtudes, ¿no es discriminación?

Sí y no. La Real Academia Española define este término según dos acepciones. La primera es “seleccionar excluyendo”; la segunda, es “dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.”. A nuestro juicio, la primera definición es mejor que la segunda, porque se puede “seleccionar excluyendo” de forma justa –como en la selección uruguaya de fútbol, donde todos queremos a los mejores jugadores posibles- o se puede “seleccionar excluyendo” de forma injusta, que es lo que expresa la segunda acepción del término. En otras palabras, seleccionar en base a talentos y virtudes, si es discriminación, pero no es discriminación injusta: todos tenemos iguales derechos, pero distintas capacidades.

Es más, se puede discriminar injustamente de dos modos: tratando distinto a lo que es igual, y tratando igual a lo que es distinto –es decir, dando privilegios a quien no lo merece-.

Todo esto viene a cuento porque en el mundo de hoy, son legión quienes al grito de “¡igualdad!”, llegan a atentar contra la justicia. Y quienes clamando contra la discriminación, terminan provocando una discriminación en sentido inverso. Siempre es difícil lograr un equilibrio, y por eso mismo, es necesario estar atentos al movimiento del “péndulo”. Porque si “igualdad” equivale a disfrutar todos, de los mismos derechos, pues entonces hay que tener claro que nadie es más igual que otro…

Por otra parte, si unos tienen más virtudes y talentos que otros, y gracias a ellos alcanzaron grandes logros en sus vidas, ya sean blancos o negros hombres o mujeres, cristianos, judíos o ateos, lo razonable es alegrarse por ellos y con ellos: la envidia, es un pecado capital.

Todos tenemos derecho a reclamar ante la ley lo que nos corresponde, de acuerdo con nuestros talentos y virtudes, y no de acuerdo con nuestra filiación religiosa, con nuestro sexo, con nuestro origen étnico o nuestra filiación política. Otorgar y/o recibir privilegios por ser de determinado sexo, de determinada religión, o de determinado partido político, es tan digno de condena como ser injustamente discriminado por idénticas razones.

Para superar la gran confusión que existe hoy en día sobre el uso de estos términos, entendemos que es necesario volver a repasar una y otra vez, el real significado de los principios de igualdad y de justicia. Si los tenemos claros, podremos aplicarlos, explicarlos y reclamar su aplicación en su justa medida, teniendo siempre en cuenta las limitaciones de la naturaleza humana, y las propias de cada individuo.

Paralelamente, es necesario reflexionar sobre el alcance del término “discriminación”, y juzgar recta y objetivamente, cuándo se trata de una discriminación justa, con el objetivo de dar a cada uno lo que le corresponde, y cuándo se trata de una discriminación injusta, con el objetivo de excluir lo que es igual o privilegiar lo que es distinto.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

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