En un artículo sobre el 50º aniversario de la publicación de la Encíclica Humanae vitae, Mary Eberstadt sostiene que “el documento más vilipendiado a nivel mundial del último medio siglo y el más ampliamente incomprendido, es, al mismo tiempo, el más profético y el que más nos ilustra sobre nuestra época” (Aceprensa, 30/05/2018 – www.aceprensa.com).

Con esta Encíclica, que vio la luz el 25 de julio de 1968 -apenas dos meses después del “Mayo francés”-, el beato Papa Pablo VI  enfrentó, con enorme coraje, las fuertes presiones externas e internas de la cultura anticoncepcionista, preludio de lo que San Juan Pablo II llamaría, años más tarde, “la cultura de la muerte”.

“Hay que excluir absolutamente –decía el Papa en el nº 14 de la Encíclica-, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas.” (,,,) “Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”

En aquel tiempo, se pretendía justificar la anticoncepción apelando al mito de la superpoblación, a una “paternidad responsable” mal entendida, a la necesidad de “liberar” a la mujer de la “carga” de los hijos, en tanto y en cuanto las nuevas tecnologías lo permitían… Algunos sostenían además, que la mejor alternativa al aborto, era la anticoncepción, y que en estos temas, la Iglesia debía “aggiornarse”: en buen romance, debía cambiar su doctrina…

Contra estos argumentos, en el nº 17 de la encíclica, el Papa advertía sobre el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad” (…) “Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada.”

Al cabo de 50 años, “con el diario del lunes”, ha quedado demostrado que uno de los frutos de la anticoncepción, es el aborto. La falsa seguridad que da la anticoncepción, lleva a incrementar el número de encuentros sexuales. Pero como los anticonceptivos no son 100% eficaces, aumentan los embarazos inesperados, y en consecuencia, los abortos. Esto ha servido de excusa para que muchos países, legalicen el aborto.

También está demostrado que la anticoncepción –en palabras de Mary Eberstadt- “redujo drásticamente los incentivos que tenía el hombre para casarse, también para casarse con su novia embarazada. En el nuevo orden pospíldora, el embarazo se ha convertido en responsabilidad de la mujer, y si el control de la natalidad “falla”, eso no es problema del hombre.”

Cabe preguntarse por tanto, si la mayor “libertad” de que gozan las mujeres hoy en día, las ha llevado a ser más felices, o si a veces han tenido que pagar por ella el precio del maltrato o la soledad. La ola de pornografía, violencia doméstica y abusos sexuales, parece indicar que la anticoncepción –entre otros factores- ha conducido a una “cosificación” de la mujer nunca antes vista.

“Reflexiónese también –decía Pablo Vi en el nº 17 de la Humanae vitae- sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales.” (…) “¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz?”

Piénsese en la política del “hijo único” impuesta durante años por el gobierno chino, recientemente revisada a causa del desbalance que provocó entre la población masculina y femenina. O en la esterilización forzosa de 236.000 indias peruanas durante el gobierno de Alberto Fujimori. Son los frutos de una cultura que no respeta ni la intimidad, ni la libertad humana.

En cuanto al mito de la superpoblación, hoy está absolutamente desacreditado. En la mayoría de los países desarrollados, el problema hoy no es la superpoblación, sino el “invierno demográfico”.

Consecuencias directas de la baja natalidad actual son, el inminente colapso de muchos sistemas de seguridad social, y  la soledad, sobre todo entre los ancianos. En Japón, descubrieron el esqueleto de un anciano tres años después de fallecido, cuando se acabó el dinero de la cuenta desde la que se debitaba su alquiler. Casos de muerte en soledad abundan también en Suecia, Portugal, Francia, Alemania…

Ante este panorama, es justo que los católicos agradezcamos a Dios la valentía del beato Pablo VI, al enfrentar en su tiempo la corrección política imperante y marcar –fiel al Magisterio- el camino correcto. Cincuenta años después, los datos empíricos demuestran que la intransigencia en todo lo relacionado con la naturaleza humana, aunque a veces pueda parecer “retrógrada”, siempre es necesaria. Además, “no menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas” (Humanae vitae, nº 29).

Álvaro Fernández

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