Lo justo y lo deseable, lo humano y lo cristiano, es que Iglesia y Estado cooperen libremente, sin prejuicios y sin miedos, en favor del bien común.

La naturaleza humana tiende a lo absoluto. Por eso, cuando se elimina a Dios de la vida de los hombres, estos siempre procuran encontrar otro absoluto que lo sustituya. Desde el siglo XVII hasta nuestros días, han surgido diversas ideologías “sucedáneas” de Dios que, con el objetivo de crear el paraíso en la Tierra, absolutizaron distintos aspectos de la naturaleza humana y de la vida social, que en el fondo, son relativos. La razón, los sentimientos, la libertad, la identidad cultural, son todas cosas muy buenas si se las integra de forma adecuada y se les da su verdadero valor –relativo-. El problema surge cuando se cree que absolutizando lo relativo, se podrán solucionar todos los problemas de la Humanidad.  Algo parecido ocurre con la laicidad. El concepto de neutralidad del Estado en materia religiosa, surgió –según sus promotores- con el objetivo de poner fin a las denominadas “guerras de religión”[i] que en su momento asolaron Europa. La idea era que los Estados dejaran de pronunciarse a favor de una u otra religión, y que desde una postura neutral, se dedicaran a garantizar la libertad de cada persona de profesar su religión.

Esta forma de entender la laicidad, dista mucho de lo que posteriormente se conoció como laicismo. El laicismo extremo, procura el destierro absoluto de Dios y de las religiones de la vida pública. Es una ideología que no es neutral, pues implica una toma una posición claramente contraria a toda manifestación religiosa en el ámbito público.

El razonamiento que lleva al laicismo es simple: si no podemos conocer a Dios, o bien, si Dios no existe, no podemos establecer puntos de referencia objetivos. Y como resulta imposible –según ellos- ponernos de acuerdo al momento de elaborar unos valores y una moral subjetiva, lo más fácil es que cada uno piense como le parezca y listo. Todas las religiones y todas las ideas serían igualmente válidas. Todo valdría lo mismo.

Este razonamiento no tiene nada que ver con la neutralidad religiosa. Aquí el Estado, más que garantizar los derechos de todos a practicar su religión de conformidad con sus creencias, lo que hace es tratar de erradicar o de reducir a su mínima expresión a las religiones –a las que consideran supersticiosas e infantiles- para que no molesten. Lo que en el fondo no quieren, es tener que rendir cuentas ante un orden moral objetivo, fundado en la ley natural, que obliga a todos los hombres por igual. De ahí que muchos estados que empezaron prestentándose como “aconfesionales”, terminaron siendo “anticonfesionales”.

Lo paradójico es que si todas las convicciones religiosas o antirregliosas valen lo mismo: ¿por qué unos pueden hablar desde sus cargos como si Dios no existiera, y otros no pueden hablar como si Dios existiera? ¿Por qué no se considera una violación de la laicidad una fuente con signos masónicos en la Plaza Matriz o una estatua de Iemanjá en la Rambla Rep. Argentina, y sí se considera una violación de la laicidad una imagen de la Virgen María en un predio de la Rambla Armenia?

El Artículo 5º de la Constitución de la República dice: “Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay”. Pero… ¿puede considerarse “libre” un culto religioso confinado a practicarse entre las cuatro paredes de templo? ¿Por qué hablar desde la propia fe en un país libre, se llega a considerar una falta de respeto hacia quien piensa diferente? ¿Acaso para unir las orillas opuestas de un río, no se tienden puentes? Las orillas siguen enfrentadas, pero el obstáculo se supera mediante la inteligencia y la voluntad humanas. La convivencia en sociedad no se debe basar en el ocultamiento ni en la negación de las diferencias, sino en el esfuerzo personal por respetar a quien piensa distinto.

Para terminar, prestemos atención a la experiencia española de “laicidad positiva”. Este concepto, “fue teorizado en 1989 en Italia”, y fue consolidado por el Tribunal Constitucional español en su sentencia 101/2004, que dice: «En su dimensión objetiva, la libertad religiosa comporta una doble exigencia (…): primero, la de neutralidad de los poderes públicos, ínsita en la aconfesionalidad del Estado; segundo, el mantenimiento de relaciones de cooperación de los poderes públicos con las diversas iglesias. En este sentido […] la Constitución […] considera el componente religioso perceptible en la sociedad española y ordena a los poderes públicos mantener las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones, introduciendo de este modo una idea de aconfesionalidad o laicidad positiva”».”[ii]

Buena aplicación del viejo mandato “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Lc. 20, 25). En otras palabras, Jesus afirma que todo ciudadano debe rendir el culto debido a Dios, y a la vez, pagar el tributo debido al César. Ello no implica que el Estado y la Iglesia (o las religiones) a nivel institucional, deban permanecer espalda con espalda, sin mirarse, sin saludarse, o en actitud hostil. Lo justo y lo deseable, lo humano y lo cristiano, es lo contrario. Que Iglesia y Estado cooperen libremente, sin prejuicios y sin miedos, en favor del bien común.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 433 – 08/09/2018

[i] Las denominadas “guerras de religión”, como casi toda guerra, estuvieron motivadas más por el dinero y el poder que por diferencias religiosas. La religión, fue más bien una excusa para despertar el sentido de pertenencia de un pueblo.

[ii] http://www.forumlibertas.com/que-es-la-laicidad-positiva/

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