Con frecuencia, hablamos de igualdad, justicia, derechos, discriminación… Y a veces –gracias al mareo cultural reinante, fruto de la manipulación del lenguaje por los promotores de la ideología de género- podemos entreverar los tantos. Conviene por tanto, repasar los significados de algunos términos para comprenderlos y aplicarlos de forma correcta.

Igualdad

¿Qué se entiende por igualdad? La Real Academia Española, define igualdad del siguiente modo: “Principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones.”

La Constitución de la República, Artículo 8º.- “Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.”

Y aquí viene el problema. Porque a veces se confunde “igualdad” de talentos y virtudes, con “igualdad” de derechos. Y con justicia. En efecto, si bien todos tenemos los mismos derechos, no todos tenemos los mismos talentos o las mismas virtudes. Para entenderlo mejor, supongamos que un provecto señor de 54 años, con miopía, astigmatismo y artrosis de cadera, que no juega al fútbol desde hace 30 años, reclamara el derecho de ser probado por el Director Técnico, para integrar la selección nacional de fútbol. Sería ridículo. Y si lo aceptaran, no sería inclusivo: sería injusto.

Justicia

Pero… ¿y qué es la justicia? ¿Acaso no es dar a todos por igual? Según la Real Academia Española, justicia, es un“principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece.”

 Igualdad y justicia, por tanto, no son la misma cosa. No es justo, por ejemplo, igualar lo que por naturaleza no es igual. El señor de 54 años no está –por naturaleza- al nivel competitivo que se requiere para integrar la selección uruguaya de fútbol. Tiene derecho a ello, pero carece de las virtudes y talentos para lograrlo.

Disciminación

Pero… ¿eso no sería discriminación? Veamos ahora que entiende por discriminar la Real Academia Española. La primera acepción dice: “Seleccionar excluyendo.” Y la segunda dice: “Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.”

Más arriba vimos que cuando el Director Técnico selecciona de entre algunos a los mejores, necesariamente discrimina –según la primera acepción del término-. Lo mismo cuando cada ciudadano pone su hoja de votación en la urna: selecciona a unos y excluye a otros. Pero eso no está mal, porque se trata de una discriminación justa. En el caso del seleccionador, porque para jugar partidos extraordinarios, requiere jugadores de un nivel extraordinario. En el segundo caso, porque hay un acuerdo social de que es así como se eligen las autoridades del país.

Ahora bien, la segunda acepción, a nuestro juicio, tiene un problema. Dice que discriminación es “dar trato desigual” a una persona por motivos raciales, religiosos, etc. A nuestro juicio, lo incorrecto sería, más bien, dar “trato injusto”. Porque como vimos, no todo trato desigual es injusto. A la familia, que es una comunidad de personas, la Constitución no la trata –no la ampara, no la protege- de modo igual a un club de fútbol o a la sociedad de coleccionistas de mariposas, que también son comunidades de personas. No porque discrimine a estas últimas, sino porque se trata de realidades diferentes, que como tales, requieren trato distinto.

Derechos

Pero… ¿acaso no todos tienen derecho a un trato igualitario?

Ante todo, es necesario tener claro que ni los deseos, ni las preferencias son un derecho. Puedo desear integrar la selección nacional de fútbol, pero ese deseo mío, no es un derecho, ya que tener un derecho significa poder reclamar algo que el otro está obligado a dar. El seleccionador de fútbol me puede tratar muy bien, pero yo no tengo derecho a reclamar un puesto en la selección nacional. Y gracias a Dios, el seleccionador no está obligado a darme ese puesto.

Consideraciones generales

Discriminar por talentos y virtudes, es perfectamente justo. Discriminar por pertenecer a la religión tal o cual, por ser hombre o mujer, por ser de tal o cual partido político, en principio y en general, estaría mal si se mira desde el punto de vista de la igualdad. Pero no necesariamente si se mira desde el punto de vista de la justicia. Me explico: ¿estaría bien contratar hombres para trapear los baños femeninos de la Terminal Tres Cruces, o sería mejor discriminar -seleccionar excluyendo- y contratar a mujeres para esa tarea? ¿Sería lógico que al Gran Rabino se le obligara –para no discriminar- a contratar un secretario o secretaria de religión musulmana o umbandista, o lo lógico y justo sería que contratara a un empleado judío? ¿Sería razonable que en la sede del Partido Nacional, trabajaran administrativos que militan activamente en el Partido Comunista o el MPP?

Aunque parezca de Perogrullo, todo esto, que es de sentido común, hoy hay que aclararlo. Porque hoy son legión los que al grito de “¡no a la discriminación!”, llegan a provocar una discriminación en sentido inverso, atentando contra la justicia. No es fácil lograr un equilibrio, y por eso mismo, es necesario estar atentos al movimiento del “péndulo”. Porque si “igualdad” equivale a disfrutar todos de los mismos derechos, pues entonces hay que tener claro que nadie es más igual que otro…

En Europa, por ejemplo, se han presentado demandas contra instituciones religiosas por exigir como requisito, al momento de la contratación de personal, que los aspirantes pertenezcan a la confesión religiosa de la institución contratante. O que no estén en contra de las posturas morales que algunas confesiones religiosas defienden. Ser judío o presbiteriano, no es un talento o una virtud, pero es de sentido común que es justo que un rabino o un obispo puedan contratar personas de su confianza y de su propia religión.

En general, todos tenemos derecho a reclamar ante la ley lo que nos corresponde, de acuerdo con nuestros talentos y virtudes, y no de acuerdo con nuestra filiación religiosa, con nuestro sexo, con nuestro origen étnico o nuestra filiación política. Otorgar y/o recibir privilegios injustos por ser de determinado sexo, de determinada religión, o de determinado partido político, es tan digno de condena como ser injustamente discriminado por idénticas razones.

Para superar la confusión que existe hoy en día sobre el uso de estos términos, entendemos que la clave es recuperar el sentido original de concepto de justicia, hoy muy atado al concepto de igualdad, y muy despojado de su sentido original. Si de veras queremos dar a cada uno lo que le corresponde, es necesario juzgar recta y objetivamente, porque a veces podemos estar ante “igualdades” que pueden ser justas o injustas, y a veces ante “discriminaciones” que también pueden ser justas o injustas. Todos tenemos derecho a que se nos trate con respeto y cortesía, pero también tenemos derecho a que se reconozcan –usando el sentido común- nuestros talentos y virtudes. Si tenemos claros los términos, podremos aplicarlos, explicarlos y reclamar su aplicación en su justa medida, teniendo siempre en cuenta las limitaciones de la naturaleza humana, y las propias de cada individuo.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en La Democracia – http://lademocracia.info/?p=7398

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