Tiempo atrás recibí un whatsapp de un amigo con la siguiente pregunta: “¿Como rebatirías el pensamiento relativista?” La pregunta me agarró de sorpresa, así que lo primero que le respondí fue: “sostener que todo es relativo, es una afirmación tan absoluta como contradictoria”. En otro mensaje, le dije que si no tengo algunos puntos de apoyo firmes, si no tengo algunas certezas en las cuales basar mi pensamiento y mi acción, jamás podré tomar decisiones, jamás podré saber qué está bien o qué está mal, qué debo hacer o qué no debo hacer. Por ejemplo, si voy manejando un auto y no tengo la certeza de que cuando se prende la luz roja del semáforo debo frenar, puedo ocasionar un serio accidente de tránsito.

Seguí dándole vueltas al tema, hasta que de pronto, me vino a la mente la imagen del alambrado. Quien haya visto construir un alambrado, no podrá menos que admirar el trabajo de esos artistas de la madera y del alambre. Hombres fuertes y pacientes, cuidadosos, detallistas, inteligentes, que a menudo trabajan solos, o con algún ayudante. Alambrar sale caro y de la pericia del alambrador, depende en buena parte, que el alambrado dure muchos años… También depende de los materiales que se usen y del terreno en que se afirmará el alambrado.

Tras marcar la línea por donde irá la división, el alambrador construye el “arranque”. El gran secreto aquí es hacer pozos profundos, poner los postes más grandes y fuertes de que se disponga, trabarlos -alambre “de rienda” mediante-, con postes enterrados en forma de T llamados “muertos”,  y apisonar muy bien el suelo. Es un trabajo que requiere habilidad y fortaleza física. Una vez construidos los arranques, se entierran los demás postes a lo largo de la línea que une dos arranques, y se enhebran los alambres a través de postes y y piques. Cuando al finalizar el trabajo, uno mira de perfil el alambrado, ve una línea recta, en la que todos los postes y y piques están perfectamente alineados; si lo mira de frente, ve los postes y los piques atravesados por alambres bien tensados, en una perpendicular perfecta.

¿Qué tiene que ver todo esto con el pensamiento relativista? Más bien, tiene que ver con el realismo filosófico y con el derecho natural, fundado en la ley natural, al que el relativismo se opone.

Supongamos que la sociedad, con sus instituciones, es el alambrado. El suelo sobre el que un buen alambrado se afirma, es la ley natural. Cuanto más profundamente ancladas estén la cultura y las instituciones de una sociedad en ley natural, más fuerte será esa sociedad, y más capaz de contener a sus miembros: en libertad, pero dentro de determinado marco ético y legal. El “arranque”, lo que da soporte institucional a una sociedad moderna y pluralista como la nuestra, es la Constitución. Si ésta está firmemente arraigada en la ley natural, establecerá con claridad y firmeza los principios que regulan la convivencia de esa sociedad. Los postes y los piques, son como las leyes con sus artículos. Finalmente, podríamos comparar el alambre, con la reglamentación concreta de esas leyes.

Alguien podrá decir que un alambrado coarta la libertad de quien está “encerrado” dentro de sus límites… Y es cierto. Pero también es cierto que el alambrado, al tiempo que evita la dispersión de los animales que están dentro, impide la entrada del ganado ajeno a la pastura reservada para el ganado propio. De modo análogo, en la sociedad, la Constitución y la ley, en tanto y en cuanto estén fundadas en la ley natural, pueden limitar nuestros movimientos, pero mientras estemos dentro de la ley, también nos protegen, nos dan seguridad, nos dan certezas.

No obstante, algunas sociedades, prestan menos atención de la debida un “pequeño detalle”: la Constitución, fundada en la ley natural, debe respetarse siempre, tanto en la letra como en el espíritu. Así, promulgan leyes contrarias a la Constitución, lo cual equivale a tender un alambrado sin afirmarlo en los arranques. El resultado suele ser catastrófico: del mismo modo que un alambrado mal hecho tiende a aflojarse, y deja salir a los animales propios y entrar a los ajenos, el positivismo, inexorablemente conduce al relativismo, y este, a una sociedad laxa, a la deriva, sin raíces. De allí a la fragmentación social, hay solo un paso…

Quizá el diagnóstico no sea muy simpático, pero es necesario saber a qué nos enfrentamos para aplicar las medidas adecuadas. ¿Cuáles son esas medidas? Primero, formación y lucha ascética personal, porque solo si hay coherencia entre lo que creemos, lo que sabemos y lo que vivimos, podremos servir de apoyo a quienes vacilan o andan sin rumbo. Segundo, ayudar a otros a formarse, con el ejemplo y la palabra, sembrando ideas claras, sentido común y realismo a manos llenas, sin miedo a confrontar con la “dictadura del relativismo”. Si formamos una red de certezas y de ejemplos de vida coherentes, habremos dado un paso enorme hacia una sociedad mejor.

Finalmente, con el alma anclada en la gracia, y la mente en la Ley Natural, los cristianos no solo tenemos el derecho, sino la obligación de ayudar a reparar el “alambrado” cultural e institucional que se ha ido venciendo, y que tanto ha dañado el tejido social. Porque es deber de todos, pero especialmente de los cristianos, ayudar a construir la sociedad terrena sobre cimientos sólidos, sobre certezas firmes, que permitan a todos enfrentar sin miedo los vendavales ideológicos que actualmente soplan por estos campos de Dios…

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 439

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