No voy a repetir, por enésima vez, la historia de la rana colocada en una olla de agua fría, que se empieza a calentar de a poco. Todo el mundo la conoce, y es aplicable a muchas realidades. Entre ellas, a la ideología de género. Lo que empezó siendo en apariencia, la defensa justa de los derechos lícitos de la mujer, lenta pero pertinazmente, se fue transformando –a mi entender- en un monstruo de siete cabezas que es preciso erradicar. Sí, erradicar: de nuestras leyes, de nuestra educación, de nuestras expresiones artísticas, de nuestras instituciones, en fin, de nuestra Patria, tal y como fue expulsada de las universidades de Hungría, Bulgaria y Polonia.

¿Es una suerte de fanatismo “anti-género” lo que motiva tal afirmación? Juzguen por Uds. mismos la historia que intentaré resumir a continuación, basado en una noticia del diario madrileño El Confidencial y otras fuentes.

En 1996, el científico estadounidense Alan Sokal se hizo famoso por dejar al descubierto la falta de seriedad de una importante revista académica de humanidades, llamada “Social Text”. Sokal envió a la revista un artículo pseudocientífico plagado de afirmaciones sin sentido, que sin embargo, sonaban bien. El paper apoyaba –en jerga posmodernista- los prejuicios ideológicos de los editores contra las ciencias empíricas, y venían acompañados de numerosas citas de autores “políticamente correctos” a los ojos de la editorial (Lacan, Derridá, Kristeva). La tesis principal del artículo falso era que la gravedad cuántica, era un constructo social. En otra revista (Lingua Franca) Sokal anunció que el artículo publicado por Social Text era un engaño. Y estalló el escándalo[i].

Más racientemente, en octubre de 2018, tres investigadores estadounidenses (Peter Boghossian, James A. Lindsay y Helen Pulckrose) lograron que se publicaran en distintas revistas académicas especializadas en asuntos de género y diversidad, “12 artículos falsos con tesis abominables”[ii]. Su objetivo era demostrar que en  los departamentos de humanidades y las publicaciones humanísticas de prestigiosas universidades norteamericanas, reina el relativismo moral.

Los autores de la “broma”, lograron por ejemplo, que se publicaran citas de “Mi Lucha”, sustituyendo el término “judío” por hombre blanco heterosexual. Así, una revista llegó a validar a Hitler al publicar que “si no erradicamos al hombre blanco celebraremos el funeral de la humanidad”. Otros de los artículos falsos que lograron pasar los filtros editoriales se refirieron a la necesidad de educar a los hombres como si fueran mascotas para reducir su agresividad sexual; a que la obesidad es una forma de culturismo; o a que los hombres blancos, poseedores de todos los privilegios, deberían ser tratados con la máxima crueldad para que terminen abandonando, voluntariamente, sus posiciones de poder.

Toda esta sarta de disparates, tan aberrantes como políticamente correctos a los ojos de los intelectuales de género, se sirvieron envueltos en una espesa capa de jerga académica, posmoderna, progresista e inclusiva… Una vez publicados los artículos y revelada la trampa, estalló, una vez más, el escándalo.

En tiempos de Sokal, la revista respondió diciendo que había sido burlada en su buena fe, ya que para ser más “abiertos”, no usaban el método de revisión por pares antes de la publicación de los trabajos. Pero el desprestigio cayó sobre la revista, obviamente. Veintidós años después, las cosas no son tan obvias como solían, y la respuesta que recibieron Boghossian, Lindsay y Pulckrose, fue muchísimo más dura. Esta vez, los autores de la broma-engaño-denuncia, pasaron ser víctimas de la peor de las venganzas. Una y otra vez han sido objeto de virulentos ataques por parte de los promotores de la ideología de género.

Lo aterrador del caso, es que las autoridades universitarias, en lugar de proceder en consecuencia ante la evidente corrupción de algunos departamentos de humanidades, han sometido a los autores de la broma o bien al escarnio público, o bien al ostracismo, manteniéndolos aislados como si estuvieran infectados de una enfermedad contagiosa. Para colmo, muchos de sus colegas no se atreven a apoyarlos por miedo a la reacción del statu quo.

Lo peor, según los autores del engaño “es que, de la Universidad, esto se contagia a la prensa, y de la prensa a la política. El efecto para la sociedad es devastador cuando cualquiera que intente criticar estas posturas identitarias y políticamente correctas desde dentro de la izquierda es purgado.”[iii] Ni que hablar si la crítica no viniera “desde dentro de la derecha”.

Traemos a colación esta historia para mostrar la importancia y la gravedad de lo que está en juego. La ideología de género, carece de rigor científico. El relativismo moral, es totalitario. La corrección política, es hegemónica y dogmática. No se respeta ni la ley natural –fundamento de nuestra Constitución- ni el sentido común. Y en nuestro país, ya hay varias leyes que no sólo han sido elaboradas siguiendo las pautas de la ideología de género, sino que las imponen. Hay gente que está haciendo bailar a los orientales al son jurídico de esta ideología colonialista, tiránica y contranatura, y uno se pregunta: ¿la dirigencia blanca… donde está?

Porque la misma falta de seriedad y rigor científico que muestra la academia en sus publicaciones, se observa en las argumentaciones de algunos parlamentarios sin que casi nadie se inmute, sin que casi nadie diga nada, sin que casi nadie denuncie las contradicciones de los dialécticos que, como te dicen una cosa, te dicen la otra. Y cuando salen unos pocos cristianos a refutarlos con argumentos de peso, saltan los laicistas diciendo que temen que se apropien del Parlamento, que la religión está avanzando sobre la política y mil disparates más. En este contexto, es penoso ver a algunos de nuestros dirigentes más importantes actuando como ranas indolentes ante semejantes dislates, expresados eso sí, en términos políticamente correctos y con lenguaje inclusivo. ¿Qué es lo que se busca? ¿Quedar bien con los lobbys LGTB, porque los votos de los que están en las antípodas de dichos lobbys están seguros? ¿Quién les dijo, señores, que están seguros?

Claro, después se asombran de que la gente ya no crea en los políticos más o menos conocidos. Y se sorprenden de que las masas vayan detrás de cualquier figura aparentemente renovadora, aunque sólo sea fundado en su exitosa historia empresarial. Y es lógico que ello suceda, porque los uruguayos, votan por dos razones, básicamente: porque creen y confían en que un candidato les va dar un mejor nivel de vida a ellos –sin importar el resto del país-; o bien porque ya no creen ni confían en nadie, y entonces deciden apostar a lo desconocido, en el entendido de que “peor de lo que hay, imposible”. Llegados a ese punto –en el que hoy están muchos orientales- muchos deciden apostar casi a ciegas, esperando que el desconocido sea un poco mejor, al menos en algún sentido. Por eso ganó el FA en 2004. Porque nunca había gobernado, y era la “esperanza” del momento.

La luz de alerta está prendida. Solo es cuestión de sacarse la venda de los ojos. De lo contrario, no solo estaremos en el horno: nos cocinarán en agua hirviendo, sin que apenas nos demos cuenta.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en La Democracia: http://lademocracia.info/?p=7689

 

[i] https://es.wikipedia.org/wiki/Esc%C3%A1ndalo_Sokal

[ii] https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-12-10/correccion-politica-universidad-nuevo-sokal_1691546/?utm_source=whatsapp&utm_medium=social&utm_campaign=amp

[iii] Ibidem.

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