En este mundo turbulento en el que nos tocó vivir, los bienes más escasos son el amor, la misericordia y la ternura. Son quizá, los sentimientos más nobles de los que es capaz el alma humana. Sin embargo, para orientarlos correctamente, hace falta usar la razón. Por algo Dios nos puso la cabeza sobre los hombros, bastante más arriba que el corazón…

Jesús nos advierte en Mt 10, 16: “Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso sed sagaces como las serpientes y sencillos como las palomas. Y en Lc 16, 8: “Los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz.”“Sed sagaces como serpientes” es, por tanto, un mandato evangélico. Y está al mismo nivel que el mandato de ser “sencillos como palomas”. Sin embargo, a veces parece que tuviéramos más presente el mandato de la sencillez que el mandato de la sagacidad. En realidad, no se trata de opciones alternativas, sino de dos caras de la misma moneda, que debemos procurar vivir de forma complementaria. Es necesario complementar la sencillez con la sagacidad, pues de lo contrario, seriamos tontos. Y es necesario complementar la sagacidad con la sencillez, pues de lo contrario, seríamos maliciosos.

Además, en el trabajo apostólico, es necesario “ser sencillos” al momento de anunciar el Evangelio, y “ser astutos” para “sobrevivir” al anuncio “entre lobos”, y para ser eficaces en el anuncio: para llegar a los corazones y a las cabezas de quienes nos escuchan. Si al apostolado, a la misión, a la evangelización, no le ponemos cabeza –las mejores “cabezas” que tengamos la posibilidad de utilizar-, corremos el riesgo de no ser eficaces, y por muy mansos y sencillos que seamos, difícilmente lograremos nuestro objetivo, que es pegar el fuego de Cristo a las almas, de tal modo que ardan. Más que las nuestras, si esto fuera posible…

Alguno me dirá que los resultados de toda misión evangelizadora, dependen más de Dios que de los hombres. Es así, no podría estar más de acuerdo. Pero ello no significa dejar por pereza o negligencia, todo “en manos de Dios”, sin poner esfuerzo humano ninguno, como aquellos que entienden por “amanecer cristiano”, levantarse de la cama a la hora que Dios quiera… ¡No! Es necesario utilizar todos los medios humanos disponibles, como si los medios sobrenaturales no existieran, y todos los medios sobrenaturales a nuestro alcance, como si no dispusiéramos de medios humanos. Oración y trabajo intenso, hecho del modo más profesional posible, por amor a Dios.

No hay que olvidar que el enemigo –el diablo- también trabaja. Los “lobos” existen y usan todos los medios humanos a su alcance para “comerse a las ovejas”: para desinformar, para tergiversar, para silenciar la verdad, para deconstruir –o directamente, destruir- la cultura occidental y cristiana. Por eso, para hacer el bien, con frecuencia es necesario saber cómo opera el mal, qué medios utiliza para “viralizarse”. Así podremos elaborar las mejores estrategias y tácticas para ahogarlo, para arrollarlo, para aplastarlo con nuestras buenas obras. Y con nuestras palabras: es necesario comunicar el mensaje de siempre, utilizando los métodos y los medios más avanzados de que disponemos..

Gracias a Dios, hay muchos ejemplos de personas que trabajan bien, que le ponen cabeza a la nueva evangelización. Desde la conformación de grupos de whatsapp para difundir la Palabra de Dios, hasta iniciativas formativas e informativas en las redes sociales; desde centros educativos como el Jubilar, Providencia, Los Pinos, hasta iniciativas sociales como las del Movimiento Luceros, CEPRODHI, etc. Desde la nueva y completa plataforma multimedia del Departamento de Comunicación de la Iglesia en Montevideo, hasta el nuevo Programa “Misión Jacinto Vera”… Todo ello –entre otras muchos emprendimientos apostólicos, misioneros y evangelizadores- contribuye a la eficacia en la transmisión del mensaje. Y es que en alguna medida, de la seriedad que pongamos en el trabajo apostólico, deducirán quienes nos ven de afuera, la seriedad de nuestro compromiso y la  veracidad del mensaje que queremos transmitir.

Es cierto que es la fe la que ilumina a la razón. Pero no menos cierto es que la inteligencia, debe estar al servicio de la fe. Porque así como las verdades sobrenaturales se descubren con la fe, las verdades naturales se descubren con la razón. Y amar a Dios con toda nuestra mente, también es un mandato evangélico. El mismo Jesús dio testimonio de ello, cuando los fariseos le preguntan si es lícito pagar impuestos al César. La respuesta de Jesús, es de una inteligencia notable y de una lógica implacable: “-Enseñadme la moneda del tributo. (…) -De quien es esta imagen y esta inscripción? –Del César- contestaron. Entonces les dijo: -Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Al oírlo se quedaron admirados, lo dejaron y se fueron”. (Mt 22, 19-23).

Es importante tener claro además, que la fe y la razón, la fe y la verdadera ciencia, no se oponen jamás: Dios Creador, no puede contradecirse. Por eso, ante la apariencia de oposición o de confrontación entre ciencia y fe, lo que hay que hacer es estudiar, profundizar en el conocimiento de las cuestiones científicas y/o teológicas, ya que como bien decía Louis Pasteur, “la poca ciencia aleja de Dios, pero la mucha ciencia, acerca a Dios.”

 La inteligencia es un don de Dios: usémosla para propagar su Reino.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 441

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