Muchos de los malentendidos de los que somos testigos, provienen de no saber separar los juicios sobre las personas, de los juicios sobre sus ideas o actos. De un lado, ante juicios de valor positivos o negativos sobre actos concretos, hay quienes inmediatamente dicen: “no está bien juzgar a los demás”. Del otro, sobre todo en las redes sociales, se ven juicios tajantes sobre personas que cometieron algún error o algún delito. Intentaremos echar algo de luz sobre temas.

Una cosa son las personas, y otra cosa son los actos de las personas. Una cosa es el pecado y otra el pecador. Lo que no podemos juzgar a priori, es la intención última de una persona que hizo algo objetivamente malo, sobre todo si se trata de un acto aislado. Lo que sí podemos y debemos juzgar, es la bondad o maldad de los actos humanos, ya que si no lo hiciéramos, no tendríamos norma alguna para decidir acerca de nuestro propio comportamiento cotidiano.

Existen tres clases de juicios morales básicos: la duda, la opinión y la certeza. Hay muchas cuestiones ante las cuales podemos tener dudas. Lo natural y lógico en estos casos, es no quedarnos eternamente con ellas, sino consultar lo antes posible a alguien mejor formado que nosotros, y quitarnos esas dudas.

También hay muchas, muchísimas cosas, que son opinables. Por ejemplo, la autoridad en materia de tránsito de un país, puede decidir si lo mejor es manejar por la izquierda o manejar por la derecha. Naturalmente, una vez tomada la decisión, los conductores tendrán que cumplir con lo establecido y lo bueno, será lo que esté de acuerdo con la norma. Pero manejar por la izquierda o por la derecha, no está bien o mal de suyo. Es opinable. Lo mismo ocurre con el Parlamento, cuando discute qué es mejor para aumentar la recaudación fiscal: si aumentar los impuestos, o bajarlos para reducir la evasión. Son solo dos ejemplos entre muchos.

En el tercer nivel está la certeza. Entre algunas dudas y muchas cosas sobre las podemos formar una opinión propia, hay también algunas certezas, derivadas sobre todo, de la ley natural. Por ejemplo, el aborto siempre está mal; y ayudar al que sufre –salvo que se haga con la única intención de quedar bien ante los demás- siempre está bien.

En consecuencia, si una madre aborta a su hija, diremos que el aborto es un crimen atroz, pero evitaremos etiquetar a la madre como “asesina”; incluso, si está en nuestras manos, procuraremos ayudar a esa madre a superar el síndrome pos aborto, y a prepararse para confesar el gravísimo pecado cometido.

Al decir de Aurelio Fernández en su libro “Moral fundamental”, “la virtud –hábito operativo bueno- se distingue del vicio, que se define como «Un hábito operativo malo». También el vicio supone un «hábito» en el mal obrar. De ahí que, para calificar a uno de «vicioso», no basta con que el individuo realice actos malos, se requiere que tenga el «hábito» adquirido de practicar el mal. Mientras el virtuoso tiene hábitos buenos de actuar, el vicioso está ya habituado a hacer el mal.”

Por tanto, si bien no se puede deducir que una persona que actuó mal, sea una mala persona, si esos actos se repiten con frecuencia, es posible afirmar que esa persona actúa mal habitualmente, o bien, que tiene el vicio tal o cual. Lo que no es correcto es, o bien decir que no se puede juzgar el vicio, o bien dar al vicioso por perdido e irrecuperable. Lo correcto, es juzgar negativamente el vicio y ayudar al vicioso a ser virtuoso.

Suele decirse también que “todas las ideas son dignas de respeto”. Ahora bien… ¿es respetable la idea de robar, la idea de aceptar sobornos, la idea de torturar personas? Es evidente para cualquiera, que estas no son ideas respetables, como tampoco lo son a la luz de la historia, las ideas de Stalin o Hitler sobre el respeto debido a la dignidad humana.

Precisamente, lo que es digno de respeto, son las personas: aunque estén profundamente equivocadas en sus ideas o en sus actos, todas las personas son dignas de respeto por su condición de tales. No obstante ello, es posible juzgarlas civil o penalmente, si sus pésimas ideas las convierten en actos, en delitos. Porque una cosa es que una persona tenga la idea de robar un banco, y otra cosa es que lo haga y se convierta en un ladrón.

Es necesario aprender a separar el juicio sobre las personas, que debe ser misericordioso, del juicio sobre las ideas que las personas tienen y los actos que llevan a cabo, que pueden ser buenos o malos.

Uno de los ejemplos más contundentes de cómo es posible compaginar la justicia terrena con la misericordia inspirada por la gracia, lo dio San Juan Pablo II, el día en que visitó a Alí Agca, el hombre que intentó asesinarlo. El Papa, nunca pidió que la Justicia italiana lo liberara ni dijo que no podía juzgar su intento de asesinato; pero lo visitó en la cárcel y lo perdonó de corazón, sin guardar resentimiento alguno.

Es que si justicia es “dar a cada uno lo suyo”, es tan injusto dejar a un delincuente libre como encarcelar a un inocente. Y es tan injusto juzgar que está bien algo que está mal –como por ejemplo, el aborto-, como juzgar que está mal algo que está bien –como por ejemplo, establecer juicios justos sobre los actos humanos-. La misericordia y el perdón de corazón pueden y deben ser compatibles con los juicios certeros y objetivos, positivos o negativos, sobre los actos humanos.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 442

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