Con frecuencia, hablamos de igualdad, justicia, derechos, discriminación… Y a veces –gracias a esa suerte de “neolenguaje” que utilizan quienes promueven la ideología de género- podemos entreverar los tantos. Conviene por tanto, repasar el significado de algunos términos para aplicarlos de forma correcta.Igualdad

¿Qué se entiende por igualdad? La Real Academia Española, define igualdad del siguiente modo: “Principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones.”

La Constitución de la República, Artículo 8º.- “Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.”

Y aquí viene el problema. Porque a veces se confunde “igualdad” de talentos y virtudes, con “igualdad” de derechos. Y con justicia. En efecto, si bien todos tenemos los mismos derechos, no todos tenemos los mismos talentos ni las mismas virtudes. Para entenderlo mejor, supongamos que un señor de 55 años, con miopía, astigmatismo y artrosis de cadera, que no juega al fútbol desde hace 30 años, reclamara el derecho de integrar la selección uruguaya de fútbol. Si lo aceptaran, no sólo sería ridículo: sería injusto.

Justicia

Pero… ¿y qué es la justicia? ¿Acaso no es dar a todos por igual? Según la Real Academia Española, justicia, es un“principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece.”

Igualdad y justicia, por tanto, no son la misma cosa. No es justo, por ejemplo, igualar lo que por naturaleza no es igual. El señor de 55 años no está –por naturaleza- al nivel competitivo que se requiere para integrar la selección uruguaya de fútbol. Tiene derecho a ello, pero carece de las virtudes y los talentos para lograrlo.

Disciminación

Pero… ¿eso no sería discriminación? Veamos ahora que entiende por discriminar la Real Academia Española. La primera acepción dice: “Seleccionar excluyendo.” Y la segunda dice: “Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.”

Más arriba vimos que cuando se selecciona de entre algunos, a los mejores, necesariamente se discrimina –según la primera acepción del término-. Lo mismo ocurre cuando cada ciudadano pone su hoja de votación en la urna: selecciona a unos y excluye a otros. Pero eso no está mal, porque se trata de una discriminación justa: en el caso del seleccionador, porque para jugar partidos extraordinarios, elige jugadores extraordinarios; y en el caso de una elección, porque hay un acuerdo social de que es así como se eligen las autoridades del país.

Ahora bien, la segunda acepción, a nuestro juicio, tiene un problema. Dice que discriminación es “dar trato desigual” a una persona por motivos raciales, religiosos, etc. A nuestro juicio, lo incorrecto sería, más bien, dar “trato injusto”. Porque como vimos, no todo trato desigual es injusto. A la familia, que es una comunidad de personas, la Constitución no la trata –no la ampara, no la protege- de modo igual a un club de fútbol o a la sociedad de coleccionistas de mariposas, que también son comunidades de personas. No porque discrimine a estas últimas, sino porque se trata de realidades diferentes, que como tales, requieren trato distinto.

Derechos

Pero… ¿acaso no todos tienen derecho a un trato igualitario?

Ante todo, es necesario tener claro que ni los deseos, ni las preferencias son un derecho. Puedo desear integrar la selección nacional de fútbol, pero ese deseo mío, no es un derecho, ya que tener un derecho significa poder reclamar algo que el otro está obligado a dar. El seleccionador de fútbol me puede tratar muy bien, pero ni yo no tengo derecho a reclamar un puesto en la selección nacional, ni el seleccionador no está obligado a darme ese puesto…

Consideraciones generales

Discriminar por talentos y virtudes, es perfectamente justo. Discriminar por pertenecer a la religión tal o cual, por ser hombre o mujer, por ser de tal o cual partido político, está mal si se mira desde el punto de vista de la igualdad. Pero no necesariamente si se mira desde el punto de vista de la justicia. Me explico: ¿estaría bien contratar hombres para trapear los baños femeninos de la Terminal Tres Cruces, o sería mejor discriminar -seleccionar excluyendo- y contratar a mujeres para esa tarea? Afortunadamente, el Art. 3 de la ley 16.045 deja claro este asunto cuando establece que “no constituirá discriminación el hecho de reservar a un sexo determinado la contratación para actividades en que tal condición sea esencial para el cumplimiento de las mismas.” Pero… ¿sería lógico que al Gran Rabino del Uruguay se le obligara –para no discriminar- a contratar un secretario de religión umbandista, o lo lógico y justo sería que contratara a un empleado judío? ¿Sería razonable que en la sede del Partido Violeta, trabajaran administrativos que militan activamente en el Partido Amarillo?

Aunque parezca de Perogrullo, estas cosas hoy hay que aclararlas. Porque hoy son legión los que al grito de “¡no a la discriminación!”, llegan a atentar contra el más elemental sentido común. Y contra la justicia… En Europa, se han presentado demandas contra instituciones religiosas por exigir como requisito -al momento de la contratación de personal-, que los aspirantes pertenezcan a la misma confesión religiosa de la institución contratante, o que al menos, no estén en contra de las posturas morales que el contratante defiende. Ser judío o presbiteriano, no es un talento o una virtud; pero es de sentido común que un obispo, pueda contratar personas de su confianza y de su propia religión para trabajar en su diócesis.

No es fácil lograr un equilibrio, y por eso mismo, es necesario estar atentos al movimiento del “péndulo”. Porque si “igualdad” equivale a disfrutar todos de los mismos derechos, pues entonces hay que tener claro que nadie es más igual que otro… Para superar la confusión que existe hoy en día sobre el uso de estos términos, entendemos que la clave es recuperar el sentido original de concepto de justicia, hoy muy atado al concepto de igualdad, y muy despojado de su sentido original. Si de veras queremos dar a cada uno lo que le corresponde, es necesario juzgar recta y objetivamente, porque a veces podemos estar ante “igualdades” que pueden ser justas o injustas, y a veces ante “discriminaciones” que también pueden ser justas o injustas.

Todos tenemos derecho a que se nos trate con respeto y cortesía, pero también tenemos derecho a que se reconozcan –usando el sentido común- nuestros talentos y virtudes. Si tenemos claros los términos, podremos aplicarlos, explicarlos y reclamar su aplicación en su justa medida, teniendo siempre en cuenta las limitaciones de la naturaleza humana, y las propias de cada individuo.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 448 – 11/05/2019

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