Hay quienes dicen que la primera universidad de la historia fue la de Constantinopla (Pandidakterion – 340 d.C);  otros, que la de Ez-Zitouna (737 d.C.), en Túnez; y otros (entre ellos la UNESCO y el Libro de Records Guiness), que fue la madrasa de Qarawiyyin (859 d.C.). Todas estas “universidades” –al igual que la Escuela Médica de Salamanca y la Universidad de Parma- son anteriores a la Universidad de Bolonia, que fue fundada el año 1088 y que, tradicionalmente, ha sido considerada como la primera Universidad la historia.

Si hay otras “universidades” más antiguas, ¿por qué la tradición occidental considera a la Universidad de Bolonia como la primera de la historia? Porque lo que hoy conocemos como universidad, nació en la Edad Media y en la Europa católica… Con esto sucede algo parecido a lo que ocurre con otros hechos históricos. Por ejemplo, la rueda. Antes de que la rueda existiera, seguramente había objetos de forma circular, que si uno los paraba y los empujaba, rodaban. Un buen día, esos objetos fueron integrados mediante ejes a un carro, y ahí sí, nació la rueda. Pero antes de eso, no es posible afirmar que algo como “la rueda” ya existía.

Porque ocurre que si el término “universidad” lo utilizamos para definir “educación superior”, entonces, la primera universidad, bien podría haber sido la Academia de Platón o el Liceo de Aristóteles. Por otra parte, si a las escuelas catedralicias y monásticas, que fueron las precursoras de la universidad -empezaron a funcionar en el siglo VI-, no se les llama propiamente “universidades”, tampoco parece lógico llamar “universidades” a centros de enseñanza que no cumplen, estrictamente, con las notas que caracterizaron desde el principio a la universidad.

¿Y cuáles son esas notas?  Sentido corporativo, universalidad, ciencia y sobre todo, autonomía.

Sentido corporativo

El término “universidad” se usaba en la Edad Media, para desginar a los gremios o corporaciones de los rubros más diversos. En particular, la universitās magistrōrum et scholārium, era un gremio o corporación de maestros y alumnos. La universidad no nació porque a alguien se le ocurrió fundarla, sino que fue el resultado de acontecimientos que se fueron sucediendo, de un encuentro entre “los que querían aprender” y “los que estaban dispuestos a enseñar”. ¿Cómo se dio esa convergencia? A partir del establecimiento de albergues o “colegios” –del latín “collegium”, totalidad de personas que forman una corporación- para estudiantes; que como tales, no disponían de importantes medios económicos. Estos colegios, dedicados a actividades intelectuales, se empezaron a denominar “Studium generalis” o “Universitas”, y eran regenteados por maestros (magisters), que enseñaban diversas materias y disciplinas.

El adjetivo “generalis”, detrás del sustantivo “Studium”, no se refiere a que se enseñaran una variedad de temas, sino a que a los Studium, acudían docentes y alumnos procedentes de los más diversos rincones de Europa.

Universalidad

Los términos “Universitas” y “Studium generale” se usaban en forma indistinta para significar la misma realidad. Andando el tiempo, el término “Universitas” empezó a usarse también en el sentido de “Universitas litterarum”, esto es, institución donde se reúnen todos los saberes. Estos saberes, además de ser todos los que importaban en la época, tenían validez universal y podían ser aplicados en todas partes. Un elemento que contribuía a la universalidad de los mismos, era el uso del latín como lengua “universal”, tanto en lo científico como en lo espiritual.

Ciencia

De acuerdo con el historiador Lowrie Daly, autor de “The Medieval University 1200-1400”,  “la Iglesia desarrolló la universidad porque fue la única institución en Europa que mostró un constante interés en la preservación y el cultivo del conocimiento.”

La educación básica en la Edad Media era el “trívium” (gramática, dialéctica y retórica), que luego era completada con el “quadrivium” (aritmética, geometría, astronomía y música). Estos siete conocimientos conformaban las “artes liberales”, equivalían a un bachillerato actual y eran la base para los estudios universitarios: derecho (civil y canónico), medicina, filosofía y teología, ciencias típicas de las universidades medievales. El método usual de enseñanza, era el escolástico, el cual se caracterizó por incentivar la especulación y la argumentación mediante el razonamiento lógico. Este énfasis en la capacidad de resolver disputas usando herramientas racionales desde visiones contrapuestas, si bien no coincide en absoluto con la imagen –falsa- que muchos tienen de la mentalidad medieval, fue la típica de las universidades fundadas y amparadas por la Iglesia Católica.

Los estudios se cursaban en base a programas bien definidos, que duraban una cierta cantidad de años y que culminaban con el otorgamiento de grados académicos. Todo ello era determinado de forma autónoma por las autoridades universitarias. Estos grados académicos otorgados por las universidades, que gozaban de la aprobación papal o imperial, permitían a sus poseedores enseñar en cualquier universidad europea. Ello derivó en una gran movilidad y difusión de conocimientos por toda Europa. Que si hoy es la cuna de la civilización occidental, es gracias a la universidad…

Lo que muchos no saben –dice Thomas Woods Jr., autor de “How the Catholic Church built the Western civilization”- es que “los historiadores de la ciencia han pasado el último medio siglo revisando drásticamente esta sabiduría convencional, argumentando que el rol de la Iglesia en el desarrollo de la ciencia occidental ha sido mucho más saludable de lo que se creía. Estoy hablando no sólo de los apologetas católicos sino también de expertos historiadores de la ciencia, serios e importantes, como J.L. Heilbron, A.C. Crombie, David Lindberg, Edward Grant y Thomas Goldstein.”

Autonomía

El reconocimiento papal otorgó a las primeras universidades, autonomía para ejercer el autogobierno, y en consecuencia, libertad académica. De hecho, los papas fueron los principales garantes de la libertad y la autonomía universitaria, ante las autoridades civiles. E intervinieron en numerosas ocasiones para defender los fueros universitarios. Por ejemplo, cuando el Obispo diocesano y el canciller de la Universidad de París quisieron eliminar la autonomía institucional de esta casa de estudios, fue el Papa Gregorio IX, quien en 1231 emitió la bula Parens Scientiarum en nombre de los maestros parisinos. En este documento el Papa otorgó a la Universidad de París el derecho del autogobierno, confiriéndole la potestad de hacer sus propias reglas sobre sus cursos y estudios. Además, le otorgó una jurisdicción papal separada, emancipando a la institución de las interferencias de lo que había sido una autoridad diocesana prepotente. El papado, por tanto, fue el principal garante de la libertad de cátedra.

Una libertad de la que no sólo gozaban los docentes para armar los programas e impartir los conocimientos del modo en que lo entendían mejor, sino que también alcanzaba a los alumnos, a los que se animaba a debatir –entre sí, y con los docentes- sobre una gran variedad de temas. Esto revela –en contra de la “versión oficial”- la formidable apertura mental de los cristianos del Medioevo, en comparación con el resto de sus contemporáneos. Alguien podrá objetar que en aquellos tiempos, algunas ideas, y en particular ciertos dogmas de fe, no entraban en discusión. Puede que en algunos casos sea cierto, pero no es menos cierto que hoy, en pleno siglo XXI, está muy mal visto en muchas universidades, poner en tela de juicio –por ejemplo- el dogma relativista.

Es que sólo en una sociedad como la cristiana, podía nacer una institución como la universidad.  ¿Por qué? Porque sólo en una sociedad donde el poder espiritual de la Iglesia podía actuar como contrapeso del poder temporal del Estado, podían nacer universidades autónomas y libres. Esto, que es básico, era imposible en el mundo islámico, donde el poder espiritual siempre ha estado confundido con el poder temporal. La clave de la universidad, está en la libertad académica, aún cuando esa libertad tuviera ciertas limitaciones. O mejor dicho, aún cuando el significado del término libertad fuera algo distinto para los medievales, que para los hombres del siglo XXI.

Terminamos citando a Edward Grant, historiador de la ciencia de la Universidad de Harvard. Para este experto, la creación de la universidad y el compromiso de ésta con la argumentación racional y con la investigación científica que caracterizaron la vida intelectual del Medioevo, fueron “un don de la Edad Media latina para el mundo moderno… pese a que este don podría no ser reconocido nunca. Tal vez, siempre se quedará con el estatus que ha tenido en los últimos cuatro siglos: ser el secreto mejor guardado de la civilización occidental.”

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 449 – 25/05/2019