El verano pasado, una clienta de mi esposa me regaló uno de los libros más conmovedores que leí en mi vida. No se trata de una novela rosa, sino de hechos reales y cercanos, protagonizados por hombres que meten miedo: se trata de la historia del equipo de rugby “Los Espartanos”,  de la Unidad 48º de San Martín, Provincia de Buenos Aires. Se trata de las crudas historias de un grupo de hombres que habiendo vivido en el mismo infierno, encontraron el camino a la felicidad, gracias a una pelota ovalada. El libro se llama “No permanecer caído”, y su autor es Federico Gallardo.¿Qué es la Unidad 48º? Un centro penitenciario de tantos. Allí llegó, un día del año 2009, Eduardo “Coco” Oderigo, abogado y ex jugador de rugby, con la idea de enseñar a los presos a jugar al rugby. No faltó quien pensara que estaba loco al querer enseñar un deporte violento, a hombres que no se caracterizan, precisamente, por ser pacíficos…

Pero Coco insistió. Y logró que lo dejaran probar. Empezó a ir todos los martes a entrenarlos. Algunos convictos, escépticos, pensaron que al poco tiempo se iba a aburrir y los iba a abandonar. Pero Coco siguió yendo –llueva o truene-, siempre con algún amigo. Y el equipo se empezó a formar. Y los presos, empezaron a advertir que alguien los escuchaba, se preocupaba por ellos… los quería! Se preguntaban por qué motivo podría alguien querer ayudar a otros sin recibir nada a cambio. Poco a poco, empezaron a experimentar que el rugby –deporte de equipo si los hay- los ayudaba a integrarse, a romper con el brutal individualismo al que conduce la cárcel. Empezaron a pensar en los demás integrantes del equipo, a obedecer reglas, a entender que en la vida hay límites, que hay cosas que están bien y cosas que están mal, y que no da lo mismo obrar de un modo o de otro…

Las narraciones de la infancia y adolescencia de muchos de los reclusos que pasaron por Los Espartanos y que están en el libro, son, como dice en la web de la Fundación Espartanos, auténticas “postales del infierno”. Dos denominadores comunes se pueden encontrar en esas escalofriantes historias: uno, es que prácticamente todos provienen de familias rotas, deshechas, ya sea por la separación o por el fallecimiento –a veces violento- de uno de los padres. La falta de contención les llevó a la droga, y la droga a cometer delitos. Luego, la plata dulce los llevó a hacer cualquier cosa para conseguir más dinero y más drogas, sin pensar en las consecuencias. De ahí a la cárcel, solo mediaba un error, un paso en falso. El otro denominador común que se percibe, es la falta de amor. Más de uno cuenta que lo que más echa en falta de su niñez, es un abrazo de su padre.

La férrea disciplina, que es necesaria tanto para entrenar, como para jugar al rugby –“un deporte de bestias jugado por caballeros”, dice la sentencia popular- fue forjando los caracteres… al punto que cuando Los Espartanos llegaron a tener un pabellón para ellos solos dentro del penal, al poco tiempo, llegaron a erradicar el consumo de drogas. Y eso, con ser mucho, no es lo que más impacta de esta historia: lo impresionante, es el efecto del programa en la reincidencia. Mientras que en el sistema penal argentino la reincidencia en el delito es del 65%, entre quienes formaron parte de Los Espartanos, la reincidencia es del 5%.

Y esto se explica porque el proyecto no se quedó solo en el rugby. Un buen día, Coco y sus amigos, empezaron a ir los viernes, pero esta vez, para rezar el Santo Rosario con Los Espartanos. Así arrancó la formación espiritual de los presos. Así empezaron los Espartanos a recibir favores de la Virgen del Rugby, la imagen ante la cual rezan en un patio del penal. Y así llegó también una lluvia de gracia para “los de la calle”, el grupo de “externos” al penal que acompaña la evolución de los convictos. Generalmente se trata de personas de nivel socioeconómico medio – alto, que quieren dar algo de su tiempo y sus energías para ayudar a los convictos a salir adelante y reintegrarse a la sociedad. Rezando a los pies de la imagen de la Virgen, se han ido forjado relaciones que permiten pensar que el cierre de la fractura social que afecta hoy a tantas sociedades –la nuestra incluida-, es posible con programas como este.

“La pelota de rugby y el rezo del Rosario parecen ser los atajos que preparan el terreno para dar el gran salto al vacío: pedir perdón, perdonar, y perdonarse” dice un texto en la web de Los Espartanos.

En octubre de 2015, una delegación de Esparta visitó al Papa Francisco. Los mil obstáculos que debieron sortear y las historias personales de algunos de los que viajaron a Roma, merecen un capítulo aparte y el libro lo tiene. De esa entrevista sale, además, el lema de Los Espartanos y el nombre del libro. Porque una de las cosas que se les quedó grabadas a todos los que estuvieron con Francisco en el living de Santa Marta, es la letra de una canción alpina que al Papa le gusta mucho, y que dice así: “En el arte de ascender, lo que importa no es no caer, sino no permanecer caído”.

No todos lo logran. El 5% de reincidencia muestra que no todo es perfecto, y que la tentación de una vida fácil y sin responsabilidad, siguen tirando para abajo. Pero la mayoría sí lo logra. Salen adelante, superan los obstáculos, entre los cuales el principal, es conseguir trabajo. Algo en lo que también ayuda la Fundación Espartanos.

Entre todas las historias que se cuentan en el libro, quizá la de Tomás Beccar Varela es la más impresionante. Un día, un joven delincuente –un año mayor que Tomás, que en ese entonces tenía 18 años- copó su casa. El ladrón tomó a su hermana de rehén, y la amenazó con un cuchillo. Les robó dinero y artículos electrónicos. El padre de Tomás, Héctor, para sacarlo de su casa, se ofreció a llevar al delincuente hasta donde él quisiera. La policía fue avisada y los persiguió. Finalmente los cercaron y el asaltante cayó preso, pero en la confusión, una bala de la policía le destrozó el fémur a Héctor. Tomás, al principio, estaba lleno de odio hacia el delincuente. Pero luego pensó que lo que él en realidad quería, era que el asaltante no volviera a atacar a nadie. Llamó a Coco Oderigo y se las arreglaron para trasladar al ladrón a la Unidad Nº 48 y para hacerlo ingresar en el equipo de rugby de la cárcel.  En No permanecer caído, hay una foto de Tomás, Héctor y Javier –que así se llama el joven-, juntos en un partido de Los Espartanos. Cuando se ven historias de perdón y preocupación por la suerte de los demás, como ésta, parece posible recomponer la fractura social.

El programa ya está siendo implementado en varios centros penitenciarios de la Argentina y en cuatro países distintos. Es una luz de esperanza. Porque no se trata de ponerse a llorar con los presos por su mala fortuna, sino de ayudarlos a crecer como personas. Por eso, el éxito es compartido, y pertenece tanto a aquellos que han decidido no permanecer caídos, como a aquellos que han respondido al llamado a velar por sus hermanos.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 450 – 08/06/2019

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