Un católico, ¿puede votar a cualquiera? En principio parecería que sí, porque la política es un asunto temporal, y en esta materia, casi todo es opinable. Si se debe o no desmonopolizar ANCAP, reducir o no el gasto público, apoyar o no la instalación de UPM II, son cuestiones opinables.

Ahora bien, al momento de votar, no sólo importa tener libertad para elegir a quien uno prefiera: también importa actuar con responsabilidad, cara Dios y cara a los conciudadanos. Esa responsabilidad -tan necesaria en una sociedad que vive recordando los derechos, pero casi nunca menciona las obligaciones-, debe llevar a los cristianos a considerar, al momento de votar, ciertos principios de la Doctrina Social Cristiana y ciertas exigencias éticas fundamentales, que afectan al orden moral natural.

Por eso pensamos que es un buen momento recordar estos principios. Primero, los que se mencionan en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2004)-; y luego, los que están establecidos en la NOTA DOCTRINAL sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (2002).

La Iglesia funda su doctrina social en el concepto de dignidad humana: todos los hombres hemos sido creados por Dios a imagen y semejanza suya, todos compartimos una misma dignidad humana, y todos tendremos que dar cuenta a Dios por el modo en que tratamos a nuestros hermanos. ¿Cuáles son los valores sociales que deben guiar nuestra conducta? Estos valores son la verdad, la libertad, la justicia y el amor. A partir de estos valores fundamentales, se establecen algunos principios básicos:

Bien común. Una sociedad que busca el bien común, procura estar al servicio del ser humano, de todos los hombres y de todo el hombre. Por eso, “el orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas y no al contrario” (…). “Este orden tiene por base la verdad, se edifica en la justicia, es vivificado por el amor”: aún si los estados llegaran a establecer sociedades donde reinase la más perfecta justicia, sólo la religión -y en particular la Iglesia Católica-, puede promover sociedades donde reine el amor, el cual va siempre más allá de la estricta justicia.

Destino universal de los bienes. “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad”. Ahora bien, “para asegurar un ejercicio justo y ordenado” es necesario “un ordenamiento jurídico que determine y especifique tal ejercicio.” Dentro de este ordenamiento, un concepto clave es el de propiedad privada, que asegura “a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y deben ser considerados como ampliación de la libertad humana.” (…) “La propiedad privada es un elemento esencial de una política económica auténticamente social y democrática y es garantía de un recto orden social.

¿Cómo compaginar el destino universal de los bienes con la propiedad privada? Mediante el ejercicio responsable de la libertad humana. Son deberes de todo hombre ser responsable del el uso de sus propios bienes y preocuparse por la suerte de sus hermanos.

Solidaridad. “Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos son  formas de solidaridad”. “La solidaridad se presenta bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral”. Como principio social, debe tender aordenar las instituciones procurando superar las estructuras de pecado y promoviendo estructuras de solidaridad”. Como virtud moral, no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas”, sino que es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común.

Subsidiariedad. Este principio, generalmente se resume así: “tanta sociedad como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. Y esto es así porque es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones”, las distintas formas de organización territorial, económica, social, etc. “a las que las personas dan vida espontáneamente”. Es comprender la “sociedad civil” como el “conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias”, que se realizan por la propia voluntad de los ciudadanos. La red de estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas”.

Participación. Este principio “se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. Es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común”.

Además de estos principios de doctrina social, es necesario tener en cuenta algunos principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno”:

¿Cuáles son estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables que afectan el orden moral?

  • La defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.
  • La defensa de la familia fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto.
  • La promoción de la unidad y la estabilidad familiar.
  • La defensa del derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones morales y/o religiosas.
  • La liberación de las víctimas de “nuevas formas de esclavitud” (drogas, trata de personas, etc.).
  • La defensa de la libertad religiosa.
  • La promoción de la paz, que es siempre “obra de la justicia y efecto de la caridad”.

La defensa de estos principios no negociables, adquiere hoy particular relieve como respuesta positiva a los embates de la ideología de género. Esta ideología, como ha dicho el Papa Benedicto XVI, pretende transmitir “una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, en realidad refleja una antropología contraria a la fe y a la justa razón”. ¿Por qué? Porque como reafirma el Papa Francisco, “niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer, (…) presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer”.

El Cardenal Gerhard Müller y el Cardenal Robert Sarah han sido también muy claros al respecto. El primero, en una entrevista reciente, ha dicho: “Los Estados y la sociedad en América Latina, al igual que en Europa y en América del Norte, se encuentran bajo la presión de un nuevo totalitarismo ideológico que se quiere imponer a todos los países, condicionando la ayuda para el desarrollo en función de la aceptación de sus postulados, como ocurre con la ideología de género y el acceso libre al aborto, que es un homicidio que se trata de presentar como un derecho. Son amenazas que debilitan los cimientos de los Estados modernos”. El segundo, en su libro “Dios o nada” ha dicho: “no podemos aceptar la propaganda ni los grupos de presión LGBT: lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. El proceso es aún más inquietante dada su rapidez y su carácter reciente. ¿Por qué esa enloquecida voluntad de imponer la teoría de género? ¿Va a convertirse en el nuevo Eldorado del mundo una visión antropológica desconocida hasta hace algunos años fruto del peregrino pensamiento de sociólogos y escritores como Michael Foucault? No cabe cruzarse de brazos ante semejante superchería, inmoral y demoníaca”.

Queda en evidencia entonces, que ciertas propuestas políticas parten de una visión antropológica y de una moral relativista, que son frontalmente contrarias a la moral natural propia de la antropología cristiana. Moral natural que, no hay que olvidarlo, es el fundamento de nuestra Constitución de la República, de clara filiación iusnaturalista.

Por supuesto, la Iglesia nunca dirá a quien deben votar sus fieles. Pero si puede y debe brindarles una guía para orientar su acción; que debe ser libre, pero también responsable. El derecho a elegir candidato, debe compaginarse con la responsabilidad de elegir al mejor candidato posible, de acuerdo con la conciencia de cada uno. Conciencia que, si está bien formada, debería tener siempre en cuenta los principios y criterios que la Iglesia, Madre y Maestra de la Humanidad, enseña.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

 

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