Es conocido el pasaje del Evangelio en que los fariseos, preguntan a Jesús si es lícito dar tributo al César: si responde que sí, no es el Mesías político que esperaban; si responde que no, es un traidor al César. Jesús pide una moneda, pregunta de quién es la imagen, y cuando le dicen que “del César”, responde: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Ahora bien… ¿qué es lo “del César y qué lo “de Dios”? 

Es Jesucristo quien marca la distinción entre el poder espiritual (el poder de Dios Creador que actúa a través de su Iglesia) y el poder temporal (el Estado, fundado por hombres creados). Jesús es el fundador de la sana laicidad. Esta distinción propia del cristianismo –el islamismo es teocrático, pues el poder político y religioso recae en una sola persona-, marcará a fuego la historia de Occidente y permitirá a largo plazo, el surgimiento de los modernos estados laicos.

Esta historia no estuvo libre de confusiones y desencuentros, de un lado y del otro. Las dos posturas extremas fueron el clericalismo, que confundió el orden natural con el sobrenatural, al entender que la Jerarquía eclesiástica era quien debía regir los destinos de la sociedad política, negando la legítima autonomía de las realidades temporales; y el laicismo –una suerte de corrupción de la sana laicidad-, que entiende que la política debe gozar de una autonomía absoluta, y que la religión debe relegarse al plano privado, a la conciencia individual, sin espacio para manifestaciones públicas.

¿Qué es la Iglesia? Es una institución de origen divino, que enseña a sus fieles y a todos los hombres, en qué hay que creer y como hay que vivir para alcanzar la vida eterna. Como en un partido de fútbol, marca la cancha, y establece algunas reglas, pero dentro de ciertos límites, reconoce a los hombres una formidable libertad de acción. Las enseñanzas de orden sobrenatural, requieren fe para conocerlas, creerlas y vivirlas. Las enseñanzas de orden moral, se pueden conocer también por la razón natural y solo requieren una conciencia recta y bien formada. Y pueden ser reconocidas aún por quienes no tienen fe.

¿Qué es el Estado? Es una institución de origen humano, que tiene como objetivo organizar políticamente a un grupo de personas que habita en un determinado territorio.

Iglesia y Estado tienen fines diferentes: la Iglesia se ocupa de la vida eterna de los hombres, y el Estado se ocupa de su vida temporal. Se podría decir que mientras el Estado se ocupa de “qué hacer” para alcanzar el bien común de la sociedad, la Iglesia puede echar luz sobre el “cómo hacerlo”, para que las acciones del Estado respeten la moral natural objetiva, la dignidad humana, y en definitiva, la ley natural. Reiteramos que si bien todos podemos llegar al conocimiento de la ley natural por la razón –no es un conocimiento de tipo de tipo “religioso”- la fe nos ayuda a comprenderla con mayor claridad.

Por eso durante muchos siglos, se creyó oportuno que la Iglesia fuera algo así la “conciencia moral” del Estado. Los nefastos totalitarismos del siglo XX, y la totalitaria, colonialista y antinatural ideología de género actual, demuestran hasta donde pueden llegar los Estados cuando le cierran las puertas a la “conciencia moral”.

Lo propio “del César” es por tanto, decidir sobre el orden temporal, que en la inmensa mayoría de los casos, es opinable: aumentar o bajar los impuestos, circular por la derecha o por la izquierda, qué sistema de gobierno tener, etc. Lo propio “de Dios”, es el orden sobrenatural, pero como para alcanzar la vida eterna, hay que respetar una moral objetiva común a todos los hombres, en los estados en los que existe una sana laicidad, la Iglesia opina con total libertad sobre algunos principios que, por ser de orden moral –no religioso- tienen que ver con la dignidad humana, y por tanto, no son negociables. Estos principios son:

  • la protección de la vida desde la concepción hasta la muerte natural;
  • el reconocimiento y promoción de la familia, como unión de un hombre y una mujer basada en el matrimonio;
  • la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos;
  • la defensa de la libertad religiosa.

El respeto de esos cuatro principios “no negociables”, capaces de ser reconocidos por la  razón natural, es todo lo que la Iglesia pretende. Todo lo demás, es opinable por parte “del César”. La Iglesia no se pronuncia sobre manejar por la izquierda o la derecha, porque al no tener relación con la dignidad humana, no le compete. Lo del César es mucho, lo de Dios es poco, pero fundamental. Mientras “el César” no atente contra la dignidad humana, mientras respete los derechos fundamentales de los inocentes e indefensos, mientras promueva el matrimonio y la familia, mientras proteja el derecho de los padres a educar a sus hijos y mientras defienda la libertad religiosa, puede hacer lo que entienda conveniente en el orden temporal.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 452

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