Uruguay está atravesando hoy una serie de crisis sociales claramente identificadas: violencia, adicciones, inseguridad ciudadana… Parecería que la otrora Suiza de América ha entrado en un círculo vicioso de decadencia sin fin. En la base de esos problemas, está la familia, que también está atravesando una de las mayores crisis de su historia. Al menos eso es lo se deduce de los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística:

Por cada 10 matrimonios que se celebran anualmente, hay entre 8 y 9 divorcios. El número de matrimonios civiles, pasó de 21.600 en 1961 a 9.500 en 2017. En 2011, más del 80% de las parejas jóvenes vivían en unión libre. En 1965 el 80% de los niños nacían dentro del matrimonio, mientras que en 2015, el 79% de los niños nación fuera del matrimonio. La tasa global de fecundidad es inferior a 1,8 hijos por mujer, mientras que la necesaria para reponer la población, es de 2,1 hijos por mujer. Como consecuencia de la baja natalidad, Uruguay es el país más envejecido de la región: el 20% de la población, es mayor de 60 años. El 30% de los uruguayos ha pensado en emigrar, y la tasa de suicidios –sobre todo de jóvenes- es la más alta de toda América: mientras el promedio de suicidios anuales durante todo el siglo XX fue de unos 300, en los últimos años el número de suicidios trepó a más de 600.

Diversos estudios nacionales y extranjeros, señalan que los niños y los jóvenes que nacen o se crían bajo la tutela de sus padres biológicos formalmente casados, tienen mejores rendimientos académicos y menor índice de repetición escolar que aquellos que se crían con alguno de sus padres biológicos ausentes e incluso en unión libre. Estos niños, presentan mayores problemas de comportamiento y son más vulnerables a las adicciones.

En particular, la adicción a las drogas, lleva a cometer delitos -a veces violentos- para satisfacer la adicción, lo cual repercute en los índices de violencia e inseguridad. También está demostrado que el divorcio genera pobreza, y que esta tiende a reproducirse en las generaciones futuras. Por eso, cuando no se ataca el problema central –la unidad y la estabilidad de la familia nuclear-, resulta difícil solucionar problemas como la educación, la inseguridad o la pobreza con políticas sectoriales –que al estado le cuestan millones de dólares- dirigidas a atacar las consecuencias, sin prestar mayor atención a las causas.

¿Es posible detener y/o revertir esta crisis? Si, es posible. Sobre todo, porque ninguna otra crisis, como ésta de la familia, depende más de nosotros, de cada uno. Si bien hay muchas cosas que el Estado puede y debe hacer a favor de la familia, esta crisis depende más de las decisiones que cada uno toma a diario en su entorno familiar, que del Estado y de cómo cerró la soja en Chicago.

¿Qué se puede hacer desde el Estado?

En Uruguay, lo primero que debería hacer un gobernante es revisar la Constitución y las leyes. Empezando claro está, por el Art. 40, que dice: “La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad.” En nuestra Carta Magna, el Estado queda comprometido a velar por la estabilidad moral y material de la familia. ¿Acaso porque los cónyuges tienen “derecho a casarse”? No: la razón de esta protección es el bien de los hijos, que son un bien social. Porque lo esperable, es que de la unión de un hombre y una mujer –que es el modelo de familia en el que pensó el constituyente-, nazcan hijos. Y es en atención a ellos que la Constitución protege y ampara a la familia.

Porque es en la familia donde van a nacer y donde se van a criar las próximas generaciones de ciudadanos: los niños, son el mayor tesoro de una nación. Es en la familia donde se les va a alimentar, donde se va a velar por su salud, donde se les va a educar en valores y virtudes; porque educar, más que transmitir unos conocimientos, es formar personas para la vida, para la convivencia social. Es un trabajo artesanal, que solo los padres pueden y deben hacer, con el apoyo del Estado: de la sociedad toda. Por eso, si bien la familia es una realidad privada, es también una institución de interés público. Y por eso los gobernantes deberían ver en el apoyo y la protección de la familia integrada por el padre, la madre y los hijos, una razón de Estado.

Otra de las cosas que a nuestro juicio debería hacer el gobierno, es revisar toda la legislación que de algún modo afecte a la familia –“agenda de derechos” incluida- procurando dejar lo que esté de acuerdo con el espíritu y con la letra del texto constitucional, y procurando derogar todo lo que no lo esté.

También es responsabilidad del gobierno, impulsar una serie de políticas públicas que efectivamente protejan a la familia. Por ejemplo, leyes que faciliten el cumplimiento de las funciones estratégicas de la familia, que son: procrear; criar y educar a los hijos; brindar un hogar en el que cada uno valga por lo que es, no por su utilidad material; y brindar contención y amparo a quienes no pueden valerse por sí mismos (niños, adolescentes y ancianos). En muchos países del mundo desarrollado, se han implementado exitosas políticas de familia. Por ejemplo, en Hungría, donde la administración del Presidente Viktor Orbán, logró reducir el número de abortos en un 33% y el de divorcios en un 22%; al mismo tiempo se incrementaron los matrimonios en un 42%, mientras el empleo femenino creción un 11%.

Para lograr resultados como estos, se requieren leyes que promuevan y protejan la institución familiar como tal; que fomenten la apertura a la vida, procurando disuadir a las madres de abortar y dándoles más facilidades para que traigan sus hijos al mundo; que permitan conciliar trabajo y familia, para que la madre, el padre y los hijos puedan pasar más tiempo juntos; que promuevan la unidad familiar, brindando apoyo para la superación de problemas que a veces no son tan graves e insolubles como en principio parecen; que permitan y faciliten la educación de los hijos de acuerdo con las convicciones y creencias de sus padres; y que contribuyan a la economía familiar, teniendo en cuenta el número de hijos al momento de calcular el impuesto a la renta.

¿Qué se puede hacer a nivel privado?

Apenas esbozaremos algunas ideas tomadas de la experiencia, propia y ajena. La felicidad de la familia, se fragua en el noviazgo. Es necesario que los novios hablen mucho durante ese período de su vida, para asegurarse de que comparten los mismos valores, la misma visión de la vida. Evitar la convivencia previa al matrimonio, si bien no garantiza nada, aumenta la probabilidad de que el matrimonio sea más duradero. Así lo indican las estadísticas a nivel nacional e internacional.

Comenzar la vida matrimonial abiertos a la vida, desde el primer día, es una buena forma de iniciar este camino. La convivencia no es fácil, sobre todo cuando los caracteres de los nóveles cónyuges son ásperos. El individualismo, hoy tan común, puede jugar en contra a la hora de convivir. Es necesario en esos momentos que los esposos, y sobre todo los esposos cristianos, estén dispuestos a pedir perdón y a perdonar. Siempre… Los hábitos de perdonar y pedir perdón, es como el “aceite” del matrimonio. Si desaparece, lo más probable es que las fricciones lleven a una ruptura irreparable. Hablar de nuestros problemas con un buen sacerdote, nos puede ayudar a adquirir esos dos hábitos tan saludables.

Casi todos los problemas son solucionables. El divorcio, por lo general no soluciona nada, afecta notablemente a los hijos, y es antieconómico: con los mismos ingresos del núcleo familiar original, luego del divorcio, hay que mantener dos hogares.

A todos nos desbordan las mil obligaciones diarias; precisamente por eso, es necesario “bloquear” algunas horas –ojalá pudieran ser días- para dedicar exclusivamente a la familia. Y sobre todo, al propio cónyuge. Es muy positivo que los esposos, cada tanto se tomen un tiempo para disfrutar solos. Un fin de semana, una cena…

Los detalles también son importantes. Los varones solemos ser poco detallistas, mientras que las mujeres son muy detallistas. Ellas tendrán que esforzarse en mirar hacia lo más general y nosotros en mirar más hacia lo más concreto. Cuesta. Pero en la medida que cada uno se ocupe de los intereses del otro, podrán existir en la historia familia buenos momentos para recordar cuando sobrevengan las crisis.

En síntesis, la familia está en crisis, pero esa crisis no es irreversible. Las soluciones dependen en parte de la implementación de buenas políticas públicas, y en parte de las decisiones que cada uno tome en su matrimonio, en su familia. De la salud de la familia depende la salud del tejido social. Del buen diagnóstico que hagamos de los problemas que tenemos y de la voluntad que pongamos para solucionarlos, depende la salida de esta crisis. Nada es inexorable. Somos libres. De nosotros –y de la ayuda de Dios- depende nuestro futuro.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 454

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