La idea de la neutralidad del Estado en materia religiosa nació como “remedio” a las guerras de religión. Se pensaba que si los Estados dejaban de tomar partido por una u otra religión, y se limitaban a garantizar la libertad de cultos, terminarían las guerras entre facciones y estados. Y si bien el motivo último de las guerras, casi nunca fue la religión, el objetivo de evitar conflictos por ese motivo en la Europa de aquel tiempo, más o menos se logró.

En Uruguay, en 1906 se expulsaron los crucifijos de los hospitales públicos; en 1909 se prohibió la enseñanza religiosa en el sistema educativo público. Desde principios del Siglo XX, los laicistas uruguayos sostienen que colocar imágenes religiosas en lugares públicos es “violatorio de la laicidad”. Según ellos, tales imágenes pueden ofender la sensibilidad de personas que profesan otras religiones, o que no profesan religión alguna.

La idea original de “laicidad” -el Estado neutral en materia religiosa- no tiene mucho que ver con esa suerte de integrismo laicista que ha caracterizado al Estado uruguayo en algunos momento de su historia. Y que lejos de ser neutral, a duras penas tolera manifestaciones religiosas en el ámbito público… Como si en el Uruguay cosmopolita, tolerante y plural del Siglo XXI, fuera ofensivo o escandaloso para los ciudadanos, ver una cruz, una estrella de David o una media luna en la plaza pública… En este sentido, es de público conocimiento que tras el ataque con bombas de pintura contra la Iglesia del Cordón, la opinión pública, por aplastante mayoría, repudió lo que algunas feministas denominaron “una forma válida de expresión”… Si algo no se tolera en Uruguay, es la intolerancia religiosa.

Es cierto que nuestro país padece de una preocupante fractura social. Pero ¿es ello fruto de diferencias religiosas? Si algo conserva el Uruguay de su pasado, es un profundo respeto y aprecio entre los miembros de distintas religiones. Un ejemplo de tantos, es la sincera amistad entre el  Gran Rabino Ben-Tzion Spitz y el Cardenal Daniel Sturla. También es común en Uruguay, la cooperación de personas de distintas creencias en favor del bien común. Es el caso del Centro Educativo Los Pinos, donde el terreno fue donado por un empresario judío; el dinero para el edificio principal, fue donado el gobierno alemán; y la administración, corre por cuenta del Opus Dei, una Prelatura de la Iglesia Católica.

Más preocupante que la religión, parece ser el fanatismo futbolero. En nuestra sociedad, para muchos, ser de Nacional o ser de Peñarol, es una especie de “religión pagana”. ¿Quién no ha visto a hinchas de Peñarol o Nacional, abucheando a quienes portan la bandera o el equipo de su tradicional rival? Siguiendo el criterio laicista de relegar los símbolos al ámbito privado, uno se pregunta si el Estado no debería prohibir que los hinchas porten banderas, gorros y camisetas con los colores de su equipo… y por qué no, obligar a los jugadores a usar camisetas de colores variados, así nadie se ofende.

Otra causa notoria de profundas divisiones en nuestra sociedad, es el partidismo político. Es preocupante el nivel de agresividad que se ve en las redes sociales. Dicha situación ¿amerita que el estado impida a los militantes salir a la calle con las banderas de los diferentes partidos durante las campañas electorales? Y ya que estamos en el terreno político, ¿qué decir de los monumentos, parques, calles e instituciones dedicadas a la memoria de tal o cual caudillo, héroe o líder de tal o cual partido político? ¿Deberíamos arrancar todos los monumentos de cuajo para que nadie se sienta ofendido al ver esculpida la imagen de un personaje histórico a quien considera un canalla?

No menos importantes son las ofensas que se observan en la prensa, entre periodistas y gobernantes, o viceversa. Si los laicistas fueran coherentes, estarían clamando al Estado por la prohibición de la  libertad de prensa…: si nadie se expresa, nadie podrá sentirse ofendido…  En síntesis, si el integrismo laicista fuera coherente consigo mismo, llevaría a situaciones tan absurdas como tragicómicas.

¿Qué es, entonces, lo coherente, lo sensato, lo deseable? Muy sencillo: que todos aprendamos a convivir con personas que piensan distinto. El respeto por el otro, aunque se discrepe con su opinión, es la base de la convivencia en una sociedad civilizada. ¿Y si la ofensa es real y grave? En tales casos, existen mecanismos legales para resolver estos problemas.

Llegados a este punto, y siendo la solución tan simple, uno se pregunta si lo que molesta es la exhibición de símbolos religiosos en lugares públicos, o más bien, el público creciente que convocan algunos de esos símbolos. A algunos, parece resultarles fastidioso que los cristianos, estén saliendo cada vez más a la calle a manifestar su fe. Que hayan decidido reunirse periódicamente en la Aduana de Oribe a rezar el Rosario o a celebrar un Congreso Mariano. Que sus fieles hayan decidido a colgar balconeras en el frente de sus casas en tiempo de Navidad. Que esté resurgiendo la piedad, incluso entre quienes ocupan cargos oficiales. Quizá sea esa la causa de que los laicistas vean violaciones a la laicidad, donde solo hay manifestaciones de libertad. Quizá sea esa la causa de que recurran, como hace cien años, al integrismo laicista.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 455

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