Cuando se habla de economía, de la ley de la oferta y la demanda o de libre mercado, a todos nos viene a la mente el nombre de Adam Smith. Ahora bien, el escocés… ¿fue realmente el descubridor de las leyes del mercado y el padre de la economía clásica, o alguien lo precedió? En tal caso, ¿quien? O mejor: ¿quiénes?

La teoría del valor subjetivo

En plena Edad Media, el fraile franciscano Pierre de Jean Olivi (1248-1298), fue el primero en argumentar que el valor de un producto, es el resultado de la valoración subjetiva -la utilidad, o la importancia- que le dan los individuos. Es decir que el «precio justo» no se debe calcular en base a factores objetivos como la mano de obra o los costos de producción, sino que resulta de una relación mercantil entre compradores y vendedores, que se ponen de acuerdo –o no- en lo que vale una mercancía.

La teoría metalista del dinero

Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, entendían que el dinero no había surgido naturalmente, sino que era una invención artificial del Estado. El primero en cuestionar esa teoría, y en afirmar que el dinero era un bien útil, que aflora libre y espontáneamente como medio de intercambio en el marcado, fue otro fraile franciscano, Jean Buridan (1300 – 1358), que llegó a ser Rector de la Universidad de París. De acuerdo con Buridan, el dinero se origina de forma espontánea y natural como un producto útil en el mercado. Por tanto, como medio de intercambio, lo mejor es utilizar un metal que posea las cualidades necesarias para servir como dinero, a saber: que sea fácilmente transportable y divisible, que sea duradero y con alto valor por peso unitario, para que incluso en pequeñas cantidades, valga lo suficiente como para facilitar cualquier transacción. De ahí el uso de metales -oro y plata- como dinero.

Para Buridan, el valor del dinero debía medirse por la necesidad humana. Así como los valores de los bienes intercambiables son proporcionales a la necesidad humana, el dinero debía ser ser también proporcional a la necesidad humana. Buridan fijó así el proceso para determinar el valor o el precio del dinero en base a los mismos principios de utilidad que seis siglos después guiaron al austríaco Ludwig von Mises en su “Teoría del dinero y del crédito” (1912).

Economía monetaria e inflación

Discípulo de Buridan, fue Nicolás de Oresme (1325 – 1382), Obispo de Lisieux, quien es considerado el “padre fundador de la economía monetaria”. Oresme fue el primero en formular el principio según el cual, cuando dos monedas coexisten en una misma economía y el gobierno establece un valor para ambas, distinto del que les daría naturalmente el mercado, la moneda artificialmente sobrevalorada terminará sacando de circulación a la otra. Este principio actualmente es conocido como “ley de Gresham”. Que dijo lo mismo que Oresme…, sólo que dos siglos más tarde.

Oresme comprendió además, los graves efectos de la inflación. Entendió que la pérdida de valor de la unidad monetaria decretada por el gobierno, era perjudicial, porque interfería en el comercio, conducía a un aumento global de los precios y enriquecía al gobierno a expensas de los ciudadanos. Por eso propuso que el gobierno, no interviniese en absoluto en el sistema monetario.

La teoría cuantitativa del dinero y la teoría del valor-escasez

También se hizo patente el problema de la inflación, cuando empezaron a acumularse en España, el oro y la plata traídos de las Indias. El stock de metales preciosos aumentó mucho más rápido que el de resto de bienes, lo cual condujo a una notable pérdida de valor de los metales respecto a los bienes de capital.

Este problema, fue estudiado en profundidad por el fraile dominico Martín de Azpilcueta (1492 – 1586). Él describió la relación entre el aumento de la cantidad de dinero en circulación y el aumento de los precios en un país. Así nacieron la “teoría cuantitativa del dinero” y la “teoría del valor-escasez”, dos de los principios básicos de la macroeconomía moderna. También conocido como el “Doctor Navarro”, este prestigioso teólogo, jurisconsulto y economista de la Escuela de Salamanca y asesor de los Tribunales de la Inquisición, escribió en su “Comentario resolutorio de cambios”:

“En los países donde existe una gran escasez de dinero, el resto de los bienes vendibles y la mano de obra de los hombres, se ofrecen por menos que en otros donde el dinero es abundante. En Francia, donde el dinero es más escaso que en España, el pan, el vino, la ropa y el trabajo valen mucho menos. E incluso en España, en épocas en las que el dinero era más escaso, los bienes y el trabajo se ofrecían por mucho menos que después del descubrimiento de América, que inundó el país de oro y plata. La razón de que esto ocurra es que el dinero vale más donde y cuando escasea que donde y cuando abunda. Que la escasez de dinero rebaje el precio de otros productos tiene su origen en la circunstancia de que al aumentar excesivamente [de valor], otras cosas parecen inferiores”. 

El Doctor Navarro definió la “teoría del valor-escasez”, del siguiente modo: “Toda mercancía se hace más cara cuando su demanda es más fuerte y su oferta escasea”. En otras palabras, los precios son influenciados por la velocidad de circulación del dinero. Cuando se generaliza el temor ante una posible situación de escasez futura, el dinero circula más rápido y los precios suben.

Los intereses

También reconoció Azpilcueta si el dinero es una mercancía, como tal, tiene un valor y hay que pagarlo: eso es lo que se conoce como el interés de un préstamo, que dentro de ciertos límites, es legítimo. Pero el Estado debería intervenir para evitar la usura.

El Doctor Navarro observó, además que cuando los metales preciosos se deprecian, los productos alimenticios aumentan sus precios más rápidamente que otros bienes como madera o tejidos. Lo que más lentamente crece son los salarios. De ahí concluye que el aumento de los precios, no es igual para todos los bienes o servicios del mercado.

Según el dominico, el interés o precio del dinero, se puede determinar fácilmente cuando los intercambios comerciales se llevan a cabo dentro de un país. Pero como el dinero es una mercancía más, su precio se fundamenta en la ley de la oferta y la demanda. Cuando se realizan transacciones comerciales internacionales, la cosa se complica. En este caso, Azplicueta observó que si la oferta de dinero es diferente entre dos países, su precio también lo es. Y también es necesario tener en cuenta otras variables como la distancia de los intercambios, el riesgo, los fletes y las dificultades de cobro futuro.

Teoría de las expectativas económicas

En su tratado De Cambiis (1499), Thomas de Vio, también conocido como “el cardenal Cayetano” (1468-1534), estudió el mercado de cambio desde el punto de vista moral, y advirtió que el valor del dinero «en el presente» podría verse afectado por las expectativas del mercado «en el futuro», como consecuencia de hechos perturbadores y nocivos, desde una plaga hasta una guerra, o cuando se esperan variaciones en las reservas monetarias. De ahí que al Cardenal Cayetano se le considere el fundador de la teoría de las expectativas económicas.

Justa reivindicación

Tras siglos de olvido, las figuras de estos y otros sabios escolásticos, fue rescatada por Joseph Alois Schumpeter en su “Historia del análisis económico” publicada en 1954. Este brillante economista estadounidense, sostiene que los estudios y análisis sobre la economía “pura” que desarrollaron los doctores medievales, “fue prácticamente en su totalidad, su propia creación. Es dentro de sus sistemas de teología moral y derecho que la economía ganó una existencia definida, si no separada, y son ellos quienes se acercan más que cualquier otro grupo a ser los «fundadores» de la economía científica.”

Además, sostiene Schumpeter, las bases que establecieron para un cuerpo útil y bien integrado de herramientas y propuestas analíticas, fueron más sólidas que otras posteriores, ya que una parte considerable de la economía de los últimos años del siglo XIX podría haberse desarrollado a partir de esas bases más rápidamente y con menos problemas de los que en realidad costó desarrollarlo”. En cuanto a la economía aplicada “el concepto fundamental era el mismo bien público que también dominaba su sociología económica. Este bien público se concibió, en un espíritu claramente utilitario, con referencia a la satisfacción de las necesidades económicas de los individuos según lo discernido por la recta razón, y es, por lo tanto, salvo la técnica, exactamente el mismo concepto de bienestar de la economía moderna.”

Pensamos que es justo y necesario recordar el notable aporte que hicieron estos clérigos católicos medievales a la economía clásica. Porque a pesar de que no llegaron a integrar una teoría completa de la oferta y la demanda, dejaron establecidas todos los fundamentos necesarios para el desarrollo de la misma.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 456

Anuncios