Hay quienes dicen que Uruguay es el país más «laico» de Iberoamérica. Y hay quienes le agregan un matiz afirmando que Uruguay, en realidad, es un país «laicista»? ¿En qué quedamos? ¿Cuál es diferencia entre ambos términos?

Laicidad significa “neutralidad del Estado en materia religiosa”. Este concepto surgió con el objetivo de terminar con las «guerras de religión» que asolaron Europa en los siglos XVI y XVII, aunque no es ocioso aclarar que el motivo de dichas guerras, generalmente fue el dinero, y la religión, la excusa. La idea era que los Estados, desde una posición neutral, no afiliada a religión alguna, garantizaran la libertad de cada persona a profesar su religión.

El laicismo vino después, y se caracteriza por procurar el destierro de Dios y de las religiones de la vida pública. Como ideología que es, ni es neutral, ni es libertaria: implica una toma una posición contraria a toda manifestación religiosa en el ámbito público, y por ello, es contraria a lo expresado en el Art. 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye (…) la libertad de manifestar su religión (…), individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”

En los últimos años, hemos observado reacciones de tipo «laicista» que estimamos fuera de toda lógica. Por ejemplo, cuando el Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti, visitó algunas escuelas públicas; cuando la Directora de un liceo público autorizó una conferencia sobre el aborto; cuando la Junta Departamental de Montevideo se negó a instalar una imagen de la Virgen en la Rambla;  cuando el Comandante en Jefe del Ejército, Gral. Manini Ríos, reconstruyó la capilla del Hospital Militar, organizó una Misa en la Catedral para celebrar el Día del Ejército, y envió un mensaje de Navidad a su tropa recordando “el verdadero significado de esta fiesta: el recuerdo de aquel, que vino al mundo con un mensaje de paz, y cuya muerte en la cruz, marcó un antes y un después en la historia de la humanidad”. Tres «pecados» capitales, a los ojos de algunos…

Más de un siglo atrás, Rodó se refería a esta versión corrupta de la laicidad del siguiente modo: “¿Liberalismo? No: digamos mejor «jacobinismo». Se trata, efectivamente, de un hecho de franca intolerancia y de estrecha incomprensión moral e histórica, absolutamente inconciliable con la idea de elevada equidad y de amplitud generosa que va incluida en toda legítima acepción del liberalismo, cualesquiera que sean los epítetos con que se refuerce o extreme la significación de esta palabra”. (José Enrique Rodó, Diario «La Razón», 5 de julio de 1906)

Pensamos que es hora de dejar el laicismo atrás y volver al concepto original de laicidad. La neutralidad del Estado en materia religiosa, no debería ser un obstáculo para que toda persona sea realmente libre de manifestar sus propias convicciones y creencias, siempre y cuando no procuren imponerlas a los demás. Paradójicamente, es lo que hacen quienes no tienen creencia religiosa alguna, cuando pretenden borrar del ámbito público, todo rastro religioso. Es necesario a nuestro juicio, ir hacia una laicidad positiva, defensora de la libertad de todos y promotora de la cooperación «religión – estado». Habrá que ver si los orientales somos capaces de levantar la cabeza y mirar hacia el futuro, o si preferimos cerrar los ojos y quedar rehenes de un estéril jacobinismo decimonónico.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en La Mañana – Nº 11