Ante el brutal avance de la dictadura del relativismo, de la corrección política, de la ideología de género, del individualismo, el subjetivismo, del olvido de Dios –o como decía Methol Ferré-, del ateísmo libertino, ¿quién no ha tenido alguna vez la tentación de bajar los brazos? ¿No sería más fácil tirar la toalla, dada nuestra debilidad frente al tremendo poder de este tsunami cultural que todo lo arrasa? ¿Vale la pena seguir hablando de ley natural, de familia, de virtudes, de fe, de Dios, cuando tantos se burlan y otros tantos nos tratan de «intolerantes», «oscurantistas» o «fundamentalistas», apenas abrimos la boca?

¿Podrá David ganarle a Goliat? Los grupos de presión, los medios de comunicación, y hasta los mismos gobiernos, parecen mucho más poderosos que un filisteo de dos metros de altura al lado de un adolescente judío… A priori, hasta parece sensato hacernos a un lado, dedicarnos a lo nuestro y dejar que el mundo siga su curso. Al fin y al cabo, es lo que hace la mayoría… Pero… precisamente por eso, es absolutamente necesario, imprescindible, actuar. Hay que dar la batalla, sin bajar nunca los brazos, sin perder jamás la fe.

Nadie dijo que pisar sobre las huellas de Jesús sería fácil. Nadie dijo que no tendríamos enemigos. Lo que sí se nos dijo, es que debemos amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos… incluidos los enemigos. Quizá algunas lecciones de la historia, nos puedan ayudar a poner las cosas en perspectiva, y a disponernos mejor para lidiar con esta auténtica guerra cultural en la cual, nos guste o no, estamos inmersos hasta las orejas.

La Reconquista

A mediados del año pasado, me recomendaron un libro del P. José M. Iraburo, que resultó ser magnífico: se titula “Hechos de los Apóstoles de América”. Allí se narran las peripecias de los primeros evangelizadores de nuestro continente, desde Cristóbal Colón hasta San Junípero Serra, pasando por Santa Rosa de Lima, y el indio San Juan Diego entre otros. En uno de los primeros capítulos, me llamó la atención una cita de “La Edad Media española y la empresa en América”, del prestigioso historiador Claudio Sánchez Albornoz, que dice: “la Reconquista fue la clave de la Historia de España, y lo fue también de nuestras gestas hispanoamericanas”: (…) “si los musulmanes no hubieran puesto el pie en España, nosotros no habríamos realizado el milagro de América”.

¿Qué fue “la Reconquista”? Hacia el año 711, en la Península Ibérica, los visigodos estaban de guerra civil. Uno de los bandos en pugna, no tuvo mejor idea que pedir ayuda a los moros para derrotar a sus enemigos. Los moros, desde África, cruzaron el Mediterráneo, pelearon, ganaron… y decidieron quedarse con toda la península. En pocos años ocuparon casi todo el territorio de la vieja Hispania romana. Y digo “casi”, porque en 722, en la cueva de Covadonga, los moros se toparon con Don Pelayo. Dicen las crónicas que los moros eran algunos miles y que los astures de Don Pelayo, apenas eran 300. Más allá de los números, lo cierto y lo concreto es que la batalla la ganaron los heroicos “burros salvajes”, que así llamaban los moros a los astures. Y los moros, por alguna razón, decidieron no volver a molestar a estos valientes habitantes de la cornisa Cantábrica. Estos hombres y sus descendientes, defendieron su patria con decidida firmeza. Y palmo a palmo, lentamente, más a fuerza de fe y de azada que de lanza y espada, fueron ganando terreno. Ochocientos años les llevó a los cristianos completar la Reconquista. Hasta que finalmente, en 1492 -meses antes del descubrimiento de América-, tras la conquista de Granada, los moros fueron expulsados de España en forma definitiva.

Lecciones de la historia

“La historia de la cristiandad hispana es, en efecto –según Sánchez Albornoz-, la historia de la lenta y continua restauración de la España europea; del avance perpetuo de un reino minúsculo, que desde las enhiestas serranías y los escobios pavorosos de Asturias fue creciendo, creciendo, hasta llegar al mar azul y luminoso del Sur…”

La lucha de un pueblo y de una cultura por sobrevivir, por mantener su identidad, por recuperar el terreno perdido, puede ser en ocasiones, una prueba muy difícil. Pero si hay fe, determinación y perseverancia, no es imposible. La Reconquista prueba que una civilización puede estar al borde de la muerte; pero si cuenta con un pueblo valiente, dispuesto a entregar su vida por su fe y por su patria sin bajar jamás los brazos, el resurgimiento es posible.

¿Cuál es esa Reconquista que hoy los cristianos debemos encarar? ¿Qué es lo que queremos recuperar para el mundo? Para empezar, la sensatez, el sentido común, el respeto a la ley natural y a la verdad sobre el hombre, que nace varón, o nace mujer; la visión clásica de la familia; el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones, la libertad para expresar nuestras convicciones sin temor… No pretendemos imponer nuestro pensamiento a nadie, ni exigir que los demás piensen como nosotros. Respetamos a todos, pero exigimos que se respete nuestro derecho a vivir de acuerdo con nuestras propias convicciones filosóficas y religiosas. Nos resistimos a que nuestra cultura sea desterrada de la sociedad, de la educación y de las leyes. Y denunciamos la hipocresía de que todo esto, pretenda hacerse en nombre de una supuesta “tolerancia”.

¿Es posible ganar esta guerra cultural? Sí. No sólo es posible, sino que es necesario y urgente. Y es… nuestro deber de cristianos acudir al rescate de la Humanidad. En Europa, muchos renegaron de sus raíces. Se durmieron. Dejaron que todo el descalabro cultural siguiera avanzando, y hoy, la realidad demográfica y social, lleva a preguntarse si en dos o tres décadas, los cristianos europeos no volverán a estar… como en Covadonga. Porque una de las consecuencias de esta cultura “posmoderna” -o como quiera llamarse-, es que conduce al suicidio demográfico de las naciones. El objetivo último de cierta “agenda”, es controlar la población, ¡y vaya si lo están logrando! De ahí que urja reaccionar.

Perseverar es la clave

Somos conscientes de que esta “nueva Reconquista” llevará mucho tiempo. Los que fuimos testigos de sus comienzos, probablemente no veamos su final. Habrá avances y retrocesos. Y no es fácil ser pacientes en una época en que todo lo queremos “ya”. Pero es necesario adquirir una visión histórica de los acontecimientos del presente: porque aunque nuestros enemigos –esos enemigos a los que amamos- nos tengan cercados en una cueva, si no claudicamos, solo es cuestión de tiempo recuperar el terreno perdido.

Es cuestión de tiempo, sí: y de perseverancia. No se explica el triunfo final de 1492, sin la resistencia de un Don Pelayo en 722, y de cientos de miles de hombres y mujeres en los siglos intermedios. Si vencieron, fue porque no retrocedieron. Porque no se dejaron avasallar. Porque no abandonaron la lucha. Y porque toda vez que fueron vencidos, volvieron a empezar.

Quizá pasen muchos años antes de que en el mundo vuelva a imperar la sensatez, la verdad, la razón… ¡el amor! El reconocimiento generalizado de que hay un Dios que nos ama tanto, que nos dio el ser y nos mantiene en él. Para que todo esto ocurra, hay que obrar con la serena firmeza de aquellos monjes que con su silencioso y anónimo trabajo, rescataron la cultura clásica -¡pagana!- del fuego bárbaro cuando éste asoló Europa. Sin el esfuerzo de aquellos nobles copistas, se habría perdido para siempre el legado de la antigüedad griega y romana.

Por último, creo que debemos ser conscientes de que la batalla cultural, la libramos todos los días.  Cuando procuramos luchar contra nuestras miserias, cuando procuramos dar buen ejemplo, siendo generosos, serviciales, trabajadores, pacientes, respetuosos. Cuando procuramos ser humildes, dejando el resultado de nuestros actos en manos de Dios. Cuando nos empeñamos en defender con firmeza y ternura, con convicción y comprensión, las verdades de la ley de Dios y de la ley natural. Cuando rechazamos con firmeza leyes que atentan contra la dignidad humana, y contra el mismísimo paradigma antropológico sobre el que se construyó la civilización. Cuando educamos a las nuevas generaciones sobre lo que está bien y lo que está mal, o cuando nos disponemos a pasar un mal rato corrigiendo y aclarando lo que no es lícito “dejar pasar”. Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate: “Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad.”

No podemos librar esta batalla, si no procuramos vivir como hijos de Dios. Estamos llamados a ser testigos de la verdad en y con nuestras propias vidas. La fe inquebrantable, la esperanza firme y alegre, y la caridad fundada en la verdad, han de ser los pilares sobre los que se apoye esta lucha que, tarde o temprano -si nosotros perseveramos, si María intercede y si Dios quiere-, ganaremos.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 457

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