John Henry Newman nació en Londres el 21 de febrero de 1801. Fue el primero de seis hermanos. De niño fue un muy buen estudiante y un ávido lector. Tuvo su primera conversión a los 15 años: “quedé bajo la influencia de un determinado credo y recibí en mi intelecto impresiones de dogma que, a través de la misericordia de Dios, nunca han sido borradas u oscurecidas”. En 1816 ingresó en la Universidad de Oxford, donde se graduó en 1821. En 1822 ingresó en el Oriol College, uno de los círculos intelectuales más prestigiosos de la época. En 1825 fue ordenado presbítero de la Iglesia de Inglaterra y su primer destino fue como párroco de St. Clement, en Oxford.

Apenas ordenado, mantuvo relación con intelectuales de tendencias más bien liberales -relativistas-. En esa época –confesaría luego- “comenzaba a dar preferencia a la perfección intelectual sobre la moral, y me dejé arrastrar por el liberalismo del día.”

Hacia 1825, ante el avance del secularismo, se fue apartando del liberalismo y dejando de lado algunas ideas calvinistas. En 1828, empezó a leer de forma sistemática, las obras de los Padres de la Iglesia. A principios de la década del ´30, influenciado por el teólogo John Keble, Newman inició un movimiento para sacar a la Iglesia de Inglaterra de su aburguesamiento y renovar su fe apostólica. Él y sus compañeros del denominado “Movimiento de Oxford”, sostenían que la Iglesia de Inglaterra descendía directamente de la Iglesia de los Apóstoles. Para demostrarlo, empezaron a publicar los “Tracts for the times”, una especie de folletos a través de los cuales difundían su doctrina.

En busca de la «Vía media»

Fue en estos años que se hizo conocido por su prédica. Su voz empezó a ser escuchada y su pensamiento difundido hasta en los pueblos más remotos de Inglaterra. El Movimiento de Oxford fue acusado por los anglicanos conservadores de «papista» y «romanizante». En defensa de los «tractarianos» -como se les llamaba por sus «tracts»- salió el teólogo Edward B. Pusey, quien animó a los integrantes del movimiento a realizar obras más profundas y extensas en defensa de sus principios. Así, Newman decidió publicar en 1837, la “Vía media”, obra que reúne catorce conferencias suyas en las que estudia las relaciones entre el catolicismo y el protestantismo popular. «Vía media» es el nombre de una doctrina teológica anglicana propuesta por Newman, según la cual el anglicanismo «puro» sería la «vía media», equidistante entre los «excesos» de la Iglesia romana y los errores del protestantismo. Sin embargo, su aproximación doctrinal a Roma, era ya un hecho incuestionable.

“XXXIX Artículos de Religión” es, hasta hoy, la obra clave en la definición de la doctrina anglicana. En ellos se define su relación con la doctrina calvinista y con la doctrina católica. En el Tract 90, publicado en 1841, Newman sostiene que los “XXXIX Artículos”, deben interpretarse a la luz de los primeros padres de la Iglesia (Atanasio, Ambrosio, Agustín…), que a su juicio, serían los garantes de la pureza doctrinal. Con ese tratado, Newman pretendía demostrar que la Iglesia de Inglaterra, era la continuación natural de aquella iglesia de los primeros Padres, libre de los excesos de católicos y protestantes.

Un poco antes, en 1839, Newman ya había empezado a tener serias dudas tras el estudio de las herejías de los monofisitas y los donatistas. Estas dudas volvieron a aparecer en 1841: mientras traducía a San Atanasio, Newman se percató de que en la historia del arrianismo, los arrianos puros, eran los «protestantes» de la época; los semiarrianos, los «anglicanos», y que Roma era ahora, lo que había sido siempre. A partir de allí, comprendió que la doctrina de la «vía media» sostenida por el Movimiento de Oxford no era más que una justificación formal: una teoría, sin base en la realidad. Así, Newman concluyó que el anglicanismo carecía de origen objetivo, real.

Littlemore: retiro y conversión

Tras este descubrimiento, Newman decidió apartarse de la vida clerical. En abril de 1842 se retiró a Littlemore, una pequeña villa en las afueras de Oxford, donde vivió hasta su conversión definitiva al catolicismo. En febrero de 1843 dio su último sermón universitario en St. Mary. En Littlemore, junto a un grupo de discípulos, Newman procuró despejar todas las dudas que le quedaban. En particular sobre la Iglesia Romana: ¿sería la verdadera y única Iglesia? No podía equivocarse otra vez. Para resolver este problema, empezó a escribir en 1844 su “Ensayo sobre el desarrollo doctrinal”: si al terminarlo, sus dudas desaparecían, pediría ser admitido en la Iglesia Católica.

Newman llego a tener “una convicción clara de la sustancial identidad entre cristianismo y sistema romano”. Y pese a que todos sus sentimientos y deseos estaban en contra de efectuar cambios, su convicción intelectual era tan fuerte, que decidió dejarlo todo por lo que entendió era lo correcto. Se retractó públicamente de sus afirmaciones contrarias a la Iglesia romana y en octubre de 1845 pidió ser admitido en la Iglesia Católica. En 1847, tras mucho estudio y oración sobre el camino a tomar, se incorporó a la Congregación del Oratorio fundada por San Felipe Neri. Entre otras cosas, lo que a Newman le atrajo del santo italiano fue que “prefirió entrar en la corriente y dirigir el río que no podía detener: el río de la ciencia, la literatura y el arte, para modelar, dulcificar y santificar lo que Dios había hecho bueno y el hombre había deteriorado”. El espíritu universitario Newman se mantenía intacto.

Un proyecto muy audaz

A mediados del siglo XIX, la única oportunidad que tenían los católicos irlandeses para adquirir formación universitaria, era el laico Queen’s College. Los obispos irlandeses hicieron gestiones para que se les brindara una adecuada formación doctrinal y espiritual. Pero fracasaron, y fue entonces que decidieron fundar su propia universidad. Para esa tarea, designaron al P. John Henry Newman.

Newman tenía una idea de la universidad en la que se respetuosa de la libertad y abierta a las ciencias y a la antigua sabiduría profana. “La universidad –dice Newman- logra su objetivo no a través de reglas escritas, sino por sagacidad, sabiduría y paciencia; investigando profundamente cada tema y por una vigilante represión a cualquier agresión o fanatismo. Lo que un imperio es en la historia política, es una universidad en la esfera de la filosofía y la investigación. Es el más alto protector de todo conocimiento y ciencia, de hecho y principio, de indagación y descubrimiento, de experimento y especulación…”. Para lograr estos objetivos, Newman quería una universidad donde los encargados de enseñar los saberes profanos, fueran especialistas de primerísimo nivel. Y que además, los distintos problemas se pudieran ir resolviendo mediante la libre discusión –como ocurría en tiempos de la escolástica-, lo cual permitiría llevar cada vez más allá la frontera del conocimiento.

Newman estaba profundamente convencido de que la libertad intelectual debía regir la nueva universidad. Al mismo tiempo, entendía que la universidad era el lugar ideal para provocar un encuentro entre la ciencia y la teología, que debía primar. A tales efectos pensaba “brindar defensas filosóficas del Catolicismo y la Revelación” y “crear una cultura católica que se pueda oponer con firmeza a la corriente de los librepensadores”: tenía claro que «librepensamiento» y «ciencia», no necesariamente van juntos.

Newman pensaba además, que el sostenimiento de la universidad como institución superior, sólo era posible mediante un constante trabajo de investigación científica. La cual, entre otras cosas, podría poner a la Iglesia a la vanguardia del conocimiento intelectual, lo que permitiría ayudar a dilucidar los problemas fundamentales sobre los cuales debía pronunciarse el Magisterio.

El proyecto de la Universidad Católica de Irlanda, finalmente no cuajó. Quizá, porque la mente preclara de Newman, fue capaz de ver mucho más allá que las sus contemporáneos. Quizá, porque al haberse convertido gracias al estudio serio y profundo, Newman era incapaz de temer al avance científico auténtico. Quizá, porque estaba convencido de aquello que del otro lado del charco, decía el gran Louis Pasteur: “un poco de ciencia nos aleja de Dios. Mucha, nos aproxima a Él”.

Fue el estudio lo que llevó a Newman a concluir que la iglesia realmente inspirada en las enseñanzas de los Primeros Padres, era la Iglesia Católica. La suya fue una conversión racional. Y célebre, porque Newman fue uno de intelectuales de mayor prestigio en la Inglaterra del siglo XIX. Un sacerdote que soñó con una universidad libre y abierta al conocimiento, fundada en la fe y en la razón que, al decir de San Juan Pablo II “son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

Álvaro Fernández Texeira Nunes

Publicado en Entre Todos – Nº 459 – 12 de Octubre de 2019